Encomiable el oficialismo que transmiten ciertos medios. Escriben, vocean y juran que los Estados Unidos han recuperado, mejorado y descongestionado la relación con el país (deberían, en todo caso, hablar de gobierno) Y, como ejemplo, celebran el encuentro al que asistió el embajador de EE.UU. con un alto miembro de la Cancillería con motivo de una conmemoración del Holocausto. Reunión a la cual, obviamente, el diplomático extranjero asistió como cualquier otro invitado. Por ese mínimo apretón de manos, fotografía y sonrisa se supone que ya se ha olvidado el juicio en Miami sobre el valijero venezolano Antonini Wilson, que traía 800 mil dólares para la campaña de Cristina de Kirchner, y, por otro lado, se entiende que la Administración Bush -también sus colegas demócratas- no se ha sentido afectada por la imputación de operación basura que le atribuyeron a la Justicia de su país por investigar ese traslado clandestino de dinero, aún sin precisión de origen (lo cual generó la pesquisa sobre el lavado).
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O sea, que para algunos medios hoy viven en franco idilio el gobierno del Norte y el gobierno de una parte del Sur. Nada dicen ni explican, en cambio, sobre un hecho: el viaje que planea realizar por la región Tom Shannon, hombre de escasa influencia en la Administración republicana a quien en el gobierno argentino se considera «un amigo», quizá porque se presta a ciertos reportajes y, de pronto, dice banalidades como que «la relación entre los dos países es importante». Lo cierto es que Shannon, en quien tanto confiaba el matrimonio Kirchner, realizaría una visita a varios países de la zona y, en ese periplo, no incluiría precisamente a la Argentina. Sí, en cambio, hasta podría aceptar detenerse en Venezuela, país con el cual los vínculos no parecen ser amables. La abstención a la Argentina y el paseo por Caracas podrían revelar, de concretarse, que en el ranking de las amistades norteamericanas, hoy Buenos Aires sería menos considerada que la Administración de Hugo Chávez. Apresurada conclusión, sin duda.
El jefe de Gabinete, Alberto Fernández, recibió ayer en la Casa Rosada al embajador Earl Anthony Wayne. El gobierno le levantó finalmente las restricciones para sus encuentros con funcionarios, le agendó un encuentro para mañana a la tarde con Cristina de Kirchner (habrá que ver si allí surgen nuevas señales) y hasta le sumó a la lista de sus futuras entrevistas a la ministra de Defensa, Nilda Garré, y al de Economía, Martín Lousteau. Un modo evidente de hacer buena letra después de las frases poco diplomáticas que se lanzaron desde la asunción del nuevo gobierno.
En algún punto de estancamiento y vulnerabilidad se mantiene el pleito entre los Kirchner y EE.UU., ya que sigue en suspenso la aceptación de Héctor Timerman como embajador, algo sobre lo que Wayne ayer no entregó garantías. Una regla de oro en la Cancillería afirma que, de no aceptarse una propuesta, a los 90 días hay que retirar la designación, aunque en este caso han mediado influyentes de organizaciones judías pidiendo la habilitación del ex cónsul. Casi, como se sabe, en situación semejante a la de Alberto Iribarne, ex ministro que desea ser embajador ante el Vaticano aunque, desde allí, nadie contesta ni escribe, mucho menos saluda, excusándose en que en esa sede religiosa no se aceptan divorciados.
Cuestión más que discutible, ya que existen otros antecedentesde tolerancia diplomática, aunque con países menos declaradamente católicos.
Más allá entonces de optimismos periodísticos, lo cierto es que Cristina de Kirchner asumió con la convicción de que iba a mejorar la relación con la Iglesia Católica, también con los Estados Unidos y, desde distintas fuentes del poder, se hizo docencia al respecto. Sin embargo, ciertos hechos demuestran que, en ese plano, todo se vive igual que en tiempos del marido de la Presidente. O peor. Incluyendo en la confrontación la penosa declaración del Congreso Nacional sobre la « operación basura» -casi semejante a la estupidez del default en tiempos de Rodríguez Saá-, involucrando inclusive a los legisladores norteamericanos en esos agravios (los mismos, claro, que podrían bloquear la llegada de Timerman). Palabras infatuadas, excesivas, de las cuales cuesta volver. ¿O acaso Hillary Clinton jamás decidió recibir a Cristina porque leyó un párrafo en el que la Argentina afirmaba que ella había llegado por su cuenta y orden, no como la norteamericana, de la mano del ex marido? Quizás, todo esto (opiniones, nominaciones, aceptaciones diplomáticas) sean tonterías y no cambien la situación de la Argentina. Lo que no se entiende es para qué se insistió oficialmente en afirmar que era necesario salir del aislamiento que impuso el santacruceño, entablar nuevas relaciones con determinados centros de poder, gobernar, en suma, amablemente, quizás con vínculos renovados. Quien piensa y no hace genera despropósitos. Ya lo dijo, con términos más violentos, un notable poeta inglés.
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