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27 de noviembre 2002 - 00:00

Final abrupto que enoja a duhaldistas

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Creen, con disgusto, que Duhalde no tuvo la paciencia que le reclamaba a la gente, a la que le prometía reactivación en pocos meses y, sin saberlo quizás, un «veranito» económico (por no hablar del dólar quieto y la no alza de la inflación). No pueden entender esto de «nos vamos cuando estamos mejor», hay que emprender la retirada luego de haber pasado lo peor y, casi masoquistas, reconocen que se pierden el gozo que han empezado a experimentar hace 30 o 40 días. De ahí que en la víspera naufragaran algunos intentos para continuar el mandato original presidencial hasta diciembre e, inclusive, hasta la alternativa de reflotar a Duhalde como candidato luego de un nuevo interinato designado por la Asamblea. «Sólo falta que gane Rodríguez Saá y hacemos bingo», lamentaban a coro.

Ignoran o evaden, en cambio, lo que piensa el mandatario, quien dos semanas antes de la muerte de los dos piqueteros en la estación de Avellaneda, el 26 de julio, ya había amagado con anticipar su salida del gobierno. Entonces, con los dos cadáveres a cuestas -y una escena familiar de hondo dolor-, no dudó un instante: juró cumplir lo que ayer se determinó en el Congreso. No fue sencilla la decisión entonces, ya que más de un colaborador (caso Aníbal Fernández) planteaba que las situaciones de crisis se resolvían con mejor gestión y no con la promesa de un mutis apresurado. A los pocos días, sin embargo, Duhalde se agradecía de haber previsto la renuncia: las encuestas empezaron a revelar que había menos tensión y que, inclusive, se despejaba el panorama económico en ese momento complicado. Hoy se ufana de haber procedido con acierto y, en todo caso, acepta que sus tiempos no son los tiempos de quienes lo acompañan.

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