Por mucho menos de lo que dijo Roger Noriega, el canciller Rafael Bielsa ni se escandalizó. A veces, claro, no se entiende su estado de ánimo. Porque si el canciller --pegado hoy a Néstor Kirchner en China-se « hartó» por declaraciones del secretario de Asuntos Latinoamericanos referidas a una inquietud norteamericana sobre la influencia piquetera en la Argentina (movimiento al que consideran antidemocrático), nada comentó en cambio cuando el embajador británico, sir Robin Christopher, se despachó contra el gobierno afirmando que Londres estaba decepcionado con Kirchner por la forma en que manejaba la cuestión Malvinas y la postergación de los problemas económicos (léase, negociación por la deuda).
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Obvio, Gran Bretaña vale menos que los Estados Unidos, al menos para la sensibilidad de Bielsa. También es distinto el momento: la ocurrencia de Noriega llegó justo cuando la administración perdió el rumbo ante los piqueteros propios (toma y destrozos de la Comisaría 24ª), y esa pifia ocupó todos los espacios periodísticos opacando el viaje presidencial al Oriente. Por lo tanto, al mejor estilo de gobierno, se recupera el vacío perdido en los medios desatando los sentimientos ya conocidos contra el gobierno de EE.UU. (hoy, por otra parte, para nada halagado por su intervención en Irak).
Nadie, igual, debe equivocarse. A Kirchner, como él ya lo confesó, hay que leerlo por lo que hace, no por lo que dice (instrucción que también le cabe a Bielsa). O sea, que no se moverá un ápice del envío de tropas a Haití ni otras cuestiones de Estado solicitadas por los Estados Unidos (en materia de seguridad regional), mientras que a su vez EE.UU. -a pesar del tono despectivo de su embajador Lino Gutiérrez («no tenemos por qué pedir disculpas, ni las hemos pedido»)- tampoco variará por el momento su respaldo a la Argentina en el Fondo Monetario Internacional, a pesar de que otros países del G-7 demandan oposición. Más, ayer mismo, votó a favor del país en el Banco Mundial, pese a la opinión adversa de Alemania y de Japón.
Por lo tanto, humo para la tribuna, aunque la acumulación de frases irritantes tarde o temprano deja un residuo lamentable. Porque en ocasiones, vengan de quien vengan, algunas observaciones ciertas (Estados Unidos) no se ocultan con gritos destemplados, mientras que otras provocaciones agresivas (Gran Bretaña) merecían al menos una respuesta diplomática. Caso contrario, habrá que pensar en una política exterior oportunista o, como aconseja el ministro Aníbal Fernández, la metodología del silencio bonaerense. «No hablen de los problemas argentinos porque nosotros no hablamos de Irak.» O sea, no nos tiren carpetas, así nosotros no les tiramos carpetas.
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