19 de diciembre 2002 - 00:00

Duhalde silente, y su gente arma plan para quedarse

Nadie sabe, por más papeles firmados que haya, si el 23 de febrero habrá internas en el justicialismo (sea para votar o para proclamar un candidato en lista única). Sí se sabe, en cambio, lo que Eduardo Duhalde hará al otro día: viajará a Lapachito -a 45 kilómetros de Resistencia, Chaco-por la restauración de una casa histórica. Al menos, para los peronistas. Allí vivió un correntino caro para Juan Perón: Jazmín Hortensio Quijano, un radical que lo acompañó en la fórmula en su primer mandato. Está claro que para esa jornada, entonces, Duhalde vuelve a las raíces de su partido; lo que se desconoce, para esa fecha, es cuál será el futuro del partido o, más precisamente, quién será su candidato para las elecciones nacionales.

Hasta ahora, entonces, se sabe del plan protocolar de Duhalde. Pero, ¿cuál es su plan político? Así como hubo un Plan A y un Plan B para voltear a Fernando de la Rúa (el A era sacar a Domingo Cavallo, el alternativo era el ministro con De la Rúa), según la versión de quienes suponen que el fin del radical fue un golpe y no una deserción, ahora también se analizan una propuesta A y otra B. Una se ha derrumbado por negativa del elegido: era el operativo «Clamor» para entronizar a Carlos Reutemann. En consecuencia, queda la variante B, quizás más ambiciosa o trasnochada aún que la anterior.

•Continuidad

En círculos cercanos al Presidente, sea el próximo domingo en el asado en la quinta Don Tomás donde reunirá a 300 punteros bonaerenses, o periódicamente en el búnker gastronómico de Luis Barrionuevo (acompañado por Jorge Yoma), sólo se habla de la continuidad de Duhalde. O, más exactamente, de impedir la llegada al poder de Carlos Menem. A la ausencia con aviso de Reutemann, se añade hoy el decaimiento de José Manuel de la Sota -Duhalde no quiso hablar con él de temas electorales en su viaje de hace 48 horas a Córdoba-y la mínima inserción partidaria de Néstor Kirchner, el malquerido. O sea que Duhalde vive la paradoja de disponer de un poder supremo, de ser el gran elector por controlar Buenos Aires y carece de candidato. Es el sponsor de nadie. Entonces, sus íntimos preguntan: ¿por qué no él? Para esos fanáticos conmilitones la estrategia es sencilla: suspender las internas del 23 de febrero (no olvidar que Duhalde le ordenó a su propia gente no reunirse con los menemistas para consagrar la fecha), desplegar la «paz» y «transparencia» de Duhalde (carteles y pintadas que ya circulan por Buenos Aires), realizar una gigantesca manifestación en su homenaje (tal vez el próximo 2 de enero, aniversario de su instalación en el gobierno), promover la leve recuperación económica después de la catástrofe y confiar en el timón de Roberto Lavagna -quien todo lo realiza como si no se fuera el 25 de mayo-y en el nuevo titular del Banco Central, Alfonso Prat-Gay, un técnico que le avivó los ojos a Duhalde cuando le dijo que él pensaba en un resurgimiento de la economía argentina más vertiginoso de lo que imaginan otros economistas.

Hasta ahí el marco. Falta, claro, suspender los comicios, tarea que bien podría intentar la Justicia -hay biblioteca de sobra en ese sentido y hasta una presentación del abogado Monner Sans-, a pesar de que existe una ley consagrando esa fecha (claro, también había una ley para la devolución de los depósitos, la intangibilidad de la moneda, etc.). No es una tarea menor, pero tampoco imposible. Luego, cumpliendo su palabra, Duhalde se retira como lo prometió el 25 de mayo y la Asamblea Nacional designa a un sucesor hasta el fin del mandato en diciembre. Para cuidar estantes y mercadería en ese período, se busca una suerte de Cámpora. Hubo quien ya rechazó ese convite (un ex gobernador) y a falta de postu lantes se apelaría a la lógica jurídica: el titular de Diputados, Eduardo Camaño, naturalmente bonaerense, ya que para entonces el titular del Senado, Juan Carlos Maqueda, habrá dejado su puesto vacante para incorporarse a la Corte Suprema. Sobre los cordobeses nunca se piensa demasiado bien, mejor removerlos.

Aferrados como nunca al proceso constitucional, tan fieles devotos, los duhaldistas luego impulsarían desde Lomas de Zamora a su líder para que participe como postulante presidencial de octubre. Entienden que es el único en capacidad para competir con Menem, disponiendo no sólo del aparato oficial (subsidios, premios, tal vez castigos) sino de alianzas sabiamente concertadas en las provincias peronistas, con el radicalismo, hasta eventualmente con Aníbal Ibarra. Trabajo de compleja ingeniería, obvio, pero no imposible, se debe insistir. Hay mucho para defender y tentar en tantos lugares.

«Vamos nosotros» es la consigna, aunque Duhalde diga en público lo contrario. Su gente, su primer círculo más ciertamente, conjetura sobre este plan y sus propios intereses. Parece temerario, pero nadie debe olvidar una frase atribuida a Raúl Alfonsín sobre el universo bonaerense del peronismo: «Los menemistas son una banda, el duhaldismo es una organización». Tan organizada, claro, que él mismo en esta última etapa de su vida ha decidido incorporarse. ¿También al Plan B? En Gastronómicos juran que sí.

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