Volvió Néstor Kirchner, ayer, a ocuparse del periodismo argentino o de lo que él lee del periodismo argentino (que, por lo visto, es bastante poco entre otras lecturas). Con un estilo socarrón, casi deliberado, se ufanó de otros triunfos pasajeros (como la reforma del Consejo de la Magistratura) y, de paso, se empecinó en castigar a Joaquín Morales Solá de «La Nación» como antes lo había hecho con José Claudio Escribano. En esta ocasión, lo trató de hombre de «derecha», aludiendo a esa calificación como si fuera una categoría criminal y al periodista lo hubiera sorprendido y fotografiado clavando un puñal. Tanto gasto para replicar a una sola persona, de las tantas, que en este país se opusieron a la reforma de su esposa y al concertado asentimiento de una Cámara de Diputados cada vez más sospechosa por su lenidad.
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A más de uno conmueve esta inclinación del Presidente por mezclar cuestiones personales con gente de los medios -a los cuales simultáneamente hace recibir o enviar mensajes-, como si estas opiniones fueran los grandes temas del país.
Lamentablemente, el papel entintado de todos los medios apenas si atiende inquietudes de una parte mínima de la población. Conmueve esta debilidad presidencial porque sobre otros temas, como la instalación de las papeleras, hasta ahora nunca se permitió siquiera una reflexión, palabra o gesto, en esos speechs que ahora se luce con asiduidad, cotidiana y comentadamente, casi plagiando a su par venezolano Hugo Chávez. Al menos en el planeamiento de la difusión oficial. Seguro que la contaminación no es un tema que les debe preocupar a los argentinos, sí en cambio el modo en que ubica las palabras un columnista de diario. Criterios, claro, de alguien que está al frente del Estado.
Mal pensado será quien lucubre en ocultamientos informativoso de pensamiento, en falta de convicción sobre temas clave, a cambio de encandilar con temas perecederos como la mínima duración del diario de un día.
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Ya había empezado Kirchner en la semana con advertencias más amables a periodistas del monopolio «Clarín», a quienes no les imputó condenables perversiones políticas como a Morales Solá cuando, curiosamente, uno de ellos abrevó y compartió el mismo sendero profesional durante décadas, desde que ambos partieron del Tucumán nativo. Si hay una cobertura para desinformar sobre los grandes temas, lo cierto es que sobre los pequeños hechos el mandatario carece de un mínimo de información. Sí, claro, se preocupó por distinguir aversiones con quienes se atrevieron a herir el culto de su personalidad: a «La Nación» y a Morales Solá casi los vituperó, mientras que al monopolio inoculado en su gabinete -¿acaso no hay resoluciones que se toman pensando en lo que pueda opinar el zar de «Clarín»?lo trató 7 veces de « prestigioso» aunque lo acusaba de haber mentido en 4 oportunidades distintas. Criterio santacruceño sobre el periodismo, necesidad también de enaltecer en la crítica a quien de un modo u otro se comunica todos los días.
Se vendrá posiblemente sobre Kirchner ahora un alud de críticas de organizaciones y sellos vinculados a la libre expresión. Juego casi planificado, un entretenimiento sobre ejercicios y libertades en el cual el Presidente disfruta casi tanto como quebrar a diputados e intendentes opositores. Reminiscencias de cierta cultura peronista que, en esta práctica, también apaña el no tratamiento de otros temas más graves como la contaminación en el Litoral o la inflación. A menos que se termine creyendo, como el gobierno, que la inflación es la suba o no del precio de la manteca en el supermercado.
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