10 de abril 2003 - 00:00

Interna episcopal volteó al nuncio

"Cacho le podría haber evitado el papelón", comentó un diplomático, en Roma, antes de que Eduardo Duhalde dejara el Palazzo Apostòlico, después de ver al Santo Padre. El funcionario se refería a una minucia, como suelen hacer los hombres de la Cancillería, demorados siempre en cuestiones accidentales: el Presidente le agradeció al Papa la cooperación de la Iglesia en el «Diálogo Argentino» exactamente en el momento en que desde Roma se guillotinaba a Santos Abril y Castelló, el nuncio apostólico, inspirador principal de esa operación política. Abril y Castelló debe abandonar la mansión de Alvear y Montevideo antes del 5 de mayo y su próximo destino es Bosnia. «Impecable del golpe bonaerense», remató el diplomático, detallista pero bien informado.

Esteban Caselli estaba al tanto de la defenestración porque la impulsaron dos de sus amigos: Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, y Rubén Di Monte, arzobispo de Mercedes-Luján. A los dos Abril les había querido recortar las alas designándoles un obispo coadjutor, es decir, no un «auxiliar» sino un par que cogobierna con el titular de la diócesis. No lo consiguió.

• Golpe de timón

Si se examina la política del nuncio durante su estadía porteña se advertirá que quiso dar un golpe de timón demasiado osado, si se tiene en cuenta que el Episcopado nacional está atravesado por internas despiadadas, como todas las instituciones del país. Abril se respaldó en el denominado «eje San Isidro-Morón», es decir, en el bloque que conducen Justo Laguna y Jorge Casaretto. Fue desde allí que se alentó la creación de una mesa de concertación combinada con el matrimonio Duhalde. La gestión se concretó en una foto impagable para la pareja gobernante: en el patio de Santa Catalina de Siena, reducto de otro integrante de esa corriente filo-lileberal, el sacerdote Rafael Brown, el Presidente pudo mostrarse con encumbrados obispos que reconocían a su gobierno y se involucraban con él como si hubiera nacido de las urnas. El nuncio estaba detrás de ellos, moviendo los hilos y lavando la cara de una gestión que para otro sector de la Curia era vista como hija de un golpe blanco.

Había comprado un problema demasiado arduo Abril y Castelló. Alentó a un sector y atrajo hacia sí el malestar de los excluidos. Nada menos que Jorge Bergoglio, cardenal primado que en más de una reunión se quejó (en una oportunidad fue almorzando con Casaretto y testigos, en un country de Villa Rosa) de que la «Santa Madre» hubiera quedado asociada al duhaldismo. Bergoglio es cardenal y «papàbile». Desde otro ángulo, también Raúl Primatesta disparó contra la operación que cubría el Nuncio: no sólo desautorizó el compromiso del episcopado con una facción, además pasó la cuenta por los ataques de Casaretto y Laguna a su ahijado Guillermo García Caliendo. Primatesta estará jubilado pero sigue calzando el solideo púrpura, es decir, es también «príncipe». Tal vez, en alguno de sus viajes a Córdoba hubiera sido oportuna una visita de Castelló al cardenal.

Mientras estos nubarrones se cernían sobre Abril y Castelló, él ganó notoriedad con sus berrinches contra un hotel que se pensaba construir al lado de su residencia. Fue lo más destacado de su gestión, episodio en el que recibió el respaldo del Vaticano. A punto tal que el propio cardenal Angelo Sodano, que ahora lo traslada, le pidió al gobierno argentino que haga la vista gorda ante pronunciamientos del gobierno anterior autorizando la construcción del edificio. «El derecho es un acordeón», sentenció Sodano, lo más parecido a un peronista que se puede encontrar en la Santa Sede (nada contra los peronistas, vale aclarar).

Mientras peleaba por la intimidad de su jardín, otros serruchaban su piso y Abril debe ahora salir de Buenos Aires sin resolver un par de problemas delicados. Uno de ellos es la feroz disputa interna entre obispos, que se verificó en la caída de Fernando Storni (arzobispo de Santa Fe), envuelto en acusaciones de pederastía, y en la poco saludable exhibición a la que es sometido el diocesano de Santiago del Estero, Juan Carlos Maccarone. Maccarone es uno de los que escoltaban a Duhalde en el patio de «Rafi» Brown pero ahora los amigos de Di Monte comenzaron a recordarlo por episodios menos edificantes, un par de acusaciones similares a las que pesaron sobre Storni pero, en este caso, levantadas en Chascomús. El caso «Verbo Divino» de Mendoza fue otra derrota que merecería más detalles.

«El que saca no pone» suedecir un viejo dicho de la lógica política y por eso es una incógnita la sucesión del representante del Papa en la Argentina. Duhalde no tuvo ocasión de indagar a Juan Pablo II sobre el tema sencillamente porque no conocía el interrogante. Se habrá enterado de todo en Madrid, posiblemente, cuando ya no tenía oportunidad para corregir su «gaffe» de agradecer algo que en el Vaticano fue, en rigor, condenado. Descuidos de Caselli, quien tampoco le leyó el manual de estilo en otro punto: queda mal salir de las estancias del Santo Padre y, en vez de sembrar concordia, hacer declaraciones odiosas en contra de un adversario, como hizo el Presidente el lunes. Aunque el destinatario fuera Carlos Menem, quizá el secretario de Culto debería haberlo evitado.

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