9 de octubre 2002 - 00:00

Equilibrio de impotencias

La grave crisis política argentina ha generado un escenario electoral inédito, cuyas características deben encender un alerta rojo en sus principales actores.

Los elementos relevantes de la situación comprenden el fraccionamiento explosivo de las fuerzas políticas (más de cien partidos en Capital Federal, otro tanto en provincia de Buenos Aires, y un promedio de treinta a cuarenta en el resto de los distritos, según informes del Juzgado Electoral), la multiplicación casi cotidiana de las candidaturas presidenciales y la persistencia de una mayoría clara de la sociedad que no reconoce a los candidatos presidenciales como una opción clara y deseable.

Eso se llama equilibrio de impotencias. Llamamos equilibrio de impotencias a la situación en la que ninguna fuerza o coalición social es suficientemente fuerte para gobernar e imponer el rumbo, pero todas o casi todas son suficientemente poderosas para impedir gobernar con coherencia y fortaleza.

Todo ello provoca empates políticos y sociales que tensan peligrosamente los conflictos; agravan los problemas existentes; fomentan escepticismo y desaliento en los ciudadanos, que ven alejarse las posibilidades de recuperación, y profundizan el rechazo colectivo a la política y a los políticos, al tiempo que inducen al colectivo popular a desear gobiernos autoritarios.

• Reiteración

Este es un proceso varias veces visto en nuestro país y se ha reiterado con graves consecuencias en otras latitudes, siendo quizá los casos más conocidos los que se desarrollaron en Europa en el período entre las dos guerras mundiales.

España, antes de la Guerra Civil, fue un ejemplo claro de este tipo de contextos políticos, que previo una guerra civil, desembocó en la dictadura franquista. Las turbulencias políticas y la precariedad inestable de los gobiernos, sumadas a la falta de liderazgos creíbles, en el marco de una profunda crisis económica, condujo a Italia a la dictadura fascista.

La descomposición de la República de Weimar a partir de la división irreconciliable de sus fuerzas políticas entre liberales, comunistas, socialistas, y extrema derecha, en un escenario económico signado por el desempleo, la inflación y la violencia, condujo a Alemania a la dictadura nazi.

Todos los procesos autoritarios gozaron en sus inicios de un alto grado de aprobación popular, que mostraba así su repudio a quienes no supieron, no pudieron o no quisieron apuntalar gobiernos de consenso para superar la crisis, dentro del sistema democrático.

Seguramente es ocioso señalar los lamentables puntos de coincidencia con los ejemplos históricos que acabamos de recordar, pero lo que es necesario resaltar es que debemos tomar conciencia de la situación que estamos viviendo, y de la necesidad impostergable de dar paso con urgencia a coaliciones políticas y sociales que permitan consolidar un futuro gobierno con la fuerza necesaria para salir de la crisis. Crisis que no podremos superar sin el más amplio consenso sobre el camino a tomar.

No hacerlo implica necesariamente abrir las puertas al creciente reclamo del «gobierno fuerte», que en los hechos no significó en la experiencia histórica en similares contextos un gobierno con autoridad y legitimidad para ejercer realmente el poder, sino gobiernos autoritarios que arrasaron con las estructuras institucionales.

La crisis descripta en el sistema político argentino es tan grave que estaríamos ingresando en la última de las tipologías con las que el politólogo italiano Giovanni Sartori describe los sistemas de partido, es decir la atomización. En esta fase ya poco importa qué cantidad de partidos formen parte del sistema, sino el hecho de que ninguno de ellos puede producir un efecto apreciable en el conjunto y, consiguientemente, las posibilidades de estabilidad política y gobernabilidad son prácticamente nulas.

Debemos con urgencia restablecer la credibilidad en las instituciones y en los protagonistas, hay que modernizar el diseño institucional, hay que generar recambios generacionales y nuevas ideas, hay que producir profundas autocríticas, y los partidos políticos deberán revalorizar los caminos del acuerdo, del pacto, del consenso, que son los únicos que fortalecen la democracia.

(*) Ex ministro del Interior

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