La misma letra, pero con una nueva música
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El kirchnerista Frente para la Victoria tuvo anoche su lanzamiento en Rosario, donde la
candidata a senadora por la provincia de Buenos Aires, Cristina Fernández, debutó como
la figura central.
El eje antiduhaldista fue el más rico de la vehemente Cristina. Hizo escarnio de la provincia alambrada por el ex presidente, a quien acusó de creerla de su propiedad privada. «Es de todos», clamó, «de quienes llegaron de todo el país huyendo de la miseria de origen, de quienes llegaron de los países limítrofes huyendo también de la miseria de sus lugares». Esta expresión contenedora, de buena pluma para un psicólogo, la expuso a un riesgo entre los destinatarios. ¿A quien huyó de la miseria le agrada que se la recuerden de esta forma? Se verá en las urnas.
Igualmente resbaladiza fue la queja por la conducta de los vecinos de Rosario, la ciudad huésped del lanzamiento. «Me entero que acá se está gestando un pacto de oposición en congreso para oponerse al Presidente y eso me ha causado mucho dolor.» Esa conducta ominosa -no lo sería para alguien de convicciones republicanas- la contrastó con el derrame de fondos sobre esa ciudad en ocasión, por ejemplo, del Congreso de la Lengua. «Cuando vinieron esas inversiones nunca se le preguntó de qué partido era la gente de esta ciudad, pero sé que usted, señor Presidente, pondrá la otra mejilla.» ¿Agradecerán los rosarinos en las urnas ese llamado de atención de la primera dama? Acaso desde hoy los opositores del presidente en esa ciudad usen esta amenaza como lema de campaña.
El resto, literatura. La misma letra ensayando una nueva música, buscando sumar y no restar. Primero, la réplica del diálogo de alcoba exhibido en público. «Usted, Presidente» -exageró la primera dama-, «nunca pensó que se convertiría en el modelo alternativo de las políticas que nos llevaron a la crisis.» No menos artificial fue ponerlo al Presidente como el «punto de inflexión» entre un antes y un después del 25 de mayo de 2003, cuyos logros enumeró (desempleo, desendeudamiento,etc.). Serio, Kirchner controló como pudo los gestos de su rostro cuando ella, con lágrimas en los ojos, relató: «En marzo de 1976 le pregunté a usted, Señor Presidente, para qué quería el título de abogado. ¿Para dejarlo en un cajón? No, me dijo que quería ganar dinero para hacer política». Se conmovió cuando dijo que «lo logró porque llegó a ser gobernador de su provincia, y quizás no había dicho que quería llegar a ser presidente de la Nación».
Entre tanta cita a las convicciones, el discurso no alcanzó encarnadura ideológica, salvo con la apelación al peronismo -seguramente la principal novedad de la noche-. Habló de que ella «con 20 años trajo a Perón a los 78 años»; habló de «Perón, coronel del pueblo»; se cuidó, claro, de llamar al voto en la provincia de Buenos Aires también a los seguidores de Alem e Yrigoyen (UCR), y a los de Justo (socialistas).
También cuando dijo que «ser presidente... todos son presidentes. En realidad, somos vehículo de la historia para que se cumplan sus designios». Una profesión de fe dialéctica o el recuerdo de alguna solapa de libro que no dio más que para esta mención. Rodeada de tanta vieja política, debió hacer la aclaración: «No es una cuestión de edad, es una cuestión de cabeza». Todos entendieron de qué hablaba.




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