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24 de febrero 2004 - 00:00

Kirchner-Duhalde: juntos el 1 y divorciados el 11

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Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde

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Fiel al seguidismo que presume Eduardo Duhalde con el Presidente -finalmente, quizá su obra más monumental, si uno se olvida de la devaluación y la pesificación asimétrica-, respaldará a pie juntillas discurso y acciones en las escalinatas del Congreso, la semana que viene, cuando Kirchner frente a la Asamblea Legislativa haga un racconto de un año de administración personal y, sobre todo, perfile lo que piensa realizar durante 2004. Hombre que casi no le habló a la población, salvo con frases en mítines o breves explosiones televisivas, el mensaje supone expectativas para conocer lo que piensa de su aprendizaje en el cargo. Nadie cree que se trate de un discurso semejante al de anteriores jefes de Estado (quienes incurrían en apariciones más reiteradas), esas aburridas compilaciones de informes ministeriales que un speechwriter luego hilvanaba con irregular elegancia. Para esta ocasión, la propia Casa Rosada les otorga trascendencia y misterio a las palabras, como si éstas no las tuvieran en sí mismas. Duhalde, que poco sabe de ese contenido, igual habrá de apoyar in totum, como abrazando al disertante. Más como un no vidente que como un oso.

Para el 11, al revés, las celebraciones son otras. Y, por dos razones, los bonaerenses pondrán distancia. Una, casi por tradición; la otra, por interés de supervivencia.

Cuesta encontrar duhaldistas que recuerden con nostalgia y respeto al dentista Cámpora, ese «tío» de Giles, al que limpió de la presidencia (junto a Vicente Solano Lima) un bonaerense justamente. Con franqueza sindical, Victorio Calabró -quien aún vive- fue el primero en decir: «Si el general está en la Argentina, ¿para qué los queremos a estos dos en la Casa Rosada?». Dicho y hecho, con el añadido de la pasión gremial, pues Calabró era metalúrgico y no olvidaba que al «lobo» Augusto Vandor los Montoneros (para quienes Cámpora era su líder) lo asesinaron luego de que algunos frecuentaran (del uno al 10, como corresponde) la vieja sede de la UOM en la calle Rioja. Más él, quien fue testigo del atentado y de los panes de trotyl que los victimarios no supieron explotar.





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