25 de agosto 2005 - 00:00

La misma letra, pero con una nueva música

El kirchnerista Frente para la Victoria tuvo anoche su lanzamiento en Rosario, donde lacandidata a senadora por la provincia de Buenos Aires, Cristina Fernández, debutó comola figura central.
El kirchnerista Frente para la Victoria tuvo anoche su lanzamiento en Rosario, donde la candidata a senadora por la provincia de Buenos Aires, Cristina Fernández, debutó como la figura central.
Como respondiendo a un libreto ya conocido -lo emplearon otros presidentes ante la emergencia de las urnas-, Cristina de Kirchner reservó el tono más fuerte del discurso de anoche (que buscó un estilo más moderado que el habitual en ella) en Rosario para denunciar que hay una campaña de desestabilización. ¿El autor? No ya una tribu de periodistas y abogados como quiso Alfonsín en 1985; ahora es Raúl Castells, convaleciente de una hambruna voluntaria. «El pacto de desestabilización, que consiste básicamente poco tiempo antes de las elecciones en crear ciertos climas de violencia y reaparición de viejos protagonistas que según me he enterado por alguien hasta eran invitados a Olivos en otras épocas», clamó.

Ese dato lo había revelado el ministro Aníbal Fernández que, cuando lo era de Eduardo Duhalde, lo llevaba al piquetero de Lomas a charlas a la residencia presidencial. Con la voz más impostada, la candidata se ahuecó para tronar: «Espero que no vuelvan a ocurrir esas visitas, al menos mientras yo esté ahí». Si quiso sonar a broma de alcoba, nadie se enteró; lo único que le faltaba a este presidente, a quien todos le muestran los dientes, era que su esposa le pusiera también condiciones.

Gesto esperable en un gobierno maníaco de las encuestas y que observa cómo actúan los piqueteros como esmeril sobre los candidatos del oficialismo, especialmente en Capital y en el conurbano.

No quedó ahí la denuncia. Trasladó la mirada hacia Santa Cruz: «Hay increíbles hechos de violencia en Santa Cruz, como nunca se habían visto. Tomas de plantas, bombas molotov. Dicen que las brujas no existen, pero que las hay las hay...».

• Todo suma

Era otra referencia sobreentendida hacia al duhaldismo, a quien la Casa de Gobierno cree ver detrás de la andanada de cortes de rutas y huelgas que asolaron la tierra del Presidente. De paso, que todo suma, un chirlo al actual gobernador, Sergio Acevedo, por no haber sabido aliviarlo al Presidente de tamaña preocupación. ¿De los piqueteros amigos? Ni palabra.

El eje antiduhaldista fue el más rico de la vehemente
Cristina. Hizo escarnio de la provincia alambrada por el ex presidente, a quien acusó de creerla de su propiedad privada. «Es de todos», clamó, «de quienes llegaron de todo el país huyendo de la miseria de origen, de quienes llegaron de los países limítrofes huyendo también de la miseria de sus lugares». Esta expresión contenedora, de buena pluma para un psicólogo, la expuso a un riesgo entre los destinatarios. ¿A quien huyó de la miseria le agrada que se la recuerden de esta forma? Se verá en las urnas.

Igualmente resbaladiza fue la queja por la conducta de los vecinos de Rosario, la ciudad huésped del lanzamiento.
«Me entero que acá se está gestando un pacto de oposición en congreso para oponerse al Presidente y eso me ha causado mucho dolor.» Esa conducta ominosa -no lo sería para alguien de convicciones republicanas- la contrastó con el derrame de fondos sobre esa ciudad en ocasión, por ejemplo, del Congreso de la Lengua. «Cuando vinieron esas inversiones nunca se le preguntó de qué partido era la gente de esta ciudad, pero sé que usted, señor Presidente, pondrá la otra mejilla.» ¿Agradecerán los rosarinos en las urnas ese llamado de atención de la primera dama? Acaso desde hoy los opositores del presidente en esa ciudad usen esta amenaza como lema de campaña.

El resto, literatura. La misma letra ensayando una nueva música, buscando sumar y no restar. Primero, la réplica del diálogo de alcoba exhibido en público.
«Usted, Presidente» -exageró la primera dama-, «nunca pensó que se convertiría en el modelo alternativo de las políticas que nos llevaron a la crisis.» No menos artificial fue ponerlo al Presidente como el «punto de inflexión» entre un antes y un después del 25 de mayo de 2003, cuyos logros enumeró (desempleo, desendeudamiento,etc.). Serio, Kirchner controló como pudo los gestos de su rostro cuando ella, con lágrimas en los ojos, relató: «En marzo de 1976 le pregunté a usted, Señor Presidente, para qué quería el título de abogado. ¿Para dejarlo en un cajón? No, me dijo que quería ganar dinero para hacer política». Se conmovió cuando dijo que «lo logró porque llegó a ser gobernador de su provincia, y quizás no había dicho que quería llegar a ser presidente de la Nación».

Entre tanta cita a las convicciones, el discurso no alcanzó encarnadura ideológica, salvo con la apelación al peronismo -seguramente la principal novedad de la noche-. Habló de que ella «con 20 años trajo a Perón a los 78 años»; habló de «Perón, coronel del pueblo»; se cuidó, claro, de llamar al voto en la provincia de Buenos Aires también a los seguidores de Alem e Yrigoyen (UCR), y a los de Justo (socialistas).

También cuando dijo que «ser presidente... todos son presidentes. En realidad, somos vehículo de la historia para que se cumplan sus designios». Una profesión de fe dialéctica o el recuerdo de alguna solapa de libro que no dio más que para esta mención. Rodeada de tanta vieja política, debió hacer la aclaración:
«No es una cuestión de edad, es una cuestión de cabeza». Todos entendieron de qué hablaba.

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