10 de octubre 2003 - 00:00

Kirchner les resta fondos a "gordos" para piqueteros

Se resignaron como pocos a que desde Olivos les retiraran el saludo. Agasajaron al único funcionario que los atendió, el secretario de Cultura (una ironía), Torcuato Di Tella. Pero ayer los "gordos" de la CGT estallaron cuando advirtieron que el presupuesto destinado a sus obras sociales había sido recortado en $ 80 millones. Lo decidió Néstor Kirchner para abultar la partida de planes sociales, destinados en general a los mayores adversarios de los sindicalistas: los "piqueteros", que ahora dominan la calle. Rodolfo Daer y los suyos se juran combatir pero temen, por su mala imagen, a un gobierno con popularidad. Además, el ministro de Trabajo amplió la representación de Hugo Moyano, el sindicalista del Presidente, a actividades colindantes a la de camioneros (depósitos de mercaderías, etcétera). Por si faltaba algo: al PAMI iría un socialista, el rosarino Hermes Binner, en reemplazo del desgastado Juan González Gaviola. ¿Se inicia una guerra?

El sindicalismo ortodoxo, el de la CGT que conduce Rodolfo Daer, parecía hasta ayer un miembro ausente, una zona dormida de la vida pública. Pero a los «gordos» los despertó Néstor Kirchner, ayer, tocándoles la «víscera más sensible», como diría el General: la «caja». Un examen del presupuesto nacional que se discute en el Congreso hizo que Armando Cavalieri, Carlos West Ocampo y Daer detectaran que les habían podado $ 80 millones de la Administración de Programas Especiales (APE), dependencia que maneja el fondo de redistribución desde el que se derivan los subsidios para las obras sociales de los sindicatos.

Con esta «sola» agresión habría bastado para que los «gordos» se animaran a imaginar un conflicto con el actual gobierno, tirando por la borda las promesas de concordia que formuló Alberto Fernández en la última comida que compartieron con el jefe de Gabinete en el sindicato de Empleados de Comercio. Pero también ayer hubo otro gesto irritante para los gremialistas más tradicionales: en el Ministerio de Trabajo, Carlos Tomada se disponía a ampliar la representación del sindicato de Camioneros, adjudicándole la posibilidad de representar a todos los empleados del sector «logístico». Es decir, no solamente al rubro «camioneros» del transporte de cargas sino también a empleados de depósitos o centros de distribución de mercaderías. Se encendieron luces de alarma en todo el gremialismo ante lo que parece ser el fin de un criterio de clasificación: el que adjudica los afiliados a cada sindicato según la principal actividad de cada rama de la economía.

Para completar una jornada negra, llegó a la CGT otra noticia infausta. El PAMI, obra social en la que se celebran negocios de todo tipo ligados a los gremios, será sacada de las manos de un peronista: Kirchner está a punto de echar de allí a Juan González Gaviola para poner a Hermes Binner, intendente de Rosario del Partido Socialista.

Desde Córdoba, el coordinador de la Secretaría de Cultura y Capacitación de la CGT, Daniel Amoroso, lanzó un comunicado para clausurar un congreso de su área. En esa declaración, Amoroso lamentó: «Hemos perdido la calle, la hemos dejado en manos de los mal llamados piqueteros». Parecía la constatación política del fenómeno que los viejos dinosaurios de la central obrera verificaban a esa hora en Buenos Aires: ansioso por ampliar la partida de planes sociales que maneja su hermana Alicia, Kirchner ordenó reunir $ 400 millones adicionales del presupuesto y encontró una parte de esa suma en la APE. Los $ 80 millones de ese fondo irían a programas sociales, es decir a los piqueteros, por cuya expansión se quejó Amoroso.

En la APE se administran $ 300 millones por año, provenientes de una parte de los aportes de los trabajadores a las obras sociales y distribuidos entre éstas a manera de subsidios por prestaciones de alta complejidad, sida, etcétera.

Los gremialistas quedaron paralizados ante la novedad, no porque los sorprendiera una agresión de parte de Kirchner sino porque ignoran cómo reaccionar ante ella. Miran a su alrededor y advierten que empresarios, políticos, militares y hasta obispos se inclinan, prudentemente, ante un gobierno que reclama para sí una popularidad superior a 70%: «Con la imagen que tenemos, ¿vamos a ser nosotros los que enfrentemos al monstruo?», se preguntaron, desconsolados.

• Combatividad

La primera víctima de la inquietud fue Ginés González García, un ministro al que tenían como «propio» pero que terminó disimulando el recorte de las partidas (apenas avisó, de manera muy genérica, a su amiguísimo West Ocampo). Pero ayer los «gordos» se prometían una actitud más combativa no sólo ante González García sino contra el mismo Kirchner. «Aunque primero vamos a agotar la discusión en el Congreso», aclaró uno de ellos, como si hubieran transformado la CGT en una cámara empresaria con escasa «pegada» política.

Al mismo tiempo en que se debatían en la desgracia de su «caja», Tomada le abría a Hugo Moyano la tranquera de varios sindicatos, entre ellos el de alimentación y el de empleados de comercio, admitiendo que pase a representar también a trabajadores de depósitos y «logística». El ministro de Trabajo avanzó en ese homenaje al camionero, por más que empresas como Carrefour o Arcor le hicieran llegar su inquietud. Es lógico: Tomada sabe que Moyano goza de «fueros» ya que es el único dirigente sindical -y acaso el único dirigente, a secas- que conoce el número del teléfono celular de Kirchner. El Presidente, celoso del control de la calle y del tránsito por las rutas, teme especialmente los arrebatos del camionero Moyano, al parecer más agresivos que los suyos. Tomada, mientras tanto, gasta lo que quedó del crédito que tenía con sus antiguos empleadores, los sindicatos más ortodoxos de la CGT, que lo tuvieron siempre como abogado. El ministro sufre, confiesa a sus viejos amigos sindicalistas que a veces se siente maltratado por su jefe y sueña con la transferencia hacia la oficina de la hermana Alicia de los conflictivos planes Jefas y Jefes de Hogar, que él administra a desgano y con temor.

El cambio en la conducción del PAMI completó el día nefasto. Es cierto que los gremialistas valoran que González García permanezca en Salud: «Por lo menos avisa cuando nos van a hacer algo», se consuelan cuando piensan en el ministro (al que cariñosamente llaman «Doctor Ahorro»). Por eso el desvío de Binner hacia el PAMI les resulta tolerable. Sin embargo, se alejan cada día más de compartir la conducción de esa obra social gigantesca, imaginada para aliviarlos a ellos del peso de los mayores consumidores de salud, los ancianos.

Por lo menos les queda el consuelo de la caída de González Gaviola, el cuñado de José Octavio Bordón, quien está a punto de dejar el instituto por el peso de las denuncias sobre contrataciones onerosas de colaboradores y por la sospecha de que podrían aparecer otras sorpresas, ligadas a sus presuntas actividades inmobiliarias en su Mendoza natal.

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