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19 de marzo 2003 - 00:00

Las razones de un acuerdo precipitado

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El balance, que anoche habrá realizado como buen economista, da un saldo matizado: acaso se le escapen algunas adhesiones, pero habrá ganado que un candidato a jefe de Gobierno le conceda los tres primeros candidatos a diputados nacionales (de allí hacia abajo, compartirá la «sábana» con la Bullrich, uno a uno) y también una distribución igualitaria en la lista de legisladores porteños, en la que Bullrich se reservó los dos primeros lugares.

Los nombres para encabezar esas dos ofertas parecían definidos ayer: Martha Oyanharte como primera diputada nacional, María Eugenia Estenssoro como primera legisladora local. Estenssoro es la mujer de Haroldo Grisanti, con quien la candidata a alcalde tuvo una relación estrechísima siendo diputada nacional. Tiempos de discusión postal en los que Alfredo Castañón iba y venía desde el Correo hasta el Congreso para abastecer su guerra contra Alfredo Yabrán. Grisanti, al parecer, sigue ejerciendo el mismo rol: sponsor.



Si el candidato a presidente coqueteó con el titular de Boca, también Bullrich buscó otras cotizaciones en el mercado. El sábado por la tarde, se aproximó a Rafael Bielsa, a quien le ofreció la Vicejefatura de Gobierno. La invitación sigue en pie. Ambos están unidos por un pasado similar de militancia en el PJ de izquierda y, además, por las contradicciones emocionales que siempre les produce el recuerdo de Rodolfo Galimberti. Cuando López Murphy se enteró de estas excursiones, suspendió las negociaciones y desconectó el teléfono durante todo el domingo. Recién el lunes volvieron a tomar contacto José María Lladós (L. Murphy) y Jorge Velazco (Bullrich), los dos representantes de los candidatos. No hay que menospreciar, como tal vez hizo Enrique Olivera, las afinidades de quienes se asociaron ayer. Durante la gestión de Fernando de la Rúa, Patricia Bullrich fue tal vez el sostén más fuerte que encontró López Murphy para llevar adelante su severo programa económico. Los dos fueron víctimas de lo mismo: el levantamiento del radicalismo bonaerense en contra del Presidente. Hubo otro delarruista en aquella hora, que también ahora los une: Fernando de Santibañes, padre espiritual de un grupo de jóvenes que ahora orbita alrededor del economista. Allí están Lautaro García Batallán, Hernán Lombardi, Darío Richarte. Por eso anoche, desde las proximidades de Olivera, los radicales ortodoxos hacían rechinar los dientes y repetían: «Finalmente, Ricardo optó por los 'sushi'».

Suena frívolo, superficial el reproche. Aunque cobije una verdad profunda. El círculo juvenil que alentó a De la Rúa tiene por el radicalismo clásico el mismo desdén que se puede encontrar hoy en las inmediaciones del candidato de Recrear, donde gravitan Manuel Solanet, Alejandro Paz, Juan José Urquiza, Carlos Balter, es decir, conservadores para los que la UCR inspira la misma irritación que producía en sus abuelos durante los años '30. «Olivera es De la Rúa», decían ayer para justificar su rechazo de una alianza con el ex titular del Banco Nación, sin advertir que a la asociación que acababan de sellar sólo le falta el auspicio de Shakira.

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