Ministre "se busca"

Política

Alberto F. reconoció que existe una nueva etapa y se frenó al mencionar que eso requiere un perfil distinto. Sin embargo, no dijo cuál. ¿Será aguerrido y confrontador? O por el contrario, un ministro con la bandera blanca tatuada.

Fuera de la peculiar manera de comunicarlo, inaugurando la categoría de exministra en funciones hasta que se sepa con quien reemplazarla, el caso de Marcela Losardo nada tiene que ver con el lamento del Gobierno sobre su relación con la Justicia. Su último acto antes de que se confirmara su renuncia fue tomarle juramento el lunes a Sonia Álvarez como subdirectora Nacional del SPF. La misma funcionaria que declaro ante la Bicameral de Inteligencia no haber sabido nada del cableado en Ezeiza que ocurría a su alrededor mientras ella era la jefa del penal, y por la que cayó “casi” toda la estructura designada por el macrismo. La disociación entre lo que el Gobierno dice querer hacer y lo que hace es muy grande. El Presidente afianza el discurso de consenso, incluso con la justicia que debería “revisar” su proceder al calor de la mesa judicial. Pero dejará ir a la ministra de más bajo perfil y mayores lazos con el establishment judicial (que no coincide necesariamente con lo que el kirchnerismo denomina Lawfare). La autoridad de la ministra se diluyó aquel día en que el gobierno avanzó con la reforma del régimen previsional del Poder Judicial que pegó de lleno en la “clase media” judicial y ni mosqueo a los del club del Lawfare. Consensuado con la Asociación de Magistrados en sigilo, el borrador era más flexible para los jueces que concedían más aportes y resignar algunos diferenciales. Se dieron la mano. El proyecto que aterrizó en el Congreso no tenía nada que ver con ese boceto. Todos se miraron.

En la Corte Suprema le iban a poner alfombra roja. La sabían conocedora del mundo judicial pero sobre todas la socia del Presidente. No podía haber cortocircuitos en esa relación donde la mano derecha del mandatario iba a portar el mensaje oficial de manera transparente. Era momento de dejar atrás el desprecio que tenían por el estilo y las formas de Germán Garavano y la Mesa Judicial M. Tampoco ocurrió.

Alberto F. reconoció que existe una nueva etapa y se frenó al mencionar que eso requiere un perfil distinto. No dijo cuál. ¿Aguerrido y confrontador? Que borre de un plumazo las subrogancias por las que los jueces cobrar un 30% adicional a su salario y ponga en vigor la lista de conjueces que enhebró con mucha paciencia la consejera Graciela Camaño y están en un cajón del Ministerio. Que rebote entre el Consejo y el Senado para sacar las 283 vacantes que existen; que active las causas dormidas contra ex funcionarios macristas; o que pruebe suerte en tratar de entender la Corte colegiada y peregrine por las vocalías no sólo por los recursos de Cristina, sino por los expedientes que necesita sacar el oficialismo para asegurar la gobernabilidad.

O por el contrario, un ministro con la bandera blanca tatuada, con las mesas de diálogo que incluyan a la corporación judicial sentadas y con una pulseada constante pero con los modales del Jockey Club. Pero esta vez con autoridad delegada y autonomía funcional. ¿Cómo sería eso compatible con lo que piensa y dijo casi de forma explícita la vicepresidenta? No se sabe.

El riesgo de una indefinición en ese perfil y de distanciar más lo que se dice que se hará y lo que en realidad se hace puede exponer al riesgo de un regreso, como un Déjà Vu, de la experiencia Julián Álvarez.

Dejá tu comentario