30 de noviembre 2005 - 00:00

Frenan a Moyano: ahora lo hace el Presidente

Néstor Kirchner recibió ayer a los gremialistas Hugo Moyano y a José Luis Lingieri en la Casa Rosada. El camionero también conversó con el jefe de Gabinete, Alberto Fernández.
Néstor Kirchner recibió ayer a los gremialistas Hugo Moyano y a José Luis Lingieri en la Casa Rosada. El camionero también conversó con el jefe de Gabinete, Alberto Fernández.
Estaban orgullosos los sindicalistas de Hugo Moyano. Néstor Kirchner y Alberto Fernández eligieron a la CGT como la primera institución con la cual reunirse después de los cambios en el gabinete y, sobre todo, del reemplazo de Roberto Lavagna. Un orgullo ingenuo: ellos fueron convocados para que, al cabo de la reunión, quede claro que la salida de Lavagna no implica un reblandecimiento del gobierno en la negociación de una agenda frente a la cual el ex ministro se mostró intransigente. En otras palabras: Kirchner y Fernández llamaron a los gremios para que quede claro que les seguirán diciendo que no. «Una señal a los mercados», como se decía en los malditos noventa.

La reunión de los dos hombres más encumbrados del gobierno con el secretariado general de la central obrera cumplió con el objetivo anterior y también con otro, más sutil: demostrarles a algunos periodistas que Kirchner no es incondicional con los gremios y, sobre todo, con el voraz camionero Moyano. Esa impresión formó parte de la estrategia discursiva con que Lavagna se marchó del gobierno, provocando el pedido de renuncia que le formuló el Presidente. ¿Qué mejor que salir expulsado por sindicalistas como Moyano? Casi para un guión de Hollywood.

• Reiteración

Lo cierto es que ayer Fernández recibió a Moyano y al resto del secretariado sindical y les repitió las mismas negativas de Lavagna. Eso sí, cordialmente. Kirchner pasó fugazmente: le dio un beso a cada uno de los visitantes -códigos vandoristas aprendidos en la mesa del ypefiano Armando Mercado- y se marchó al Senado. A propósito de Mercado: el Presidente tenía que asistir a la asunción de la ex esposa de «Bombón», Alicia, su hermana.

Fernández quedó a cargo de la «operación no», que convirtió a la reunión en un fracaso para el aguerrido Moyano:

• Comenzaron por la ampliación del mínimo no imponible para el pago de Ganancias, que impulsa la CGT como una especie de aumento de salarios. Pretenden llevarlo al nivel anterior al «impuestazo» de José Luis Machinea. Fernández les dijo que habría que seguir estudiándolo, que tal vez se pudiera avanzar gradualmente y que, hipotéticamente, habría que introducir una reglamentación en la norma que termine aprobando el Congreso (el jefe de Gabinete negoció este punto, infructuosamente, con el ex duhaldista de José María « Borocotó» Díaz Bancalari). Se concedió, es cierto, que la exagerada presión tributaria sobre ingresos medianos y bajos favorece la informalidad laboral. Pero el remedio llegará más tarde. Si no se le querían restar recursos del Tesoro a Lavagna, menos se los querrán escatimar a Felisa Miceli.

• Los hombres de Moyano, narcotizados por la urbanidad que a veces dispensa Fernández, intentaron embocar otra demanda: la reapertura de ne
gociaciones por el Consejo del Salario Mínimo, Vital y Móvil. Tampoco se llevaron conquista alguna. Sobre esta materia habría que seguir analizando los números, inclusive para el aumento de 50% para las asignaciones familiares, que los sindicalistas esperan de Kirchner desde antes de la campaña electoral. El mismo tratamiento de «rechazo in limine» recibió la pretensión de un aumento para los jubilados.

• Ya que no conseguían nada para sus representados, Moyano y los demás secretarios de la CGT intentaron arrancarle a Fernández algo para ellos mismos. Introdujeron, entonces, la cuestión de la eliminación del impuesto al cheque para las obras sociales. Aquí se aplicó el mismo criterio que con la reducción de Ganancias para los empleados. Con Miceli -es decir, con Kirchner- en el Palacio de Hacienda, la única «caja» que cuenta es la del Tesoro, no la de los gremios. Por lo tanto, las obras sociales tendrán respecto del gravamen que rige a las operaciones de cuenta corriente el mismo trato que el resto de los sectores de la economía.

• El régimen de riesgos del trabajo, cuya regulación Lavagna le quiso arrebatar al ministro Carlos Tomada, fue materia de estudio casi académico. Los sindicalistas se quejaron de que sus organizaciones no tienen representación en las juntas médicas que deciden las jubilaciones por invalidez. A Fernández, que como se sabe es un experto en seguros, le resultó razonable la pretensión. Pero debe seguir bajo análisis, igual que las exigencias de umbrales de seguridad que deben presentar las empresas para contratar con una Administradora de Riesgos del Trabajo.

Cuando salieron de la oficina del jefe de ministros, los hombres de Moyano se miraronentre sí para descubrir que no estaba claro a qué habían ido. Si la ortodoxia era el escudo de Lavagna, ahora es Kirchner quien deberá cuidarse de abrir demasiado la mano. Una consecuencia, seguramente no querida, de la expulsión del ministro. Por eso, con el paso de las horas, los gremialistas advirtieron que se prestaron a una operación por la cual el gobierno le contestaba a Lavagna y le indicaba al resto de la sociedad que la salida del ese economista no era un triunfo del insaciable camionero. No hay que olvidar que el ex ministro de Economía se marchó envuelto en descalificaciones del secretario general de la CGT. Pero ese servicio Moyano deberá «cobrarlo» (tal vez sobren las comillas) en lo de Julio De Vido, su interlocutor habitual. No en lo de Fernández, que jugó ayer el partido como un técnico ortodoxo.

C.P.

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