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9 de noviembre 2007 - 00:00

Homenaje a asilados por golpe del 73

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Aprovechando su presencia en Santiago de Chile por la Cumbre, la presidente Electa, Cristina de Kirchner, descubrió en la sede de la embajada argentina una placa de homenaje a los asilados que colmaron durante meses sus instalaciones buscando protección después del 11 de setiembre de 1973, cuando se produjo la dramática caída del presidente chileno Salvador Allende por el golpe de Estado que dio nacimiento a la ominosa y sangrienta dictadura del general Pinochet.

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Frente a tal hecho, la embajada de nuestro país comenzó de inmediato a cumplir con las tradicionales y humanitarias normas del Derecho de Asilo, gracias a las cuales al mes ya se habían refugiado en su sede de la avenida Vicuña Mackenna más de cuatrocientas personas de un total final de 800.

Me tocó en suerte estar a cargo de dicha gestión con la sola colaboración del entonces cónsul general en Santiago y de un secretario de embajada. Así, de muy diferentes maneras fueron ingresando chilenos y latinoamericanos, no porque se tratase necesariamente -en todos los casos- de militantes socialistas o comunistas, ya que para los latinoamericanos, bastaba el solo hecho de vivir en el Chile de Salvador Allende para ser sospechosos de sustentar esas ideologías. La represión era tan intensa y extensa, que el temor a perder la libertad o la vida no era mera fantasía sino una cruel y segura realidad. A esta situación se le agregaba una circunstancia muy agravante, ya que en el caso de muchos latinoamericanos que estuviesen ocupando casas o departamentos alquilados a precios congelados, ocurría que eran denunciados por inescrupulosos propietarios, como militantes de izquierda, con lo cual lograban su rápido desalojo para ser llevados detenidos al Estadio, si no habían logrado abandonar antes sus viviendas por algún providencial aviso.

La labor dentro de la Embajada -que era muy intensa y realmente penosa- nos ocupaba desde la finalización del toque de queda a las seis de la mañana hasta su comienzo a las seis de la tarde. También se prolongaba después de esa hora porque los teléfonos privados no dejaban de repicar hasta la medianoche pidiendo ayuda. Lograr que los que intentaban refugio pudieran traspasar los portones de Vicuña Mackenna era siempre una tarea de engorrosa negociación sometida al humor o a las órdenes que hubieran recibidos los carabineros, soldados u oficiales que custodiaban el lugar. Algunos lograban ingresar al Consulado simulando la necesidad de una gestión administrativa, para ya no volver a salir de allí, y, en cambio, ingresar al jardín de la embajada por una puerta trasera, ya que los dos edificios eran colindantes. Otros pocos lograban también su ingreso saltando con mucho riesgo por uno de los paredones. Una vez dentro de la embajada, les tomábamos declaración para que expresaran, luego de darnos sus datos personales, los motivos que los había ninducido a refugiarse, obviamente vinculados al temor de perder la libertad o la vida, y luego enviábamos esos informes a nuestra Cancillería en Buenos Aires aconsejando el otorgamiento del asilo, fundado siempre en las válidas razones expuestas. Pero debe comprenderse también que llegar a mantener cientos de personas por días y semanas en un ámbito sólo razonable para una recepción de dos o tres horas, y no precisamente en circunstancias de júbilo, constituía una situación que se iba haciendo día a día más sofocante y dramática, debido a los temores, a las pérdidas de bienes sufridas, a la no saludable e inevitable promiscuidad, a la legítima ansiedad y angustia de ignorar cuál sería su futuro y en qué podría terminar toda esa historia. Si a ello agregamos la presencia de mujeres embarazadas y la circunstancia de general desabastecimiento que reinaba en Chile, es de imaginarse las enormes dificultades que debíamos encarar, cumpliendo un papel extra de cuasi terapeutas, realmente ajeno a nuestra profesión. Por supuesto, debimos crear comisiones internas de trabajo constituidas por los propios refugiados y alojar a las mujeres embarazadas o con niños pequeños en un sector anexo, pero no logramos que nuestro gobierno nos autorizara a alquilar un nuevo ámbito para disponer para todos de mayores comodidades e higiene. Porque las cosas habían cambiado en nuestro país, y ya se sentía durante el interinato de Raúl Lastiri la mala disposición y la dura presión del canciller Alberto Vignes y de López Rega, influenciados por la opinión contraria a nuestra labor humanitaria por parte de nuestros propios agregados militares, que oportunamente informaron que yo había transformado la embajada en «una sucursal del Kremlin», disparate conceptual histórico-político que no merece siquiera el intento de una refutación. A tanto llegó la presión, que poco después de un mes, nuestra Cancillería dispuso que junto a mis dos colegas abandonara el territorio de Chile en 24 horas, siendo trasladados a Buenos Aires sin explicación alguna, y sin que hubiese mediado en tal decisión intervención por parte de la Junta Militar chilena. Dos meses después, el 1 de enero de 1974, yo era cesanteado y pasarían diez años hasta mi reincorporación, ya en democracia, por Ley del Congreso.

(*) Embajador en Chile durante el derrocamiento de Salvador Allende.

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