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Tal vez la admonición de Alfonsín haya servido de poco. No sólo porque el trámite sigue su curso, aun cuando se presentaba difícil para el PJ y los disidentes de la UCR conseguir el número necesario para que sesione la cámara que debe acusar a Montiel (se requiere un quórum de 3/ 4 del cuerpo). También puede haber sido innecesaria la amenaza porque hay muchos peronistas, entre los que está incluido Busti, que están esperando con ansiedad la hora en que don Raúl y los suyos se alejen del oficialismo. Como Diego Ibáñez con los Alsogaray, esos hombres del gobierno se preguntan de Alfonsín, Leopoldo Moreau, Federico Storani y sus adeptos: «¿Se piensan quedar a vivir?».
La peripecia entrerriana encierra, además de este juego de alcance nacional, una cantidad de paradojas, desencuentros y venganzas de las que ponen sal a la política. Ya la relación Alfonsín-Busti presenta ese condimento. En el radicalismo le atribuyen al ex presidente haber vetado el nombre del entrerriano como ministro del Interior cuando Duhalde se lo propuso. Utilizó argumentos provenientes de Montiel, quien con el paso de los años se ha vuelto un sabueso maníaco: vive investigando sobre el movimiento de fondos de una empresa de transportes que se ha convertido en la más acaudalada del litoral y también sobre la concesión del hotel Mayorazgo, que en su letra chica incluía también la de todo el juego provincial. Para el gobernador acorralado, todos los caminos conducen a Busti. Y lo convenció a Alfonsín con su tesis.
Hubiera sido imposible, hace unos años, suponer queAlfonsín defendería a Montiel delante de Busti (lo hizo también con José Luis Gioja, el jefe del bloque de senadores del PJ). En 1994, el ex presidente mandó la intervención al radicalismo de Entre Ríos por su negativa a acatar el pacto de Olivos suscripto con Carlos Menem. Enfurecido, Alfonsín sólo se detuvo ante Fernando de la Rúa, que comandaba el partido en la Capital y que tampoco quiso convalidar la maniobra. El interventor de la UCR entrerriana fue Alberto Ferrari Echeverry, quien al dejar el comité local y ser interrogado sobre «qué sintió allí adentro», contestó a la prensa: «Mucho olor a vino».
Los entrerrianos de Montiel no se olvidan de esas ofensas, que aprovechó tanto Fernando de la Rúa en la interna partidaria. El vínculo antialfonsinista se mantuvo entre estos dos profesores de Derecho, tanto que ayer salieron en su defensa varios convencionales radicales vinculados al delarruismo. En una declaración de la convención nacional aparece, en defensa de Montiel, Guillermo Moreno Hueyo, el defensor de De la Rúa ante la inquisición partidaria. Vale la pena citar brevemente esa declaración, que alerta sobre la posibilidad de «una nueva dictadura» que se establecería tras la consigna: «Que se vayan todos» (pequeño giro en la vida de Montiel, a quien siempre se le recordó en la UCR su permanencia en la cátedra universitaria durante el gobierno militar de 1976, así como la defensa que hizo su padre militar del régimen de José Félix Uriburu, entregando su vida a manos del yrigoyenista Gregorio Pomar durante la contrarrevolución de 1931 en Entre Ríos).
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