Despiadado atentado
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Humberto atinó a salir hacia la esquina para que no sigan tirando contra el auto, para que le apunten a él. No avanza mucho. Le tiran por la espalda, cae, y para asegurarse de que estaba muerto, le dan dos tiros en la cabeza. De eso me enteré más tarde, aunque en el momento supe que lo habían matado. El ha muerto como papá más que como militar, porque corría hacia la esquina para salvar a las chicas.
Yo sólo atinaba a gritar y gritar. No hice nada. Mi médico después me dijo: '¿Qué hubieras podido hacer?'. En la vereda gritaba y me agarraba mi panza. Seguramente Luciana (la hija por nacer) sufría tanto como yo.
Desde un taxi me miraba un señor con unos ojos enormes. Pensaba más tarde, cuando me preguntaban, ' pobre, lo han obligado a que los llevara'; pero los guerrilleros habían asaltado a un taxista y lo habían maniatado.
Salen mis suegros, vecinos, todo el barrio. Mi suegra levanta a una de las chicas, a Cristina, que está ahí, ahí y acá (señala portarretratos y dos alitas tatuadas en su mano). Era un angelito.
Levantamos a las chicas, porque las dos estaban baleadas, las sacamos del auto y fuimos a la asistencia pública. Nos dicen que teníamos que ir al Hospital de Niños. Es cruel lo que te voy a contar. Mi suegra tenía la cabecita de María Cristina apoyada y el hueco que tenía le entraba en un pecho. Era como una cabecita incrustada. Entonces me doy cuenta de que Fernanda vivía porque se hace pis. Llegamos al hospital y me avisan que María Cristina había muerto. Después vino lo otro.»
«Lo otro» a lo que se refiere María Cristina es una larga lucha personal para salvar a la familia que le había quedado. Aparecieron miedos, sólo comprensibles en una madre que se vio ante la realidad que le tocó vivir. En los primeros años temía que le secuestraran a María Fernanda o a Luciana.
Cuando en 1987 el juez federal Jorge Parache dejó libre a Fermín Núñez, único guerrillero condenado por el ataque, los miedos renacieron. Temía que sus hijas lo encontraran por la calle y les hiciera algo.



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