17 de junio 2008 - 00:00

Las peores 48 horas

Ni al más atrevido profeta, antes del pasado fin de semana largo y presuntamente bucólico, se le ocurrió vaticinar que Cristina de Kirchner iba a tener las peores 48 horas desde que asumió el gobierno.

Tampoco ella lo imaginó, a pesar de que desde su cercanía partieron «aquellos polvos que generaron estos lodos». Aunque ella no lo vea, lo cierto es que el apresamiento extemporáneo y casi injustificado de Alfredo de Angeli y otros 18 ruralistas, el último sábado, cuando todo el mundo estaba de holganza, desató impensadas puebladas en el interior, cortes y sublevaciones. Casi un incendio en el país. Epílogo revulsivo para quienes, desde el poder y sin apelar a la Justicia, echaron mano a un recurso pícaro de militares advenedizos, mala réplica de los franceses que operaron en Argelia: si se detiene a la cúpula, se desmembra el movimiento. Como no se trataba de una célula, respondió el campo en su totalidad. Y hasta lo que no es el campo. Abrumador. Con certeza, además, la voluntarista aparición posterior del ex presidente Néstor Kirchner en la Plaza de Mayo para defender a su esposa -y sus propios intereses-, tampoco alentó un sosiego, la distensión. Pasaron así las primeras 24 horas.

Menos, claro, aportó al pacifismo la ocurrente monserga ayer de Luis D'Elía, innegable vocero del gobierno -hasta que alguien lo desmienta-, quien agrandó a Eduardo Duhalde como jefe de un venidero golpe de Estado, complotado a los Cuatro del Campo junto al monopolio «Clarín». Escaso talento del piquetero: de esa compota denunciada sólo puede salir una devaluación, nunca un putsch. Por si no alcanzara su afán provocador, reclamó armas en nombre de la necesidad popular -invocando un texto propio de la Constitución- de proteger al gobierno (y a sí mismo) de esas nefastas acechanzas. Y, convencido de su épica revolucionaria formada en el Mercado Central, convocó a un acto en la Plaza de Mayo, mañana, al que se exige presencia obligada de los empleados públicos (por lo menos, en el Parlamento pasarán lista). O sea, habló para enardecer como si gobernara, como si su estatura fuese superior a la de cualquier ministro. Una impertinencia. Según él, ese acto preparado será un freno al avance manifiesto de los golpistas. Imaginería febril que, supone, tendrá otra vez la presencia del ex mandatario como si se tratara del Che Guevara en aquella memorable plaza cubana en repudio de la invasión impulsada por los Estados Unidos (de la cual, claro, el mayor testimonio es la foto matriz del argentino revolucionario). Al menos, así lo viven algunos nostálgicos oficialistas. La respuesta a D'Elía, aunque el precio lo pagó Cristina de Kirchner, se produjo a las 8 de la noche: por obra de e-mails seguramente observados desde la inteligencia del gobierno, más un boca-a-boca teatral, en todo el país empezó a brotar el descontento, primero con bocinazos y cacerolas, luego -ya sin miedos- en las calles como en los finales tiempos de Fernando de la Rúa en el gobierno y Domingo Cavallo en Economía. Con más gente e, inclusive, con estribillos semejantes. Por esa época, al revés de la actualidad, el tufillo golpista era más fuerte que el malhumor de la población (curiosamente entonces nadie lo acusaba a Duhalde, hoy un cándido frente a lo que ocurrió en 2001).

Aunque D'Elía puede hacer milagros al respecto y la necia contienda con el sector rural por un porcentaje del negocio se transforme en una causa revolucionaria. Habrá que consultar en un primario para ver si alguien cree en esta historia oficial. Así transcurrieron las otras penosas 24 horas.

Le queda hoy la iniciativa a la silenciosa Cristina de Kirchner: su enfrentamiento por las retenciones ha tomado otro cariz, poco beneficioso para su gobierno. Hasta le cuestionan la autoridad, o la cesión de ésta a su esposo, como advirtió el humorista Felipe González antes de que llegara a la Casa Rosada (lo mejor, para ella, será que se separe, bromeaba). La Presidente pasó las peores 48 horas y no puede alegar en su favor prescindencia en la hecatombe. Aunque muchos le nieguen autoría intelectual sobre los episodios. Ocurre que, si mira a su alrededor, tendrá allí la respuesta: por jugar a los soldaditos, le atrasaron el reloj, la alejaron de un sector clave de la población, le inventaron hasta ídolos en su contra (De Angeli). Hasta fantasmas (Duhalde). Aunque, en la emergencia que no deja pensar, ¿acaso ella también piensa que se deben acelerar las contradicciones, como sugería Mao, que la imposición de un proyecto sobre otro (aceptando, casi bajo tortura, que hay un proyecto) implica la escisión entre compatriotas, blancos contra negros, populares contra liberales? O lo que sea. Más que nunca deberá proceder, el minutero no la beneficia y el clima intemperante amenaza concluir hacia el modo menos deseado. Ya hay cargas que la conciencia no habrá de aceptar.

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