9 de agosto 2005 - 00:00

Fiasco electoral que acerca a la República de Cromañón

Al margen de los resultados electorales de la víspera, el discriminado estreno de la ley de internas abiertas (en la que votan independientes) resultó un fiasco. Apatía y ausencia ciudadanas, pocos partidos y menos distritos, ni un rasgo de entusiasmo colectivo (por no hablar de ignorancia) y una falta completa de atención a una norma diseñada en tiempos de Fernando de la Rúa, dormida hasta que la rehabilitó Eduardo Duhalde y a la que la administración Kirchner casi quiso ignorar (sorprende que no se haya promovido este ejercicio electoral cuando el Presidente vive en campaña y todos los días habla del próximo 23 de octubre). Siempre se supuso que la nueva ley ubicaría al país democráticamente en el primero de los mundos. En rigor, quizá lo hizo entrar en el peor de los mundos.

Si el propósito de la ley, en su origen, fue calmar a las masas que en las encuestas reclamaban más participación y transparencia, debe admitirse que la propuesta fracasó. Ni siquiera la gente sabía que el domingo pasado podía votar, menos se le ocurrió el deber de hacerlo. Si también se pretendía desmontar la influencia de los aparatos partidarios y facilitar el ingreso de nuevos atrevidos a la política, la realidad es que lo de anteayer resultó todo lo contrario. Ganaron en ciertos distritos quienes disponen de estructura, poder y dineros suficientes para arrastrar voluntades y voluntarios: se consagró por último lo que se intentaba repudiar. Y ni siquiera hubo que invertir demasiado, ya que la competencia involucró a tan pocos participantes que el negocio costó una bicoca.

Aun así se ha mencionado reparto de dinero en organizaciones que se pensaban impolutas como el socialismo o en otros institutos más averiados como el radicalismo. Por no citar la intervención del Estado (caso La Rioja) con autoridades de mesa que eran funcionarios del gobierno observando cómo votaban, si votaban, sus propios empleados públicos. Con presión estatal o sin ella, igual los registros de votantes son insignificantes. Tan magra es la intervención popular que ni siquiera se han denunciado fraudes, una característica de cualquier votación calificada.

Penoso y dramático es el cuadro ya que, en total, sólo abarcó a la ínfima población de los aparatos partidarios, mientras los independientes ni se acercaron, salvo que fueran amigos de los candidatos. Como el caso de Moria Casán, quien adhirió a Nito Artaza por intimidad laboral y no por afinidad ideológica.

Descalificador debut entonces de la nueva norma y, además, esa deserción colectiva plantea una señal de alarma para la futura contienda del 23 de octubre.

• Generosidad

Si hoy los aparatos partidarios son más fuertes que nunca, habrá que imaginar para los próximos comicios un despliegue imponente de dinero para llevar almas a las urnas. Si ya se paga para que asistan a los actos, más generoso será el gasto a la hora de la definición electoral (sobre todo en ciertos distritos). Y para ese momento se habrá aceitado un mecanismo sofisticado de reemplazo a la tradicional argucia conservadora del siglo pasado en el que se tentaba con la alpargata izquierda y, luego del cuarto oscuro, se pagaba con la derecha.

Ahora, con la disparatada multitud de boletas que inundarán los recintos electorales y la enorme cantidad de cargos en disputa, ni siquiera quedará la expectativa que pregonaba el peronismo de las buenas épocas: hacer que la gente vaya enjaulada a votar, pero en la oscuridad pronunciarse por otro que no fuera el benefactor del traslado. Para el 23 de octubre, según se afilan los punteros, no habrá espacio ni para la traición, ya que son infinitas las variantes para justificar el precio y el resultado del producto por el cual se obla. Seguridad de cancerbero, ninguna posibilidad de engaño al aparato: las boletas que se entreguen previamente serán las que deberán depositarse en la urna, siempre y cuando se quiera cobrar el servicio a posteriori de la votación. Con tanta competencia de papel y de nombres, en las boletas que entreguen los punteros habrá una señal (ortográfica, un punto, una inicial) que las hará diferentes de las depositadas en las escuelas sin riesgo de nulidad. Por lo tanto, quien desee reclamar el pago al concluir los comicios, sólo podrá hacerlo si en el escrutinio aparecen esas mismas boletas marcadas entregadas antes del ingreso.

De ahí entonces que la pretendida modernización de procedimientos y sistemas con la norma utilizada anteayer, la exangüe participación popular y la imposición de candidatos con dudosa legitimidad (votados por menos de 3% del electorado) parecen consolidar un bacheo perpetuo de la democracia argentina. Además, se robusteció el reinado de los aparatos partidarios -y su consecuente dominio espurio para el proceso venidero-, también la invitación para que el Estado juegue un rol más decisivo ya que la situación requiere de una obvia cantera de fondos para intervenir con algún grado de seriedad electoral el próximo 23 de octubre. No son buenas noticias para la ciudadanía (demasiado ajena y quizás irresponsable frente a los menesteres de esta situación), ya que esta suma de nocivos factores justifica, con un mismo patrón de verdad, a quienes presuman del triunfo y a quienes se enorgullezcan con la derrota. Esa ambigüedad no afirma a la República, a menos que se desee la de Cromañón.

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