21 de octubre 2003 - 00:00

El gobierno fabrica conflictos sindicales

Los argentinos no reparaban en problemas militares desde hace por lo menos poco más de una década. Con la administración Kirchner -con razón o sin ella- se repuso esa conflictividad. Algo semejante empieza a registrarse con el sindicalismo: las huelgas y paros no dominaban la escena desde hace años y, en muchos casos, han reaparecido hasta de la mano de gremialistas cercanos al gobierno (caso Hugo Moyano, camioneros). Curiosa e inquietante esta pasión del oficialismo por recuperar enfrentamientos, casi por regresar a otras décadas. La queja sindical prospera y hasta con tensión (ya hubo denuncias de aprietes y virtuales secuestros). El gremio bancario va al paro hoy por tres horas, Moyano prometió suspender, por ahora -debido a una intervención del propio Kirchner-, su avanzada belicosa contra Carrefour y sus colegas de comercio que, ciertamente, hasta parece un remedo de lo que fue en su momento el caso Sitrac-Sitram. El Presidente puede influir sobre el sindicalista: si éste no le hace caso, le retira del gobierno a varios funcionarios de su gremio en el área de Transporte. Tampoco se ha resuelto el problema gremial en el PAMI, empleados que resisten a planes de racionalización y que, no curiosamente, responden a Moyano y también al dirigente más querido por el gobierno: Víctor De Gennaro, al que el fin de semana pasado sentaron a la mesa principal junto a Lula en la privilegiada El Calafate. Otros preferidos del gobierno, los judiciales, ya arrancaron un aumento bajo presión y fuerza, violando leyes, que no pueden convalidar en la Corte Suprema. Como no logran la venia, arman disturbios. Parece increíble que la propia Casa Rosada aparezca involucrada en todos estos episodios, como si fabricara sus propios conflictos. Pero ésta debe ser su noción de trabajo y producción.

Dicen que la voz de Jacques Chirac sonó dos veces al lado de Néstor Kirchner. En un caso, el llamado fue dirigido a él. En el otro, a su esposa Cristina. En ambos casos, el pedido estaba referido al conflicto de la empresa Carrefour con Hugo Moyano, el titular del gremios de camioneros y sindicalista preferido del Presidente. Moyano pretendía que la jurisdicción de su organización se extendiera no sólo a los camioneros, sino también a todos los trabajadores de «logística», lo que incluye a los empleados de depósitos, como en el caso de esa empresa francesa de supermercados. Este diario informó sobre este entredicho el viernes 10 de octubre. Ayer, la relación entre el sindicato y la compañía estuvo al borde de llegar a la ruptura con la declaración de un paro. Pero Carlos Tomada, el ministro de Trabajo, consiguió evitarlo: se comunicó con Moyano y, en nombre del Presidente, le solicitó que suspenda la medida de fuerza. El camionero concedió una tregua. La voz de Chirac tuvo su efecto.

•Relevancia

Fue el primer límite que desde el gobierno le pusieron a Moyano y éste lo aceptó, respetuoso. Tiene su relevancia. El camionero es el único jefe de sindicato que ha sido invitado a almorzar repetidas veces por el Presidente. Ni Víctor De Gennaro, de la Asociación de Trabajadores del Estado, consiguió ese trato. Y eso que De Gennaro soporta calladito que en el próximo presupuesto nacional no esté contemplado un aumento de sueldos para los estatales. Eso sí, en premio a esa solidaridad ideológica, el gobierno lo lleva a El Calafate y lo sienta en la mesa principal, con Kirchner y Lula Da Silva.

Moyano supera esas intimidades. Es, por ejemplo, el único sindicalista que tiene acceso al número de teléfono celular del Presidente. Claro, su poder -entendido, como casi siempre en la vida sindical, como capacidad de daño-es superior al de De Gennaro. Mientras éste apenas puede disponer una huelga de empleados públicos, Moyano está en condiciones de obstruir las rutas, los accesos a las ciudades importantes y hasta el comercio internacional. Tal vez, Kirchner lo tendría en consideración, aunque no le tuviera la simpatía personal que parece tenerle.

•Poco amistoso

El camionero hace poco por cultivar esa amistad. En principio, fue uno de los sostenes más fuertes y explícitos de la candidatura de Adolfo Rodríguez Saá, no de Kirchner. Además, en casi todos los campos en los que el oficialismo se vio en aprietos siempre estuvo Moyano detrás del problema. Se podría comenzar por el caso de los subterráneos, que amenazaron con complicar la campaña de Aníbal Ibarra si no hubiera sido por una intervención de Kirchner ante su amigo camionero. Le siguieron los judiciales de Julio Piumato, con un caso más delicado: se sirvieron por su propia mano un aumento de sueldos en el Consejo de la Magistratura, presionando a los consejeros hasta tomar la sede de esa institución. La mejora salarial se concedió por fuera de la Ley de Administración Financiera del Estado, ya que la erogación no cuenta con una partida presupuestaria que la respalde. La Corte se pronunció en una acordada imputándole al Consejo la responsabilidad por lo ocurrido. El presidente de ese tribunal, Carlos Fayt, vio cómo sucedían los hechos sin que Hugo Moyano

Alberto Fernández le concediera una entrevista, seguramente por exceso de ocupaciones. Ahora es Fernández quien debe resolver si realiza una reestructuración presupuestaria para «blanquear» el aumento que el moyanismo le arrancó al Consejo. Claro, si lo hace, violará el acuerdo con el Fondo, donde se promete que habrá estabilidad nominal de los salarios públicos durante todo 2004.

En el PAMI, Juan González Gaviola, el interventor del organismo, denunció públicamente que debió autorizar una exacerbada cantidad de horas extra del personal porque una camarilla de sindicalistas lo tuvo «secuestrado» en un despacho para que firme la resolución (casi como a los consejeros de la Magistratura). Es cierto que el gremialista que llevó adelante el «apriete», Rubén Grimaldi, es secretario general de ATE en ese instituto, no de un sindicato de Moyano. Pero en ATE aclaran: «Políticamente, Grimaldi responde a Moyano. Por el transporte, las ambulancias». ¿Grimaldi tiene algo que ver con el negocio de las ambulancias? Todo se pierde en la opacidad sindical, salvo un detalle: cuando Kirchner estuvo a punto de designar a sindicalistas en un nuevo directorio del PAMI, Moyano le pidió por Grimaldi.

Al parecer, el caso Carrefour planteó un límite en la paciencia del Presidente, quien pidió una tregua ante su amigo gremialista, quien se va convirtiendo, por acumulación de conflictos, en el principal problema del gobierno en el campo sindical. Claro, en el enfrentamiento con los supermercadistas franceses la saga de Moyano adquirió dimensión internacional, movilizando el interés del propio Chirac. Kirchner empieza a admitir que ciertos gustos -como el del sindicalista propio-comienzan a ser un poco caros.

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