Ganan críticos de que los curas hagan política
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Jorge Bergoglio
En Buenos Aires se le atribuye al nuncio Adriano Bernardini -es quien gerencia la relación de los obispos con Roma y le notificó la aceptación de la renuncia a Piña- sostener la inconveniencia de que los sacerdotes actúen en política, algo a lo que se ha plegado también el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer. A este obispo, muy distanciado de Bergoglio, se le atribuye haber comentado en reuniones de laicos que no sería posible que ante la falta de laicos que defiendan algunas posiciones de la Iglesia tengan ahora los sacerdotes que hacer militancia partidaria.
La crisis de los partidos políticos, la eficacia del método de cooptación de dirigentes opositores y la intimidación que ejerce la actuación pública de tono agresivo que se practica en la Argentina de los carpetazos y las amenazas, se han reseñado como las razones por las cuales en las listas opositoras de Misiones hay 10 religiosos sobre un total de 35 candidatos a convencionales (tres sacerdotes católicos, uno de ellos el obispo Piña, tres pastores luteranos y cuatro monjas).
El temor de la línea Bernardini-Aguer es que ante ese fenómeno en las elecciones del año que viene se sumen más sacerdotes a las listas de candidatos, con lo que se abriría una caja de Pandora. No todos ellos responderían verticalmente al Episcopado, surgirían líneas de disidencia que Roma logró acallar hace 25 años cuando confrontó lo que se llamó el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. Costó mucho, según esa percepción, hacer volver a los sacerdotes a las parroquias y sacarlos de las unidades básicas, clubes y aun de la insurgencia, algo de lo que hizo Juan Pablo II uno de los ejes de su papado.
Bergoglio ejerce un rol que le permite no explicar por qué hace lo que hace. Su actuación política, aunque niegue tenerla, la percibe el gobierno, que lo elige como adversario. Cuando se le preguntan al Presidente las razones, responde que con eso halaga a un público que sostiene banderas anti-Iglesia (aborto, laicismo, reproches al oscurantismo, etc.) y que apoya al oficialismo.
Eso le ha significado un costo que no elude pagar; más bien redobla la apuesta, como hizo el domingo en la Basílica de Luján y le respondió a Kirchner su frase hiriente de que «algunos sacerdotes necesitan agua bendita». Después de todo es un jesuita, una orden que fue lo más y lo menos en la historia de la Iglesia (sufrió expulsiones y abolición misma de su existencia en el siglo XVIII acusada de disputarle poder al imperio español y al papado mismo). Para ellos la expresión «vox populi, vox dei» no es un refrán, sino una máxima de vida, y en ese dictamen hay que buscar las razones de su confrontación, antes con Aníbal Ibarra -a quien ayudó a mandar a su casa como pocos- y ahora con Kirchner.




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