El sueño mundial
Las afinidades de facción y la extensión de la ciudadanía a los nativos radicados en otros países han producido un fenómeno llamativo en la política: la tercerización de las campañas. En la Argentina, sobran las experiencias. El oficialismo prestó su fuerza de combate al Frente Amplio del Uruguay, a los socialistas de Galicia y hasta intervino en las elecciones chilenas facilitando logística a la izquierda. Sin embargo, su influencia nunca fue tan decisiva como en los recientes comicios italianos. Sucede que un residente argentino, Luigi Pallaro, terminará siendo el fiel de la balanza del Senado de Italia. Pallaro es independiente en su país. Pero, aquí, se confiesa kirchnerista. Por eso los amigos de la izquierda de Italia en el gobierno -encabezados por Aníbal Fernández- han recibido un mandato cifrado desde ultramar: «Hay que entornar a Pallaro». ¿Tendrá Kirchner una porción de poder en el nuevo gobierno de Romano Prodi?
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Victorias
ajenas. Solá
festejó con
afiches la
derrota de
Berlusconi.
Aníbal
Fernández,
conferencista
en 2004
con los
triunfadores
de Roma:
Fasino,
D‘Alema,
Amato.
Tal vez el gobierno de Kirchner termine alcanzando a través de esta red el objetivo que se había propuesto inicialmente: promover a un argentino más o menos cercano en el Parlamento de Italia para operar desde allí una agenda endiablada que va desde los problemas con los bonistas hasta las negociaciones con la Unión Europea. La Casa Rosada imaginó primero que ese hombre podía ser Paolo Rocca, el titular de Techint. Pero el empresario no se mostró demasiado entusiasmado. O, tal vez, puso demasiadas condiciones. Otras opciones fueron más fantasiosas: se pensó hasta en Maradona.
Nadie suponía que «il miracolo» se alcanzaría con el incógnito Pallaro (al menos fuera del círculo itálico), el no alineado por quien Fasino preguntó varias veces del otro lado del teléfono. Sucede que en Roma advirtieron, a lo largo de toda la campaña, que este candidato del «terzo mondo» no hablaba bien de Prodi, más bien se inclinaba por Berlusconi pero sí se inclinaba ante Kirchner. Y no porque recibiera algún apoyo « logístico», al menos en exclusividad: dicen que las arcas del gobierno se abrieron en favor de Darío Ventimiglia, candidato de la Unión que hizo pasear por Buenos Aires al ex procurador Antonio Di Pietro, el fiscal del «mani pulite».
Definido el escrutinio, las simpatías oficialistas de Pallaro terminaron por activar un contacto desde Roma. ¿Intervendrá, sigilosamente, el Ministerio del Interior, en la composición del nuevo Senado italiano? ¿Terminará siendo Fernández quien decida los votos que tendrá Prodi en la Cámara alta cada vez que pase por allí una ley complicada?
Son posibilidades insólitas pero de gran verosimilitud. Sobre todo desde que la política electoral se ha internacionalizado. No solamente porque los inmigrantes radicados en la Argentina votan en los comicios de sus propios países. También porque lo hacen en las elecciones locales, ya que en varias provincias se habilitó el voto de extranjeros para los niveles inferiores de la administración. Esta autorización ha inducido al cruce de «punteros»: es fácil que un dirigente argentino recurra a las organizaciones de extranjeros para asegurar el caudal de su lista en las internas. A la recíproca, los extranjeros hacen palanca sobre las fuerzas locales, sobre todo del gobierno, para desbalancear los resultados de sus propios países. No es Berlusconi la única víctima que la derecha registró en el Tercer Mundo. También los electores radicados en la Argentina fueron decisivos en la caída de Manuel Fraga Iribarne, el líder gallego que perdió después de décadas el control de la Xunta.




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