La X Conferencia Regional sobre la Mujer que tuvo lugar en Quito, para la delegación argentina, antes que un foro para discutir políticas de género, fue un intento de instalar la candidatura presidencial de la senadora Cristina Fernández. Las estrellas de la cumbre fueron la española María Teresa Fernández de la Vega, identificada como el «cerebro» de la administración Zapatero, y Michelle Bachelet, que se encargó, mediante un discurso impecable, de recordar que la política no está reñida con el «género». Como corresponde al espíritu de la época, uno, o dos escalones más abajo, escuchaban Rafael Correa, presidente de Ecuador; José Luis Machinea y Carlos Chacho Alvarez.
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Si el discurso de la chilena sonó en ciertas orejas como un tiro por elevación, el éxito de la operación local es indudablemente mediático: tal como pasó en los recientes viajes de la candidata a España, México y Brasil, la prensa la trata, hasta en ausencia, como a una presidenta electa.
Las preguntas a las funcionarias y legisladoras vernáculas abundaron sobre ese tópico e ignoraron la materia que se supone convocaba. En la Argentina el diseño institucional no deja mentir: el Consejo Nacional de la Mujer carece de autonomía presupuestaria y sus propuestas, de cualquier carácter vinculante. En otras palabras: en la cumbre, el «género» celeste y blanco estuvo vacante, y confirmó que a la señora de Kirchner el asunto le importa nada, o muy poco (según Chiche Duhalde, «Cristina tiene una visión masculina de la política»: como si ella tuviera otra).
Se sabe que las chicas no hablan, que tienen prohibido hablar desde la última reunión del Frente para la Victoria porteño, donde se ordenó silencio y bajo la untuosa oratoria de Diego Kravetz, se dio la bienvenida a Gabriela Cerruti, una cruzada contra «la derecha» que cruzó el Rubicón no bien Telerman perdió su silla.
Contradicción
El segundo paso de la sociedad Kirchner en el poder, con la esposa del Presidente como mascarón de proa, resultó algo contradictorio con la algarada y los faldones desplegados para Hugo Chávez, el hombre de la bolsa, si es que el vector-fuerza estará orientado, como dicen, a reforzar los lazos de la Argentina con el mundo, que no termina en Venezuela. Esa orientación explica y justifica el conciliador discurso de la todavía senadora en el pleno del Council of the Americas que sesionó en Buenos Aires, Y por esa razón el cónclave de la CEPAL era importante, y por esa razón también, la lista de la señora Faillace tuvo una vista previa.
Las enviadas a Ecuador son íntimas de la candidata, algunas más que otras: la senadora María Laura Leguizamón es la favorita; ex bailarina del Teatro Argentino de La Plata, abogada y escribana, su presencia suele dejar sin aliento a más de uno que titubea frente a tanta autoestima pero que no duda en financiar su reelección a la Cámara alta con el guiño del jefe de Gabinete y la mirada glauca de Vilma Ibarra, que perdió el escalón más alto entre las «femmes fatales» oficialistas y que -algo es algo- en el trueque tiene ya media palabra para reemplazar a Alberto Iribarne: la futura reconversión del gabinete indica que Justicia pasaría de ministerio a secretaría. La hermana del ex alcalde aterrizaría en ese despacho, devaluado (pero de donde dependen hoy DDHH y el INADI, feudo de Lubertino).
La joven Leguizamón tuvo que soportar, cuando se quedó con la banca que disputaba la socialista Susana Rinaldi, la embestida de la abogada Ibarra, pero no se amedrentó: se quedó con esa banca y con la otra, la del Consejo de la Magistratura, casi oficialmente comprometida para Vilma, y con vaya a saber qué más. Seguro, con la amistad de Diana Conti, la dama de hierro de esa institución.
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