7 de junio 2006 - 00:00

Kirchner plural: legión de lavagnistas sigue en puestos

Roberto Lavagna
Roberto Lavagna
Para quienes dicen que Néstor Kirchner es un perseguidor implacable de sus adversarios, los días transcurridos desde el lanzamiento de Roberto Lavagna a la arena electoral (oficializado por Raúl Alfonsín y Federico Storani) servirán para atestiguar que aquella imagen sólo se debe a maledicencias. En distintas oficinas del Estado, casi todas decisivas, siguen revistando hombres ligados al ex ministro que, en algunos casos, trabajan para él. Curiosa experiencia de cogobierno entre dos candidatos presidenciales que compiten entre sí. «Eso es pluralismo», podría ufanarse el Presidente.

Habría que admitir el argumento si no fuera porque una corriente sorda, casi imperceptible, recorre las oficinas del gobierno: es la de los «lavagnistas» que abjuran de su fe porque presumen que esa imagen liberal del santacruceño es un espejismo. Creen ver peligrar sus cabezas. Por eso siguen los pasos de aquellos duhaldistas del conurbano que, después de haber alcanzado el pináculo de sus biografías gracias a que Eduardo Duhalde los designó ministros, secretarios o candidatos a diputados y senadores, ahora cambian de traje y de aroma (o se esfuerzan por hacerlo). No se habla de traición. Es la posmodernidad: contratos matrimoniales breves, contratos laborales breves, tampoco la lealtad política es para toda la vida. Lavagna lo sabe desde hace un tiempo: Miguel Peirano y Miguel Campos dibujaron un círculo en la tierra con su «volantazo» hacia el kirchnerismo, lo mismo que los directores del Banco Nación «evangelizados» por Felisa Miceli, profetisa de la nueva fe.

En cambio hay otros funcionarios que se aferran a su condición de amigos del ex ministro como una especie de seguro contra el despido. Es el caso de José Octavio Bordón, por ejemplo, quien la semana pasada, de visita en Buenos Aires, habría comentado ante un íntimo: «Pensaba volver a la Argentina pero ahora no me podrán echar, quedaría como una persecución por ser amigo de Roberto». Un amante de la paradoja el ex ministro de Carlos Ruckauf.

Bordón es nada menos que embajador en Washington. Siempre interpretó haber llegado allí por su sociedad con Lavagna. «Roberto me quería como canciller pero era demasiado que estemos los dos en el gabinete. Después pensó en mandarme a Brasil pero, al final, Kirchner quiso tenerme en Washington.» El ex gobernador por Mendoza cuida allí los intereses de Lavagna. ¿Más que los del Presidente? Es difícil decirlo. Se sabe que facilitó bastante la agenda que llevó adelante el ex ministro de Economía cuando pasó por la capital de los Estados Unidos hace tres semanas. Habría sido en las conversaciones con los funcionarios de George W. Bush que Lavagna decidió su candidatura. Increíble en un multilateralista como él. ¿Habrá otro viaje? ¿Lo preparará Bordón? Kirchner, magnánimo como nadie lo imaginaba, no se hace estas preguntas.

  • Expansión

  • En la sede del poder político norteamericano el «lavagnismo» se expandió más allá de la embajada. En el Banco Interamericano de Desarrollo sigue como representante Eugenio Díaz Bonilla, subordinado total a Bordón, uno de sus colaboradores inmediatos en la Fundación Andina, donde Lavagna prestaba servicios cuando el candidato a presidente era su amigo. Pasaron 11 años.

    La escena local también cuenta con embanderados en la causa del fundador de Ecolatina. Comenzando por varios directores del Banco Central, cuya función es custodiar el valor de la moneda -supuestamente, también contra el deterioro inflacionario-. Son Félix Camarasa, Arturo O'Connell y Zenón Biagosch, quien oficia nada menos que como vicesuperintendente del sistema financiero. Como aquel soldado japonés que seguía en una isla del Pacífico defendiendo su posición sin que nadie le avisara que la guerra había terminado, estos tres directores continúan custodiando la política monetaria que les inculcó el maestro, destinada sobre todo a sostener el tipo de cambio fijo (y alto). Nadie les comunicó que hubo una contraorden y que, ahora que Lavagna tira piedras hacia el palacio presidencial, esa receta se ha vuelto repentinamente inflacionaria.

    ¿Qué destino tendrán estos funcionarios, sometidos no sólo a un conflicto de lealtades personales sino, acaso más grave, a un dilema técnicodoctrinario? Tal vez sea la hora de que Waldo Farías, el representante de los intereses de Kirchner en esa entidad, tome cartas en el asunto y defina estas contradicciones. Farías es director, superintendente de bancos y pingüino. ¿Será él el encargado de exigir a los representantes del «antiguo régimen» que dejen sus puestos? ¿O se contentará con que reciten en voz bien alta el nuevo credo, que paradójicamente es el viejo, abjurando de la antigua jefatura del ex ministro? Hasta que estas obligaciones no se hagan efectivas, el pluralismo de Kirchner seguirá sorprendiendo.

    C.P.

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