20 de marzo 2008 - 00:00

El tentacular Fernández

Nadie imagina que aliente un gobierno paralelo ni una ambición hegemónica. Todo lo hace para los Kirchner, como Domingo Cavallo decía hacerlo para Carlos Menem. Pero débil la cúpula, estallan por debajo los conflictos y medra el administrador ocupando los espacios vacantes. Tentacular, Alberto Fernández emula el despliegue territorial de quien fue su inspirador en el pasado, Cavallo, que alcanzó en su mejor momento -en la era Menem- a dominar ministerios con hombres propios. Lo acusaron de constituir un gobierno paralelo desde el cual desplegaba un proyecto político para desplazar a sus mandantes de la Casa de Gobierno. El jefe de Gabinete desde el 10 de diciembre amplió su jurisdicción con funcionarios propios en áreas como la ANSeS, los ministerios de Salud y Relaciones Exteriores, el Banco Nación, ahora la AFIP, adonde va Carlos Fernández, nacido y criado en el mismo vivero de los 90, cuando trabajaba en el ministerio de Cavallo junto a Alberto Fernández y, entre otros, Juan Carlos Pezoa.

Alberto Fernández
Alberto Fernández
Detrás, siempre, una guerra de intereses: ahora es la reforma del sistema de control de importaciones y exportaciones para reemplazar al «sistema María» que rige desde la década de los años 90, ideado en realidad por asesores franceses traídos al país por la administración alfonsinista. Ese negocio se va a pagar con un fondo alimentado por un canon sobre los aforos del sistema que ya juntó $ 90 millones y sobre cuyo destino han querido decidir Abad, Echegaray y también el sector privado, que pone $ 10 de cada transacción para alimentar ese fondo.

Se ocupaba ayer el gobierno, a través de voceros que piden anonimato para hablar, de explicar la crisis en la AFIP como una rabieta de histéricos que dejaron de tolerarse después de varios años de matrimonio de conveniencia. Que Alberto Abad le recriminaba al aduanero Ricardo Echegaray su exagerada figuración en actos, celos de los dos por el protagonismo en el crecimiento de la recaudación (a la que aportan las aduanas en 40%). Que Echegaray no tenía ni caja chica para sus gastos y que debía pasar facturas de almuerzos para que se los reintegraran, que Abad era el tributario de los fastos del aumento en la recaudación ( llevado en buena parte por la espuma de la inflación). El final no fue menos rabioso: Abad querría frenar al acceso de Echegaray a una vicepresidencia de la Unión Internacional Aduanera.

  • Reiteración

  • Entre la intolerancia de dos temperamentos, el negocio. Abad se sentía un poderoso de la administración cuya habilidad le permitió navegar sin conflictos del menemismo al duhaldismo y al kirchnerismo. Con el mismo aire, en estas horas el gobierno cree que puede intentar alguna aventura en el paraoficialismo, vereda que cultivan un Roberto Lavagna o un Francisco de Narváez. Puede terminar como profesor del seminario del Grupo Productivo que lanza Eduardo Duhalde. Echegaray repite como un contestador automático: «Soy parte de un proyecto político, voy a estar en donde me digan que esté» (léase Kirchner). Eso hoy se paga, por lo menos con una embajada.

    Antes lo dijeron, cuando los aplastó Abad, José Sbatella (hoy comisario de la Competencia, crucificado por «Clarín», en el Ministerio de Economía) o Mario Das Neves, gobernador de Chubut y cuentapropista de una precandidatura presidencial poskirchnerista.¿Se equivocó Abad en este round? Su rutilante carrera en la burocracia le hizo pensar que una amenaza de renuncia, si Echegaray seguía en Aduana, iba a doblegar a una debilitada Cristina de Kirchner. Replica la anécdota de otra salida memorable, otro hombre fuerte de la administración: fue a verlo una mañana a Carlos Menem su ministro Domingo Cavallo con la amenaza de la renuncia si no se frenaba un aporte extra al sindicato bancario. «Traémela», le dijo el riojano. Cavallo salió corriendo a su despacho, pero no creyó que era en serio. Lo llamó por la tarde el jefe de Gabinete Jorge Rodríguez para decirle: «Che, lo de la renuncia es en serio, traela o te la aceptan sin que la presentes».

    La tarde del martes, pasada la siesta, el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, lo llamó a Abad para decirle: «Está bien, traé la renuncia». La amenaza la había planteado antes de un fin de semana en Mendoza, advirtiendo el ultimátum: si el lunes sigue Echegaray, me voy (título de la página Web de Ambito Financiero el último viernes por la mañana). Discutieron la amenaza los Kirchner en El Calafate y resolvieron la partida de los dos conflictivos.

  • Consuelo

    Recién cuando el mail con la renuncia de Abad estaba en la pantalla de la PC de Fernández, lo llamó éste a Echegaray para pedirle que le trajese la suya. Un consuelo para este pingüino quizás más acostumbrado que otros al sabor agridulce del kirchnerismo, esa cultura que golpea a quien dice amar.

    La elección de Carlos Fernández no extrañó a los que miran de cerca quiénes frecuentan las oficinas de la Presidente o del jefe de Gabinete; es un burócrata del Ministerio de Economía de la Nación, en donde ocupó el cargo de director de Coordinación Fiscal con las Provincias, con ministros como Antonio Erman González, Domingo Cavallo y Roque Fernández. No es un militante, como le gustaría a Cristina, pero dispone de buenos amigos en ese oficio. Su llave para el ascenso es Carlos Mosse, quien lo recomendó como funcionario de Carlos Ruckauf en 1999; luego, ya con Roberto Lavagna ministro, lo secundó a Mosse en Hacienda. Justo, entonces, los Kirchner empezaron a frecuentar a Mosse, y Néstor, especialmente, lo llamaba para que le ofreciera clases y otras explicaciones sobre el día a día de la economía. Si no hubiera tenido un problema de salud, Mosse habría alcanzado cumbres más importantes. Mientras, prolijo, exigente con él mismo en jornadas interminables frente a la PC, Fernández lo acompañaba en eso de la política discreta y lejos de la prensa. Casi un modelo de vida para lo que exige el santacruceño.

    Con el advenimiento del sciolismo, el nuevo funcionario le apartó el cuerpo a una oferta para ser ministro de Economía. Le interesaba al gobernador un hombre con la mejor relación con el ex presidente, pero como nunca le pidieron por él, no insistió en la designación. Siempre este Fernández ha creído que estaba llamado a ocupar un cargo más alto que el que tenía ahora como subsecretario de Control Presupuestario,en donde compartetareas con otro sacerdote de las finanzas públicas que no se mueve de la silla desde la era Menem, el vicejefe de Gabinete, Juan Carlos Pezoa (ahora un preferido de Lousteau luego de haberle producido al ministro repetidos ataques de celos).

  • Esperable

    Que se lo imagine a Alberto Fernández como en nuevo pulpo de la administración es esperable. Replica también a su ex jefe Domingo Cavallo, quien en su hora de esplendor, antes de estrellarse contra el blíndex del menemismo, llegó a dominar casi todos los ministerios y tenía delegados en todas las provincias (en alguna de ellas, este delegado era el propio gobernador, como Néstor Kirchner en Santa Cruz).

    No da abasto Néstor Kirchner con los asuntos que le llevan a Puerto Madero; no aprende todavía Cristina de Kirchner a domar ni los teléfonos de su despacho. Es natural que el jefe de Gabinete (administra el gobierno, según la Constitución reformada) vaya recogiendo los pedazos detrás de sus jefes y asuma el control del Ministerio de Salud, la Cancillería, la ANSeS, el Banco Nación. Con el método territorial de Cavallo, acapara jurisdicciones que intenta gobernar sin las luces de quien fue su jefe ni el filo con que lo hacía Eduardo Bauzá, a cuya sombra prosperó quien ahora le toca ser la víctima, el errado Abad.
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