Sin democracia plena ni artilugios de interesados no habrá solución política de fondo en la Argentina inmediata. Un futuro presidente de la Nación no elegido con absoluta libertad de opciones por el ciudadano, sin estratagemas electoralistas -como hoy se traman con notoria evidencia- volverá a no tener solidez y respeto público para comenzar a superar la actual crisis socio-económica, la más grave de la historia del país. De no suprimirse estas malignidades, nuestro país se encamina a ser invivible porque se ahuyentarán capitales que restarán más posibilidades de empleo. La ambición desmedida y la vulneración de principios en los altos niveles gubernamentales se traducirán en más inseguridad personal por falta de ejemplos frente a la delincuencia. Los decretos a convocatorias a internas partidarias y elección presidencial en marzo, que lanzará hoy el Poder Ejecutivo, tal como han trascendido por voceros oficiales -salvo que se hayan modificado este fin de semana, algo poco creíble porque se dijo que ya lo firmó el presidente Eduardo Duhalde- e stán encaminados a estructurar desde el Estado un fraude al estilo de los años treinta, cuando ya era anormal, inclusive, que el gobierno intervenga en la vida interna de los partidos políticos. Una desvirtuación a la voluntad del ciudadano al favorecer desembozadamente que los candidatos de un partido puedan ser consagrados por los afiliados de otros partidos bajo la pueril excusa de no tener tiempo para imprimir padrones separados. Después de una interna así manipulada no se dejarán opciones a los derrotados para presentarse igual a la elección presidencial de marzo. La ley de reforma electoral, que en principio apareciera como un real y valioso intento de mejor democratización en la Argentina, terminará con estos proyectos transformándose en una trampa moderna, sólo más sofisticada y con complicidad parlamentaria y de la Justicia, para eludir la verdadera voluntad electoral de la ciudadanía. Tanto es así que, de salir los decretos como han dejado trascender desde el gobierno, lo más probable es que las internas de noviembre no se hagan porque cada candidato, si lo analiza bien, trataría de ir por distintos partidos propios como fórmula propia y única, lo cual le exime de ir a internas. Pero esto también está previsto en la estratagema del gobierno con estos decretos porque así reservaría la sigla y el escudo tradicional del Partido Justicialista, con todo lo que esto significa, para el candidato del oficialismo. El análisis internacional hoy de las características de un país parte de la base inexcusable de que sus mandatarios hayan sido elegidos correctamente. Hasta Hugo Chávez subsiste en Venezuela por esto. Por eso la maniobra del gobierno con los decretos agravará a una Argentina tan necesitada. En función de esas necesidades acuciantes es grave, gravísimo, lo que encaminan estos proyectos.
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Con el riojano llegó Eduardo Duhalde a la vicepresidencia de la República en 1989. Posteriormente el mismo Menem lo convenció y le dio su apoyo para que saltara de esa vicepresidencia a la gobernación de la provincia de Buenos Aires que ganó en 1991. Menem le dio su apoyo político, desde ya, pero también un marco económico-político impresionante: 2.000.000 dólares diarios, inclusive contando sábados y domingos porque eran más de 600 millones por año, (llegó a 720) para gastar, aparte de las coparticipaciones impositivas normales del distrito bonaerense y su propia recaudación de impuestos.
Duhalde hizo una gestión ordenada hasta 1995 cuando renovó su mandato, pero ya distanciado de Carlos Menem por el Pacto de Olivos donde Menem se aseguró un período que sería de 10 años y medio por la reforma de la Constitución Nacional, acordada con Raúl Alfonsín.
En su segundo período de gobernar la provincia (1995-1999) el duhaldismo ya fue menos ordenado, más despilfarrador de dineros públicos y en sus dos últimos años de gestión directamente el territorio bonaerense fue un dispendio de dinero del Estado. Allí, en el usufructo de tantos repartos de fondos y créditos del Banco Provincia de Buenos Aires -hasta endeudarlo en 1.100 millones de dólares y quedar al borde del colapso- se cohesiona el «club de los intendentes justicialistas bonaerenses», que cuenta con complicidad de sectores del radicalismo que, a cambio de su silencio en cuanto a denunciar lo que ocurría, participaron del reparto y hasta lo auditaron con el radical Federico Storani desde la Universidad de La Plata.
Pero la suerte le fue esquiva a los Duhalde. En 1997 a «Chiche» la derrota en la elección de Diputados nacionales la efímera figura del ahora ex Frepaso Graciela Fernández Meijide. Eduardo aceita más el aparato bonaerense. Aumenta el déficit, los préstamos del Banco Provincia y juega todo para ganar la elección presidencial de 1999. Por vía de una cláusula especial de la Constitución Nacional reformada en 1994 eliminó a Carlos Menem, que también buscando una tercera reelección oscurece su gestión de años previos y cae en malos períodos -años de déficit agudo y recesión- de 1997 a 1999.
Eduardo Duhalde pierde frente a una «Alianza», meramente electoralista y sin ninguna coherencia para gobernar, que encabezó Fernando de la Rúa.
Duhalde se frustra aunque había logrado hacerse suceder en la provincia por el candidato que él digitó, Ruckauf y mantenía en pie el «grupo de intendentes justicialistas bonaerenses» que seguían en sus puestos o, al menos, dominando sus zonas.
Fernando de la Rúa cae en el desastre para gobernar como era previsible, más allá de que tampoco tenía condiciones para el cargo presidencial. Allí el «club bonaerense» decide rescatar a su «jefe» y fuerzan con activistas, en un verdadero» golpe de Estado civil», la caída de De la Rúa. Pero los gobernadores justicialistas del interior nunca quisieron a los Duhalde y terminan eligiendo al puntano Adolfo Rodríguez Saá Presidente. Duhalde y el «club bonaerense» -que ellos mismos llaman «masa crítica» dentro de la política argentina- deciden que les falta algo más para tomar el poder. Así acuerdan con Raúl Alfonsín, un avergonzado más que interesado tras los resultados de la «Alianza» que él mismo inspiró y que consagró al luego fracasado De la Rúa. Había que sumar más y el duhaldismo agregó a antiguas beneficiarios radicales del gran reparto de fondos bonaerense. Fueron Leopoldo Moreau y Federico Storani. La «pata izquierda» la puso el frepasista Aníbal Ibarra, jefe de la Capital Federal.
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