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12 de febrero 2002 - 00:00

Inesperado: CGT también rompe con Duhalde y pide "salariazo"

No se esperaba que la carrera entre precios y salarios comenzara tan temprano. Pero la CGT dialoguista decidió ayer reclamarle al gobierno un aumento generalizado de salarios de 40%. También la suspensión del recorte de 13% en las jubilaciones y que el que se aplicó sobre los salarios públicos rija sólo para remuneraciones superiores a $ 1.000. Los gremialistas conocidos como "gordos" piensan, además, convocar a una asamblea para disponer medidas de fuerza contra el Presidente. Paradoja la de Duhalde: los inversores lo recelan por populista, pero tampoco los trabajadores lo aprecian.

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Eduardo Duhalde se está por convertir en un caso raro de analizar: un populista al que los gremios tradicionales no quieren cerca

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Esta batería de protestas y obstrucciones se diagramaron en torno a la mesa que ocupaban ayer, en la sede de la Avenida de Mayo, Armando Cavalieri, Gerardo Martínez, Diógenes Salazar, José Pedraza, José Luis Lingeri, Reinaldo Hermoso y el jefe de la CGT Rodolfo Daer. También estaban los principales asesores laborales del grupo: Noemí Rial, Julio Aren, Jorge Tomassone, Mario Sáenz y la diputada Graciela Camaño, quien constituye con Barrionuevo un matrimonio «bicameral», como se bromeaba ayer entre los «gordos» (él es senador y ella diputada).

El motivo del encuentro había sido la revisión del articulado de la Ley de Reforma Laboral que se sancionó durante la gestión De la Rúa-Alberto Flamarique y que ganó fama por las denuncias de sobornos. El texto se tratará mañana en la Comisión de Trabajo y Previsión Social del Senado que preside Barrionuevo y es probable que se deroguen todos los artículos que los gremialistas consideran agresivos, sobre todo los que prevén algún tipo de descentralización en la negociación de los convenios.



Parecían macroeconomistas estos jerarcas de sindicato, hasta que Daer «mostró la hilacha» de sus preocupaciones más severas: «Acá hubo una fiesta a la que no nos invitaron. Además el sistema de salud está quebrado, a las obras sociales nadie les quiere licuar una moneda, la Superintendencia de Salud nos debe 200 millones y los bonos que nos dieron no sirven ni para pagar impuestos nacionales».

Resultaba increíble ayer la irritación de los capitostes de la CGT, en general componedores, sobre todo si se la compara con la mansedumbre de Hugo Moyano: al otrora implacable camionero le sedaron los nervios y todos lo atribuyen a que le concedieron la Secretaría de Transporte para uno de sus hombres, Guillermo López del Punta (se hizo famoso en la Bicameral de Privatizaciones del Congreso por el transporte de caudales, especialidad que lo habría habilitado para su nueva función).

La furia desencadenada ayer por los sindicalistas sorprende y abre una incógnita sobre el duhaldismo: nadie sabe allí si no es anticipatoria de una crisis más general del PJ con el gobierno. Hubo ya otras señales de disidencia: las dificultades para cerrar el presupuesto, las críticas de José Manuel de la Sota a la devaluación, la sublevación de legisladores por la eliminación de la promoción industrial. Sin embargo ayer el enojo de los «gordos» parecía limitarse a los intereses gremiales, sobre todo los de las «cajas», las obras sociales.

Es cierto que la relación de Duhalde con esta CGT nunca fue aceptable. En plena campaña presidencial de 1999 los sindicalistas tradicionales lo desairaron apoyando a Antonio Cafiero en la interna bonaerense -pidieron la cabeza de Carlos Ruckauf como candidato a gobernador-y realizando señales amistosas y reuniones secretas en favor de De la Rúa. Más aún, durante el gobierno del radical los gremios dialoguistas jamás cortaron el diálogo, algo que recordaron ayer: «Al final, comimos cuarenta veces con el 'Vikingo' (Chrystian) Colombo y no nos sirvió de nada» lamentó Cavalieri.

Ya en el gobierno, los encuentros fueron esporádicos y hubo gestos adversos. Por ejemplo, la citación a Patricia Bullrich para que asumiera alguna responsabilidad en el área social. Si los gremios lo evitaron fue gracias a la complicidad de José Pampuro, el secretario privado del Presidente, que les avisó y de ese modo les permitió amenazar con una guerra declarada. No debería extrañar que ahora, en medio de esta nueva batalla, Duhalde vuelva a pensar en la ex ministra de Trabajo que tanto los enfrentó. Por lo menos ayer se hablaba en la Casa de Gobierno de la posible designación de una mujer en el área de Acción Social.

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