La tensa relación con los Kirchner

Política

El nuevo Papa Francisco Jorge Bergoglio transitó durante sus años al frente de la Iglesia argentina una relación tensa con los gobiernos de los Kirchner, que por momentos se acercaba y por otros sacaba chispas. Desplantes, críticas cruzadas, mutaciones, contiendas electorales, férreas oposiciones, encuentros cara a cara, homilías y derechos humanos reinaron en las idas y vueltas de un vínculo entre dos poderes que desde hoy volverá a cambiar.

Luego de asumir en 2003, el expresidente Néstor Kirchner recibió dos veces en la Casa Rosada a la cúpula de la Iglesia, que por entonces dirigía el monseñor Eduardo Mirás. Con el arribo de Bergoglio a la jefatura de la Conferencia Episcopal, los vínculos se templaron por una desafortunada declaración pública del exobispo castrense Antonio Baseotto, quien utilizó en 2005 una cita evangélica para recomendar "colgar una piedra al cuello y tirarlo al mar" al exministro de Salud de Kirchner, Ginés González García. Baseotto se despachó de tal manera porque el actual embajador en Chile se había pronunciado a favor de despenalizar el aborto y de la política estatal sobre el uso de preservativos en la lucha contra el sida. Para Kirchner esa expresión rememoraba las prácticas más espantosas y deplorables de la dictadura militar, que hoy la Iglesia reconoce y pide perdón por su participación en esa etapa sombría de la Argentina, y ordenó por decreto revocar el mandato del exobispo en la vicaría castrense.

La Iglesia no ofreció resistencia, pero entendió que esa maniobra era el inicio de una larga disputa que años más tarde tendría revancha.

Desde el conflicto con Baseotto la relación entre la Iglesia y los Kirchner cambió para peor. En abril de 2006, Kirchner y Bergoglio se encontraron cara a cara sorpresivamente. El expresidente decidió sin previo aviso participar de una ceremonia en homenaje a los cinco sacerdotes palotinos asesinados en 1976, donde se encontraba el arzobispo porteño. "Vine a compartir un oficio religioso. Nunca tuve una mala relación con la Iglesia", afirmó Kirchner poco antes de compartir el atrio con Bergoglio. En ese momento se creyó que el gesto era un acercamiento entre el Ejecutivo y la Iglesia, que podría desembocar en un encuentro a solas, pero no lo fue.

• Santa votación

En octubre de 2006 el enfrentamiento pasó al terreno electoral. En ese año Kirchner auspiciaba en Misiones la re-reelección del gobernador Carlos Rovira y para lograrlo promovía una reforma constitucional. El candidato opositor fue el obispo emérito de Iguazú, Joaquín Piña. "Que yo sepa Dios no tiene partido", ironizó el exmandatario durante un acto en Misiones al apoyar la reelección indefinida de Rovira, mientras del otro lado, en el Episcopado, se llamaron a silencio, confiados en la victoria en las urnas.

El arrollador triunfo de Piña -auspiciado por Bergoglio- significó el camino a una posible reconciliación con la curia, a la vez que despertó dudas sobre el papel político de la Iglesia y su rol opositor. "No tengo ningún problema en particular contra de Bergoglio, pero hay algunas cosas en las que disiento", le dijo Kirchner a Piña cuando lo recibió en su despacho de la Casa Rosada en mayo siguiente, a pocos días de celebrar sus cuatro años como Jefe de Estado.

"El Presidente me dijo que no tiene nada contra el cardenal Bergoglio. Tiene algunas diferencias, pero las podemos superar mediante el diálogo, al que él está abierto en todo momento", dijo Piña al salir de ese encuentro. Tampoco fue así.

Se especuló en mayo de 2007, meses antes de la consagración de Cristina de Kirchner como primera mandataria en la historia del país, que el jefe del Episcopado no quería solicitar una audiencia con Kirchner sin antes ser recibido por el Congreso, pero que a su vez el santacruceño intuía que el cardenal intentaba excluirlo de su ronda de diálogo y que le exigía que se lo visite a él antes que al Legislativo.

• Lesa humanidad

La puja continuó palo y palo hasta los comicios de octubre. Kirchner ratificó la decisión de rotar los Tedeum por el 25 de Mayo por las catedrales del país y excluyó para ese festejo al templo porteño, donde Bergoglio era patrón y dueño, donde el eclesiástico alguna vez le recriminó en el rostro a Kirchner que "el poder nace de la confianza y no de la prepotencia".

Kirchner retrucó la "gentileza" en octubre de 2006 al poner en tela de juicio el rol de la Iglesia durante la dictadura militar. "El diablo llega a todos", tanto a los que visten "pantalones" como "a los que usan sotanas", le endilgó en un discurso. Las diferencias y cruces por la política oficial de derechos humanos -que para la Iglesia constituyen una revisión "parcial" del pasado- tuvo un hecho especial con la condena al excapellán Christian Von Wernich por delitos de lesa humanidad.

Pero otro caso tocó de cerca a la curia. Bergoglio declaró por escrito como testigo en la causa por la desaparición de dos sacerdotes jesuitas llevados a la ESMA y luego desaparecidos. El testimonio de María Elena Funes, una catequista que estuvo desaparecida en ese centro clandestino de detención, vincula a Bergoglio con la dictadura. Según la testigo, en el operativo en que ambos religiosos fueron secuestrados intervino personal uniformado. De vista gorda, Bergoglio en esa situación se habría limitado a enviar a un cura de reemplazo que oficiaba misa en el momento en que llegaron los militares y ni siquiera fue interrogado. En su defensa presentada por escrito -no asistió a los tribunales amparado en la inmunidad religiosa-, dijo que "intercedió" sin éxito por los jesuitas.

En los meses siguientes, el Episcopado replicó al Estado con la difusión de durísimos documentos sobre la realidad social y política del país que alertaban por la pobreza, las drogas y la desigualdad, mientras el cardenal se ocupó de emitir filosas críticas al Gobierno en sus habituales homilías. Una de ellas, la del 8 de octubre de 2007 en la Basílica de Luján, marcó el profundo distanciamiento de la época.

Ante una multitud y en la recta final de la campaña presidencial, Bergoglio atacó al INDEC y defenestró la defensa de los índices oficiales, calificados por Néstor Kirchner de "perfectos". Sin nombrarlo, dijo: "Todos sabemos que hay alguien que no quiere la verdad. El mentiroso por esencia que nos muestra vidrios de colores y nos quiere hacer creer que son joyas preciosas". No imaginaron los Kirchner que la furia del cardenal lo llevaría a ensayar semejante embestida, en sintonía con el resto de la oposición.

• Mezclar y dar de nuevo

La asunción de Cristina en diciembre de 2007 suponía tácitamente un cambio en la relación de confrontación que caracterizó al primer gobierno de los Kirchner con la Iglesia católica. Días antes de dejar la Presidencia, Néstor Kirchner dijo en una entrevista que las puertas de la Casa de Gobierno "están abiertas" para el cardenal.

En esa línea, y aunque se interpretaba que Cristina era Néstor y Néstor era Cristina, se esperaba un bálsamo en los vínculos. Similar situación se creen hoy en los más altos despachos gubernamentales luego de la fumata blanca, y tras la confirmación de que la Presidente viajará al Vaticano en breve para besar la mano del que fue uno de sus más duros enemigos internos.

A poco más de una semana de haber asumido la Presidencia Cristina recibió a Bergoglio en el despacho principal de la Casa Rosada. La reunión fue un gesto que apuntaba a generar un nuevo escenario de diálogo. En una amable, pero breve reunión los obispos felicitaron a la Presidenta por la asunción de su cargo y le entregaron copia de una exhortación que había sido profusamente difundida en abril y agosto pasados. En ese texto, los obispos señalaron como "prioridades" cuestiones referidas a la vida, la familia, el bien común, la inclusión, el federalismo y las políticas de Estado.

Esas críticas no opacaban una baja de tensión en la relación por la conocida postura de Cristina de rechazar la despenalización del aborto, la carta de felicitaciones que Bergoglio le envió tras las elecciones, y la visita a la Argentina del secretario de Estado del Vaticano, Tarcisio Bertone. Sin embargo, los pronósticos de la paz social volvieron a fallar y la primera decisión de la Presidente respecto de la Iglesia fue mantener los Tedéum rotativos y no volver a la Catedral Metropolitana. En 2007 Néstor lo hizo en Mendoza y en 2008 Cristina eligió Salta.

Durante la pelea de los Kirchner con el campo en marzo de 2008 por la Resolución 125 que incrementaba los derechos de exportación de los productos agrícolas la Iglesia apoyó abiertamente a los productores rurales. En otra filosa homilía Bergoglio le exigió a mandataria un "gesto de grandeza" para pacificar la guerra con el campo y el Gobierno volvió a cruzarlo. Para peor, tras el voto "no positivo" de Julio Cobos, el arzobispo se sentó mano a mano con el exvicepresidente y lo felicitó por su "resistencia" ante la furia kirchnerista.

No fue hasta fines de ese año que Cristina volvió a recibir a la cúpula eclesiástica. El 27 de noviembre de 2008 Bergoglio ingresó otra vez a la Casa Rosada. "Fue una reunión cordial", en la que también se habló de la situación internacional que, por su magnitud, afectaba a la economía argentina.

Además de los saludos de cortesía, los obispos que acompañaron al cardenal le entregaron el documento "Camino al Bicentenario", en la que los sacerdotes reclamaban "un proyecto de país sin pobreza", destacaban el diálogo como la herramienta política por excelencia para llegar a celebrar el Bicentenario "sin excluidos" y la necesidad de "buscar acuerdos básicos y duraderos" con opositores. Para el nuevo Sumo Pontífice "importa cicatrizar las heridas y no alentar nuevas exasperaciones y polarizaciones", como sostuvo ese documento.

El 25 de mayo de 2009 el Gobierno incursionó en otro desplante a la Iglesia y celebró el Tedeum en Puerto Iguazú. También decidió que los festejos religiosos por el Bicentenario se realizaran en la Basílica de Luján. La tensión volvía a extremarse.

La mala relación se evidenció en noviembre de 2009, cuando el arzobispo debía acompañar a Cristina y a su par chilena Michelle Bachelet a la audiencia en el Vaticano con el Papa antecesor Benedicto XVI, en la que se conmemoraron los 25 años del acuerdo de paz entre ambos países, por el conflicto del canal del Beagle.

Como parte de la comitiva de la Iglesia Católica tomaron parte de los actos los nuncios apostólicos en Argentina y Chile, monseñor Adriano Bernardini y monseñor Giuseppe Pinto, respectivamente; y los obispos Juan Carlos Romanín, de Río Gallegos, y Francisco Javier Prado Aránguiz, de Rancagua, en representación de las conferencias episcopales de ambos países.

• La madre de las batallas

Con Kirchner sentado en la banca de diputados, la Iglesia protagonizó la más dura de las batallas contra el Gobierno K: el matrimonio igualitario. El propio Bergoglio encabezó la lucha sin cuarteles, con marchas y contramarchas, y envió una carta a todos los sacerdotes para pedir que se hablara en todas las misas sobre "el bien inalterable del matrimonio y la familia". Pero fue en vano. El Congreso sancionó esa ley -la única que votó Kirchner- y la Iglesia parecía abatida.

Al referirse a la dilación judicial para poner en marcha la Ley de Medios que impulsaron los Kirchner, el líder católico advirtió que "el peor riesgo, la peor enfermedad es homogeneizar el pensamiento" y advirtió que "sin diálogo" los argentinos "corremos el riesgo de tirar la Patria a la marchanta". La postura bergogliana sobre el monopolio de la información se conocerá posteriormente.

• La despedida


En febrero de 2010, ni bien supo que Néstor Kirchner fue internado para someterse a una angioplastia, el primado de la Argentina envió un sacerdote al sanatorio de Los Arcos para que imparta el sacramento de la unión de los enfermos. El emisario fue el presbítero Juan Torrella, quien antes de ingresar al centro de salud se encontró con una sorpresa: los familiares y allegados a Kirchner que estaban en el sanatorio le dijeron que su intervención "no era necesaria".

En marzo de 2010 Bergoglio pisó la Casa Rosada por última vez. Acompañado por la mesa ejecutiva de la CEA, le entregó en las manos a Cristina un documento de los obispos en el que expresaron su preocupación por un estado de "confrontación permanente", argumento que la oposición enarbola constantemente.

Meses más tarde, a diez horas del fallecimiento de Néstor Kirchner, el cardenal celebró un misa de despedida en la Catedral. "Este hombre cargó sobre su corazón, sobre sus hombros y sobre su conciencia la unción de un pueblo. Un pueblo que le pidió que lo condujera. Sería una ingratitud muy grande que ese pueblo, esté de acuerdo o no con él, olvidara que éste hombre fue ungido por la voluntad popular".

El Papa intentó desde Roma canalizar el sufrimiento y el dolor en carne. Exteriorizó la tristeza de miles de funcionarios, dirigentes y militantes políticos; de amigos y compatriotas cercanos que no entendían el suceso histórico que les tocaban vivir; de sindicalistas que ya no reportaban al kirchnerismo, de los que sí lo hacían; de hombres y mujeres; de jóvenes y niños; de propios y ajenos, todos ellos fueron acogidos por Bergoglio en su templo. Ahora es el Papa.

• El concilio

Con 76 años y luego de renunciar al Episcopado en 2011, en sus últimos discursos religiosos, Bergoglio aprovechó para mantener la coherencia de sus filosos cuestionamientos al tercer Gobierno K. Entre los más rimbombantes, criticó el proyecto oficialista para despenalizar el consumo de drogas, reprendió a quienes se imponen con "nervios o autoridad" y se quejó de la "destrucción del trabajo digno y la falta de futuro", que se observa en una "sociedad contemporánea", donde "la miseria material y moral son moneda corriente".

Este miércoles, desde un acto en Tecnópolis y luego que Bergoglio fue ungido la máxima autoridad de la Iglesia católica, la Presidente celebró que "por primera vez en 2.000 años de historia va a haber un Papa de América Latina" y aseguró que desde Argentina "le deseamos que puede lograr el mayor grado de confraternidad entre los pueblos".

"Es fundamental poder volver a encontrarnos todos los seres humanos en igualdad de condiciones, porque eso es lo que deseamos siempre, porque este Gobierno siempre ha optado por estar cerca de lo que menos tienen, y eso nunca nos lo han perdonado", dijo la mandataria en tono conciliador.

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