Fiasco electoral que acerca a la República de Cromañón
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Si hoy los aparatos partidarios son más fuertes que nunca, habrá que imaginar para los próximos comicios un despliegue imponente de dinero para llevar almas a las urnas. Si ya se paga para que asistan a los actos, más generoso será el gasto a la hora de la definición electoral (sobre todo en ciertos distritos). Y para ese momento se habrá aceitado un mecanismo sofisticado de reemplazo a la tradicional argucia conservadora del siglo pasado en el que se tentaba con la alpargata izquierda y, luego del cuarto oscuro, se pagaba con la derecha.
Ahora, con la disparatada multitud de boletas que inundarán los recintos electorales y la enorme cantidad de cargos en disputa, ni siquiera quedará la expectativa que pregonaba el peronismo de las buenas épocas: hacer que la gente vaya enjaulada a votar, pero en la oscuridad pronunciarse por otro que no fuera el benefactor del traslado. Para el 23 de octubre, según se afilan los punteros, no habrá espacio ni para la traición, ya que son infinitas las variantes para justificar el precio y el resultado del producto por el cual se obla. Seguridad de cancerbero, ninguna posibilidad de engaño al aparato: las boletas que se entreguen previamente serán las que deberán depositarse en la urna, siempre y cuando se quiera cobrar el servicio a posteriori de la votación. Con tanta competencia de papel y de nombres, en las boletas que entreguen los punteros habrá una señal (ortográfica, un punto, una inicial) que las hará diferentes de las depositadas en las escuelas sin riesgo de nulidad. Por lo tanto, quien desee reclamar el pago al concluir los comicios, sólo podrá hacerlo si en el escrutinio aparecen esas mismas boletas marcadas entregadas antes del ingreso.
De ahí entonces que la pretendida modernización de procedimientos y sistemas con la norma utilizada anteayer, la exangüe participación popular y la imposición de candidatos con dudosa legitimidad (votados por menos de 3% del electorado) parecen consolidar un bacheo perpetuo de la democracia argentina. Además, se robusteció el reinado de los aparatos partidarios -y su consecuente dominio espurio para el proceso venidero-, también la invitación para que el Estado juegue un rol más decisivo ya que la situación requiere de una obvia cantera de fondos para intervenir con algún grado de seriedad electoral el próximo 23 de octubre. No son buenas noticias para la ciudadanía (demasiado ajena y quizás irresponsable frente a los menesteres de esta situación), ya que esta suma de nocivos factores justifica, con un mismo patrón de verdad, a quienes presuman del triunfo y a quienes se enorgullezcan con la derrota. Esa ambigüedad no afirma a la República, a menos que se desee la de Cromañón.



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