Si se consuma, como parece ineluctable, la ruptura de la comandita secreta entre Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, no sólo arderá el peronismo. También se afectarán los derechos de los ciudadanos bonaerenses. Es que la jugada de ir con dos listas autónomas en la provincia de Buenos Aires -saldo del posible choque en el binomio político- para las elecciones de octubre constituye una violación al espíritu y letra constitucionales que, en 1994, reformaron ese instituto para concederle mejor representación democrática al Senado. Y, por supuesto, nadie olvida que en el dulce montón reformista de aquellos años se encuadraba la familia Kirchner y Duhalde, quien a su vez obtuvo en operación canje su propia reforma para la provincia.
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No pasaron siquiera unos comicios desde que Duhalde ungió a Kirchner presidente y éste, como premio, ya decidió desalojarlo de la provincia y, si es posible, escriturar a su nombre la casa que el bonaerense posee en Lomas de Zamora. ¿Apropiaciones de la década del '70?
Esta presunta falta de lealtad o de sometimiento estricto a las reglas cursadas por Maquiavelo se basa, según la versión disidente quizá, en la búsqueda de una mayor calidad institucional, lo que se advertirá en el currículum de algunos candidatos kirchneristas (siempre y cuando la Policía entregue sus correspondientes fichas), más acostumbrados a no pagar sus deudas que a incurrir en infracciones revolucionarias. No le van en zaga, claro, algunos de los que aparecen con Duhalde. Casi una naturaleza de la cúpula peronista que aprovecha el candor del voto de sus adherentes anónimos.
Hombres sin comunicación (la última vez que se cruzaron, en Montevideo, Kirchner le dijo a Duhalde que hacía tiempo que no tomaban un café y éste le respondió que estaba a su disposición, ya que tenía más tiempo y menos compromisos que el mandatario), van al enfrentamiento uno sin voluntad y el otro como conquistador. Si la obra avanza como aguarda el teatro, habrá escaramuzas inolvidables, típicas del PJ, ya que unos desde la Casa Rosada amenazan con los Tribunales para Duhalde (sin mencionar siquiera la causa del Banco Provincia, más bien otras carpetas), mientras la réplica de éstos se sintetiza en una frase: «Mejor que a este muchacho le vaya bien y pueda aspirar a la reelección en 2007, porque si no lo logra le vamos a llevar cigarrillos a la cárcel» (se supone que hasta esa fecha no imaginan prescriptas algunas causas, sin incluir en la insinuación los míticos y navegantes fondos de Santa Cruz). No son juegos de abalorios.
Aparte de acusaciones, el resto de los ciudadanos observará el magnífico espectáculo entre quienes han controlado el «aparato» bonaerense -bastante deshilachado por cierta prescindencia de la política bonaerense- y los que despliegan la captación moral de seguidores a través del billetazo. O sea, los especialistas en pesar votos más que contarlos, dominantes de una red gigantesca de punteros e intendentes afines (escabrosa, tal vez, pero suficiente para llevar hace menos de dos años a Kirchner a la Presidencia) contra los beneficiados de otrora ahora expertos en el suministro de subsidios oficiales y teledirigidos, en cuotas para mantener la obediencia, canalizado en obras para jefes comunales a quienes ni siquiera le conceden la administración de esas obras (sea por desconfianza en esa posible gestión descentralizada o por la excesiva y conveniente confianza propia en el control de administración centralizada). Lo que podría denominarse una cruzada moral.
• Antecedentes
A nadie debería sorprender de esta confrontación esencial que caracteriza al peronismo, no sólo porque abundan los antecedentes, sino porque además simultáneamente con la pelea podrían actuar unidos en otros distritos para acelerar la desestabilización de ciertas jefaturas inservibles (¿o acaso le conviene al dúo Kirchner-Duhalde, unos por razones plebiscitarias y al otro por necesidades de invadir territorios vecinos, la continuidad de Aníbal Ibarra?). Lo más inaudito, sin embargo, es la forma paladina con la cual tanto uno como otro se disponen a burlar el concepto del tercer senador, incorporado a la Constitución -se justificó en el momento de la reforma- para otorgarle más transparencia a la representación democrática. Es decir, para que se consagre a un delegado de las minorías (de ahí que el senador ahora es patrocinado por un partido y no por la provincia).
El propio Duhalde, con el consentimiento de Kirchner, hasta llegó a decir con impúdica brusquedad bonaerense: «Mejor si van dos listas, de ese modo, así los peronistas nos quedamos con las tres senadurías de Buenos Aires» (para ser justos, esta operación no sólo se realizará en el distrito bonaerense, el PJ está globalizado en el país).
Difícilmente alguien del radicalismo alfonsinista -propulsor de esa incorporación constitucional- salga a denunciar este contubernio. Parecen tan enlodados en la fechoría del partido único como los propios peronistas, quienes parecen presentarse a los comicios de Buenos Aires con una firme y habitual actitud de violadores, mientras el resto de la sociedad -también habituada y casi gustosa al sometimiento de esa violación normativa- aceptará resignada los hechos. Porque al margen de lo que depare como diversión la riña policíaca y crematística de Kirchner contra Duhalde y de Duhalde contra Kirchner, lo cierto es que luego de las elecciones, superadas las denuncias y los agravios previos como si hubieran sido caricias, quedarán tal vez tres senadores por el peronismo, todos, finalmente encolumnados con el titular de la billetera. Como ha sido hasta ahora. En todo caso, el estigma -para un estúpido que piensa en la ética- será para la democracia.
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