Preocupado por el estallido de violencia entre piqueteros ocurrido el pasado viernes en Tucumán, que empañó los festejos por el Día de la Independencia, Néstor Kirchner pidió a su próximo anfitrión, el mendocino Julio Cobos, que extreme la seguridad para evitar una escena similar mañana en su visita oficial. No hacía falta. A los gobernadores les preocupa que la inter-na piquetera tenga ahora expresiones en sus respectivos distritos y no saben si deben apreciar las visitas presidenciales por las obras públicas y fondos que conllevan o si deben temerlas por la amenaza de incidentes. En las provincias vieron cumplido, en el caso Tucumán, el temor de que la violencia pique-tera se extienda al interior. Ahora nadie puede asegurarles que la cuestión no se sume a la ya delicada situación por las protestas de estatales, que piden los mismos aumentos que Kirchner otorgó en el nivel nacional.
Los dos tropiezos -uno político; el otro logístico o de previsión estratégica-impidieron que se revele una tercera falla: el Presidente, que confía en su buena estrella, en que la multitud lo venera,
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