La política decae cuando ignora problemas y complace a la opinión
El ex diputado nacional Andrés Fescina intentó explicar las razones del descrédito de la política en la Argentina y localizó una que no es difícil de ejemplificar en el país. Es la que describe como misión del los gobernantes complacer a la opinión dejando de lado la solución de los problemas. Fescina lo argumentó en una columna publicada por «La Hoja Federal», órgano partidario de la fuerza a la que pertenece, el Partido Federal.
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En el comportamiento de algunos dirigentes han existido desviaciones a su rol ejemplarizador, anomalías que las señalaremos, aun cuando pueda incomodar, no las omitimos, porque con convicción creemos que son contribuyentes para retomar el prestigio y la consideración popular y lo hacemos como testigos comprometidos con la política.
¿Cuál es la causa eminente desencadenante, que ha generado este clima adverso a los dirigentes?
Estos veintidós años de democracia muestran que algunos de sus dirigentes han abandonado la legitimación que proviene de transitar por la trocha ancha del ejercicio de la política, identificándola como si fuera una misión, para optar por un sendero, trocha angosta, y ejercerla profesionalmente, con título habilitante para permanecer siempre en un cargo electivo o ejecutivo.
La función política que se desempeña en forma permanente e ininterrumpida termina por sentirse propia.
Se es propietario del cargo y la propiedad tiende a generar corrupción e impunidad.
El mandatario, en cambio, aquel que desempeña la función como una misión, sabe que debe responder al mandato del pueblo que lo eligió y rendir cuentas; no se adueña del poder, lo ejerce.
La política profesionalizada, consecuencia de ejercerla como un medio de vida, construye un quincho político que sólo alberga comensales, sin otro común denominador que saborear y usufructuar el poder.
Cuando se es senador, diputado, concejal, gobernador o intendente, ejerciendo esas funciones con reelecciones sucesivas indefinidamente, ¿no se origina una profesionalización de la política? ¿No terminan por sentirse propietarios del cargo y también del poder?
La exacerbación de esta tendencia se grafica en que hermanos, esposas, sobrinos, en resumen familias instaladas en posiciones de poder, los hemos vistos, los vemos, constituyen por sí mismos la ortopedia de la política, sin que esta afirmación comporte limitar legítimas aspiraciones en tanto se encuentren afirmadas en los propios y exclusivos valores de los aspirantes.
A modo de recordatorio, existen por lo menos cuatro provincias que en los últimos años, reforma constitucional mediante, han instituido la reelección indefinida de su gobernador. También el escenario político nos muestra senadores y diputados que ejercen sus funciones desde 1983 de manera ininterrumpida.
Cuando el grado de cuestionamiento es severo -aunque fuera exagerado-, el misionero debe responder con remedios, también severos, para represtigiarse y restaurar autoridad.
Especialmente, establecer un límite temporal a todo cargo electivo a no más de dos mandatos sucesivos, debiendo transcurrir un período para aspirar a otro cargo, cualquiera fuere su nivel.
Inclusive podría ser la oportunidad para que el presidente de la República avance decididamente proponiendo una norma que prohíba al primer magistrado, después de la posibilidad de la reelección constitucional por un solo período más, ejercer cualquier cargo electivo desde concejal en adelante o funciones ejecutivas de cualquier naturaleza.
El presidente reelecto, concluido su mandato, se va para su casa. Hará política opinando, pero no ocupando cargos.
Siendo ministro del Interior de Sarmiento, Nicolás Avellaneda dijo en el Senado de la Nación: «El presidente de la República es alguien salido por un breve término de la multitud para volver a entrar en ella». «Nicolás Avellaneda», de Carlos Paz de la Torre (h), pág. 124.



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