Que el último golpe de Estado cumpla medio siglo puede provocar distancia a una realidad inevitablemente presente: quienes fueron las víctimas directas de las detenciones arbitrarias y las torturas en el encierro continúan activos en la vida cultural y política de nuestro país. Algunos incluso con un rol dirigencial, como Jorge Taiana, quien luego de tener distintas funciones en el Poder Ejecutivo fue electo en 2025 como diputado nacional.
Jorge Taiana, sobre sus años detenido en la dictadura: "Quebraron las bases de una Argentina posible"
Con pasado como canciller argentino y ministro de Defensa, el actual diputado nacional relató para Ámbito algunos de los detalles de su siete años de detención durante la última dictadura militar.
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Jorge Taiana fue detenido en 1975 por la Triple A y salió de prisión en 1982.
El caso de Taiana es emblemático y, al mismo tiempo, recurrente en los que engrosaron la lista de detenidos de la época represiva en la Argentina, que inició antes de 1976 por la operatividad de la Triple A y superó la cifra de 30.000 en cantidad de detenidos. Arresto sin juicio, aislamiento, persecución -y hasta asesinatos- de familiares, golpizas y confiscación de bienes: el actual diputado atravesó el ciclo de violencia y amedrentamiento que el terrorismo de Estado tenía diseñado para sus antagonistas políticos.
Él se convirtió en objetivo por su militancia en la Juventud Peronista y fue detenido en 1975, aunque lo “legalizaron” (pasó de la clandestinidad a una cárcel común) y fue trasladado por cinco unidades penitenciarias hasta que le concedieron un régimen de “libertad vigilada” en 1982. En el medio, conoció el “Pabellón de la Muerte” en la ciudad de La Plata y trabajó -en silencio y con la ayuda de su madre, Matilde Puebla- en el contacto con organismos de derechos humanos para denunciar los asesinatos a sus pares. De hecho, se reunió en el penal de Rawson con la primera comitiva de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que llegó al país, en 1979. “Eran tres personas y nos reunimos en el patio, donde habían puesto unas mesas de metal con cuatro sillas”, relató para Ámbito.
Cuando lo detuvieron ilegalmente, Taiana tenía 25 años. Volvió a su hogar a los 32 años, con 25 kilos menos y con la pérdida de familiares y amigos. En conversación con este medio, dio algunos detalles de ese período.
Periodista (P.): Usted es detenido en 1975, antes del golpe. ¿Se postergó mucho internamente la discusión de la violencia desde el Estado en ese momento?
Jorge Taiana (J.T.): Era un clima político muy especial, obviamente. Hay un deterioro del Gobierno fuerte que se acelera mucho con la muerte de Perón y llevó a que se cometieran una serie de crímenes políticos. Mi papá (Nota de autor: homónimo, fue médico personal de Perón y ministro de Educación en 1973) estaba en la primera lista de 10 personas que iban a matar desde la Triple A. Ese accionar del ministro López Rega era apoyado por los grandes diarios y se fue generando un espacio de legitimación de la represión con parte del Gobierno.
P.: Después de la detención, es blanqueado y pasa por distintas unidades donde transita años con otros presos políticos. ¿Ya se hablaba de una recuperación de la democracia o la militancia en ese contexto?
J.T.: Lo que teníamos que hacer era tratar de que no nos mataran. Los primeros meses después del golpe empezamos a darnos cuenta que empezaron a matar presos incluso en las unidades penitenciarias. El caso más notable fue en cárceles de Córdoba (Nota de autor: Unidad 1 del Servicio Penitenciario Provincial), donde mataron 29 presos, entre ellos al padre del actual juez federal que acaba de identificar 12 cadáveres en La Perla, Miguel Hugo Vaca Narvaja.
Los desaparecidos llegaban a las cárceles cada tanto. Llegaban con la marca de la venda en la nariz, todos tenían una infección o una cicatriz porque los tenían vendados 30 o 40 días sin lavarse. Eso ocurrió hasta julio de 1976 y después se cortó; evidentemente hasta ese momento no estaba muy claro qué iba a pasar con las personas que se detenían masivamente. Ahí empezamos a darnos cuenta de que había riesgo y empezaron las matanzas.
Ahí empezamos a poner en marcha la primera campaña internacional porque nos dimos cuenta que nuestra vida iba a estar en peligro. Hablamos con nuestros familiares, que en mi caso era mi mamá, y contactábamos a quienes podíamos y a donde teníamos las direcciones. Yo puedo decir de memoria dónde está la Unesco. Después les escribíamos a algunos escritores, a dirigentes políticos, a movimientos de derechos humanos. Incluso Amnistía Internacional, que era la más importante, logró la libertad de varios presos que no tenían causa alguna a fines de 1976, entre ellos Juan Méndez, mi abogado.
Mandamos cartas a actores, actrices y hasta al Papa. Uno decidió mandarle una carta a Jane Fonda, que era de tomar causas de este estilo. En la cárcel de Devoto nos comunicábamos por una forma un poco primitiva: por el tubo de la cloaca. La vacíabamos y hablábamos; también mandábamos cartas. Éramos como 40 que estábamos conectados ahí los cincos pisos. Había que hacerlo de noche. De repente, hablando de esto de Jane Fonda, aparece Dardo Cabo (Nota de autor: reconocido militante peronista y preso político) y dice: “Mandémosle a Brigitte Bardot”. Todos nos quedamos en silencio. “Pero, Dardo… Bardot se ocupa de las focas y esas cosas”. “Sí, pero a mí me gusta. Así que si vamos a mandar, mandémosle también a ella”, respondió. “Se volvió loco”, pensé. Nos reímos.
A comienzos de 1977 yo ya estaba en La Plata y se producen una serie de cambios. Un grupo vamos a lo que se denominó el “Pabellón de la Muerte”. Toda la cárcel estaba llena y nosotros éramos 14. De esos 14, mataron a cinco en tres tandas. Estábamos ahí para que nos mataran o para utilizarnos como un elemento de disciplinamiento. Ahí mataron a Dardo Cabo, Roberto Pirles, Ángel Georgiadis y Horacio Rapaport en enero de 1977 y a Julio Ramírez Domínguez en 1978. Fue una época muy complicada, porque casi todas las semanas, después de las visitas, alguien volvía diciendo me mataron a tal persona o a tal otra. La sobrellevamos básicamente por la solidaridad entre nosotros y por el apoyo de los familiares. Hubo gente que la pasó peor, así que tampoco hay que tener el monopolio de la victimización y del dolor.
P.: Finalmente, en 1982 ingresa en un régimen de libertad vigilada, un régimen que ahora podríamos encontrar similitudes con la domiciliaria. ¿En ese mismo momento ya retoma la actividad política? Porque se incorpora en esos años al equipo de Adolfo Pérez Esquivel, que ya había ganado el Nobel de la Paz.
J.T.: Yo podía salir, lo que tenía que hacer era presentarme dos veces por semana en la comisaría 19. Yo volví a mi domicilio, me encontré con mi familia y con mis chicos, y tenía que conseguir trabajo. Y conseguí: me ofreció Adolfo trabajar de coordinador del Centro de Estudios Sociales del Servicio Paz y Justicia (SERPAJ). Fui ahí y empecé también a reconstruir una práctica más social. Hicimos lo poco que podíamos hacer, pero hacíamos.
Pensar la dictadura 50 años después del Golpe
P.: Usted integraba la Juventud Peronista en los ‘70 y en la última campaña seguro se vinculó con mucha militancia actual e incluso cuando va al Congreso se puede cruzar con la militancia libertaria. Seguro que hay muchas diferencias entre esas juventudes pero, ¿encuentra puntos en común?
J.T.: Me parece que el que es distinto es el país y el mundo y allí aparecen más las diferencias que las similitudes. Y también es importante pensar, ¿qué cambió la dictadura en la Argentina? Hay una cosa obvia, que es la idea de crear una democracia que respete la vida y la libertad de las personas como reacción a todas las violaciones, terminando con un ciclo de conflicto civil que había iniciado en 1955 con los bombardeos a Plaza de Mayo.
Pero a mí me parece que lo central de los 50 años de la dictadura es cómo la dictadura sí cambió a la Argentina de una manera más definitiva de lo que quizás pensábamos durante buena parte de la recuperación democrática, porque terminó con muchas posibilidades de desarrollo económico. Todo eso se quebró sobre todo a través del endeudamiento y a partir de la política que diseñó Martínez de Hoz, que generó una apertura económica y la destrucción de la industria. Así quebraron las bases de una Argentina posible.
P.: Me quedo con esa última frase y vuelvo a la imagen de la campaña, donde usted tuvo contacto con militantes jóvenes con los que seguramente se habrá sentido espejado recordando su experiencia. ¿Cuál cree qué es la Argentina posible que piensan ellos?
J.T.: Me parece que existe una menor formación histórica que en los años 60 y 70. Había muchísimas discusiones, se descubrían y redescubrían, se condenaban y se alzaban santos y demonios de todo tipo. La historia era un elemento muy importante como configurador del presente y como perspectiva de futuro. Ese es un tema que ha cambiado muchísimo porque uno ve que la realidad de los jóvenes es una especie de presente continuo y entonces no hay tanto pasado ni hay tanta construcción de perspectiva de futuro.
Al mismo tiempo, hay una reacción o una crítica severa al resultado de los 42 años de democracia. Es así que aparece un presidente que dice que está en contra de la democracia, habla de espaldas al Congreso cuando asume y hace una militancia en contra de la diversidad de opiniones.
P.: En simultáneo, es el periodo más largo de democracia que hemos transitado. ¿La actualidad habla de una democracia inmadura todavía?
J.T.: En términos de democracia, creo que si se hace un balance, está en retroceso. Me parece que la calidad institucional de la democracia en la Argentina no tiene la profundidad que podría tener en otros países. Sin embargo, hay que reconocer que superó crisis difíciles, como la semana de los cuatro presidentes o los intentos de golpes de Estado desde 1983. La democracia argentina ha sobrevivido a eso y ha tenido fortaleza. Ha sido capaz de juzgar a los crímenes de lesa humanidad de la dictadura en tribunales ordinarios, cosa que no se ha dado en muchas partes del mundo. Eso es un mérito de los argentinos y una particularidad.
De todas maneras, más allá de esos méritos importantes, me parece claro que al menos con el advenimiento de Milei hay un retroceso y un deterioro en la calidad democrática. En el Poder Ejecutivo es notable y yo veo una tendencia autoritaria que se expresa en los insultos, en las descalificaciones internacionales y en que el Presidente se atribuye que va a meter preso a tal. Se bajó el nivel de debate democrático. Hay un Poder Judicial que se está mostrando cada vez más subordinado al poder económico y político tradicional. Y hay un Poder Legislativo en donde parece que las luchas de ideas tienden a subordinarse a un cierto nivel de cooptación.
P.: Y en cuanto a su rol actual como diputado, observando la composición del Congreso, ¿qué rol puede tomar el bloque para políticas de memoria?
J.T.: Nosotros tenemos una tarea muy compleja por delante, porque perdimos las elecciones contra un outsider. Al mismo tiempo que se hace una revisión crítica, tiene que haber un proceso de reconstrucción de una propuesta de mayoría. Eso no se logra construir porque se pongan de acuerdo tres, cuatro o cinco dirigentes, sino porque volvamos a recuperar una escucha con los sectores que producen y lo que más sufren. En fin, hay un debate que hay que dar.
Uno de los problemas quizás más serios que tenemos, no en el bloque sino en la acción legislativa, es que el Gobierno nacional claramente no quiere que se debata en el Congreso. Por eso cuando va el Presidente insulta y provoca no es un acto de enojo, sino que es una forma de evaluar el espacio legislativo. Creo que esa es una tarea que nosotros tenemos que ser capaces de dar vuelta: hay que volver al debate, a construir proyectos que vayan más allá de una alianza y que tengan un apoyo de los sectores sociales de la Argentina.
Cuando hablamos del Congreso, también hay que decir una cosa. Hay muchas leyes en la Argentina, pero entre la dictadura y los 42 años que pasaron de democracia hay dos que no se tocaron: la Ley de Inversiones Extranjeras y la Ley del Sistema Financiero. Algo habla en esa continuidad.




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