7 de julio 2006 - 00:00

Gobierno amplía a medios su dura batalla por la ley

Se embarró ayer el gobierno. Por más que en la intimidad se enorgullezca -vana ilusión de los que se autosatisfacen en solitario, cuyo apelativo todos conocen- de que en los próximos días hará ley un proyecto cuestionado en términos institucionales. Quizá la falla mayor, al empantanarse, se descubra en el narcisismo de imponer esa iniciativa personalista por fuerza y sumisión en el Parlamento, al tiempo que intenta vestirla para el resto de la sociedad como el procedimiento más democrático de la historia. Y allí yerra: en los entierros, por lo menos, se debe guardar silencio. Quienes son ciudadanos, finalmente, bien pueden aceptar el laxante en la vidriera, pero se resisten a que los obliguen a consumirlo.

Se desbarrancó entonces por replicar la histérica actitud de un famoso ministro del pasado reciente quien, todas las semanas, confundía a los argentinos jurando que un día lo querían echar del gobierno y, al siguiente, amenazaba con renunciar. Y, quienes son reacios a una conversación siquiera con la prensa (Cristina Fernández de Kirchner), o aquellos que lo hacen sólo cuando se les antoja o los instruyen desde la cúpula o, en ocasiones, cuando se permiten entretenimientos orales y superficiales con periodistas afines (Alberto Fernández, Aníbal Fernández), ayer salieron a fundamentar con escasos sustentos y particular arrogancia los superpoderes mientras se quejaban de que son « censurados» por los medios y que nadie publica in totum sus discursos, pensados según ellos como obras maestras de la cátedra de Friburgo o el «Qué hacer» del marxismo. Como si el abanico audiovisual y escrito de la Argentina debiera ser un boletín oficial o el sector privado una subsidiaria de los intereses partidistas del Estado.

Falta que se diga que esos disolventes o desobedientes del propósito oficial no cumplen con los requerimientos de la Patria, por más que se termine aceptando -como el jefe de Gabineteque este gobierno no hace más que reiterar con los superpoderes, cuando se le acabaron los argumentos, lo que habían ejercitado otras administraciones execradas por ellos mismos con recurrente frecuencia. Ni una distinción cuando desde el Paraíso suelen dictar lecciones sobre un país mejor. Si hasta con doble perversión se sostiene que Raúl Alfonsín había gozado de « poderes extraordinarios» porque presentaba tarde su presupuesto (y, por lo tanto, lo administraba a su arbitrio o como podía), cuando el peronismo de aquellos tiempos se ufanaba de no aprobarle ninguna ley --también por el poder del número-, bloqueaba al gobierno (es cierto, bastante ineficiente) y ahora el mismo partido le imputa autoritarismo porque demoraba las leyes que no le sancionaban. Tamaña construcción como respuesta porque el radical se atrevió a decir que estos superpoderes significan «el fin de la República».

  • Mutación

  • Tan ofensivos se mostraron que hasta aquellos seguidores incautos, con nueva prosperidad laboral en este trienio del periodismo, comenzaron a recogerse en sí mismos y con alguna altura decidieron cambiar los términos del diálogo no sólo en el filo: en las últimas horas, los ministros tratan de vos a sus interlocutores y éstos mutaron para responder o preguntar con el más distante usted. Síntoma de que se cruzó una raya en las formas, aparte de los contenidos, aun con aquellos con salvoconducto para ciertos pasillos de la Rosada.

    Corresponde quizás objetar ambigüedad de la UCR en la oposición legislativa, temores de los varios centros o una sobredosis catastrófica del ARI ante el gobierno. También, sin embargo, se puede arder por el patético felpudismo del oficialista grupo rating del Congreso (los saltimbanquis José María Díaz Bancalari o Jorge Capitanich, entre otros). Pero del Congreso se ha aceptado que en ese círculo cerrado, con baja reputación, puede permitirse y votarse casi todo: el producto en la vidriera. En cambio, con el raid oficialista en los medios para vender como obligación el proyecto, amplificarlo como necesidad y conveniencia, se abrió un radio de acción tan delicado que la prensa hasta comenzó a dudar de esa necesidad y conveniencia. Tribulación que afectó al gobierno, al menos a funcionarios que hasta ahora trataban al periodismo con escasa educación o mínima atención (no a quienes transitan con carnet por sus alfombras rojas, obvio), y al cual ahora agreden endilgándole -con cierta soberbia intelectual-«los periodistas no saben nada» (la primera dama dixit).

  • Uniformidad

    Se expresa, de ese modo, ciertauniformidad de pensamiento señalado por un íntimo del Presidente como Carlos Zannini, el imaginativo de la letra «K» -si domesticó y escrituró la Justicia en su provincia, ¿cómo no podrá hacerlo con los ganapanes de la letra y de la voz?- que considera a la prensa como un virtual partido político, naturalmente opositor, y al cual sin duda se deberá combatir. Reflexiones de un declarado republicano que sólo admite medios monocolores a los que habrán de conducir a un cadalso previsible (como las experiencias de «Democracia, «Convicción», «Tiempo Argentino-»). Sin dar nombres, lo mismo que otros gobiernos. Todo se repite.

    Ese núcleo oficialista hoy parece entornado por la embriaguez de Venezuela, debe considerar como patrimonio nacional que Néstor Kirchner hablara 24 minutos en el Parlamento de ese país, con 22 interrupciones de vítores y ovaciones siempre de pie, batiendo palmas la audiencia legislativa, casi musicalmente como indicaba el jefe de orquesta Hugo Chávez. Nadie ignora que cuando se aplaude mucho, se escucha poco. Y el mandatario venezolano, tal vez previendo ese desliz por él mismo organizado, ordenó sobrevaluar el discurso de su colega con publicaciones obligadas en papel de pergamino, en papel de diario, en todos los diarios del país, en revistas propias, a repartirse la alocución en casetes y CD en colegios y bares, y repetirse cuantas veces fuera necesario por TV y radios propias. Tamaña generosidad y divulgación caribeñas, comprensiblemente, destaca por contraste la reticencia del periodismo argentino de hoy para estampar completos y sin observaciones los mensajes del gobierno local. En esta parte del continente, cuesta más allanarse a esos propósitos montaraces. ¿Será esa falta de ubicuidad periodística lo que enardece a los funcionarios?

    O que un sistema como el de los Estados Unidos, con limitaciones al Ejecutivo y libertades individuales, funciona mejor que otros fundados en la lisonja o el voluntarismo. Basta la coincidencia de esta sucesión de hechos con el esfuerzo de un letrado -militar en actividad, por otra parte-, quien acaba de lograr que el conservador Tribunal Superior de ese país lo condicione a George Bush y le impida sobrepasarse en el juzgamiento del chofer de Bin Laden: demuestra esa medida que el Presidente no está por encima de la ley, que el Congreso no puede someterse a todo lo que desea el Ejecutivo (por el contrario, que lo debe controlar). Lo acotaron a Bush en sus pretendidos superpoderes aun cuando éste arguye emergencias ciertas, la lucha contra el terrorismo, la guerra, el antecedente de las Torres Gemelas. Aun así, lo pararon.

    Tal vez con la ley consagrada, en la Argentina todo pase tan efímeramente como el discurso de Kirchner pronunciado en Venezuela por más ediciones que se distribuyan. Y continúen las anécdotas. Ayer, sin embargo, hubo nerviosismo oficial (un Fernández salió luego del otro Fernández para reforzar lo que al menos no había quedado claro y, por supuesto, quedó menos claro) y advertencias varias de la política y el periodismo sobre posibles excesos. Quizá Kirchner deba revisar lo que ordena a sus adláteres: cerrar los desafueros orales y demandar más consistencia en los argumentos y menos agravios a los que piensan al revés. No suele proceder de ese modo, más bien redobla sus apuestas, pero tanto él como sus colaboradores inmediatos en algún momento recordarán sus orígenes: son abogados, los más aptos para preservar las nociones del Derecho.
  • Dejá tu comentario

    Te puede interesar