No es el mejor momento para las mujeres en el gobierno, salvo que alguna de ellas se llame Cristina de Kirchner o Alicia Kirchner.
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Privilegio de apellido, tal vez; o, más ciertamente, menos generadoras de conflictos que dos funcionarias de primera línea, las otras dos damas del cuarteto ministerial, Felisa Miceli y Nilda Garré. Ambas, como si fuera una cuestión de género, atraviesan una crisis particular con el mandatario y, si no fueran más estoicas que los hombres para enfrentar las adversidades, tal vez habría que pensar en algún tipo de renuncia. Aunque, como se sabe, nadie renuncia a menos que se lo exijan.
Quienes frecuentan a la Miceli reconocen que merecería tener el cabello frizado o afro, ya que tocó algún enchufe presidencial y le descargaron una corriente continua de 220 voltios. Ni siquiera le han explicado la razón de la indiferencia, pero desde hace varios días no habla con el Presidente. Ni le atienden el teléfono, medio del cual ya ha prescindido porque cada vez que llama a la Casa Rosada la derivan -en el mejor de los casos- al jefe de Gabinete, Alberto Fernández (hombre ocupado como pocos en el oficialismo, casi al nivel de la mala educación, pues en general nunca atiende y no sólo a los indeseables).
Desconcertada la mujer, claro, incapaz de entender tamaño desprecio kirchnerista tan sólo porque se le ocurrió, para salir del apriete periodístico, anunciar que una comisión estudiaría la elevación del mínimo no imponible (reclamo de lo que queda del peronismo en el Parlamento, de ciertos gremios, que tomó temperatura por los luctuosos episodios de Las Heras). ¿Tan grave fue el desliz oral de la señora, hoy tan devaluada que sólo parece ocuparse de algunos precios como si fuera secretaria de Comercio y no ministra de Economía? Debe entenderlo: si mereció el premio de la designación en la cartera, esa inesperada decisión de un hombre que decidió convertirla en primera figura, como en el teatro ahora tendrá que aprender el obligado curso de disciplina que le exige el productor. Caso contrario, más cerca de estrellarse que de ser estrella.
Algo semejante, se comentaba ayer en el Senado -donde debió comparecer para que le aprueben un nuevo Código Militar provisto por el CELS- padece otra ministra, Nilda Garré. Ocurre que en honor a ciertas amistades, vínculos pasados y tal vez algún mérito por ella observado, decidió que la acompañe en la cartera -como director nacional de Derechos Humanos- justamente quien la había sucedido al frente de una unidad especial creada para investigar el atentado de la AMIA: Alejandro Rúa. Tal fue el empeño que hasta logró que se aparte de esa función en el Ministerio de Justicia y salte a su vera.
• Traslado de culpas
Pero Rúa, quien ha generado controversias en más de una función (estuvo en la Oficina Anticorrupción), al despedirse de su cargo en Justicia se permitió un suspicaz reportaje (diario «La Nación») donde puso en duda la voluntad del ministro, Alberto Iribarne, también la del gobierno en consecuencia, por trabar o demorar el esclarecimiento de un caso que él tampoco, en 4 años de tareas, ha podido descifrar.
Por lo tanto, trasladó culpas en su despedida, afirmó que antes había una política (ministro Horacio Rosatti) y que ahora hay otra, casi despampanante le atribuyó al actual funcionario «no darles a sus propuestas el apoyo necesario» (como si fueran las más certeras, por otra parte). En esa embestida también enlodó al senador Miguel Pichetto y a quien se ha ganado algún prestigio en la Justicia como Joaquín Da Rocha. Por lo visto, había acumulado rabia en los últimos tiempos y la desagotó sin prejuicios al salir de la cartera.
Naturalmente, Rúa se pasaba o se pasa -hoy se duda de su futuro en la Administración oficial- a otro equipo, de Justicia a Defensa, ensuciando no sólo a Iribarne y otros conspicuos kirchneristas, sino a quienes confiaron en su gestión: el propio presidente y Alberto Fernández, con quien compartió bureau jurídico. Para algunos, una ofensa temeraria; para otros, un tiro a traición al propio gobierno que le concede el ganapán. Son opiniones, naturalmente, aunque en el caso importa lo que piense el propio Kirchner, quien ofuscado vapuleó a la Garré por la pretendida designación de Rúa sin distinción de sexo ni caballerosidad. Ella, como es una militante, aceptó la paliza verbal, optó por defender a medias a su atrevido y dudoso futuro funcionario, pero se retiró cabizbaja. Eso se contaba en el Congreso, donde ya nadie cree que Rúa se haga cargo de lo que decían se iba a ser cargo en Defensa y donde tampoco nadie cree que la Garré se muestre tan solidaria con su protegido para elegir el destierro oficial que le ha sentado tan bien en los últimos años. Como a la Miceli. Aunque ambas, claro, algún precio deben pagar.
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