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11 de marzo 2004 - 00:00

López Murphy vs. Alberto Fernández, pero sin irse a las manos

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No hizo falta tanto arrojo: «Parecía una de esas sociedades de debate de Oxford», atestiguó un diplomático para definir la elegancia y simpatía con que los dos expositores cambiaron ideas. A pesar de que no evitaron marcar la distancia que los separa, sobre todo en relación con la cuestión que, ese día, era motivo de la única polémica, la relación con el Fondo Monetario Internacional.

Comenzó la tenida con una presentación de De la Balze, quien caracterizó al autor: un español de gran calidad, quien por haberse desempeñado como académico, funcionario y hombre de negocios se convierte en la figura ideal para analizar un macrotema como la globalización. En efecto, el invitado es académico, se desempeñó como gerente general del Banco de España, fue viceministro de Finanzas de su país, vicepresidente de Goldman Sachs para Europa y escribió en 2000 un bestseller en lengua española sobre economía internacional, «
Comprender la globalización».

De la Dehesa expuso las ideas centrales de su libro y permitió, de esa manera, que Fernández y López Murphy se entretuvieran más tarde con un tema que, acaso, sea el más importante para la política: saber si el mundo está bien hecho o, dicho en otras palabras, si libradas las fuerzas de la sociedad y la historia a su libre desenvolvimiento la humanidad mejora o, en cambio, la vida en la Tierra se vuelve menos tolerable. Segunda sorpresa: hace tiempo que dos argentinos de gran figuración no muerden, al menos en público, un tema de esta dimensión. De la Dehesa se ubicó primero, con la reseña de su trabajo, en la fila de los que creen que sólo cabe confiar en que, sin intervención alguna sobre el curso de los acontecimientos, la situación mejore. Definióla globalización como un proceso por el cual aumenta el valor de los bienes pero también de las personas. Es cierto, con una cara negra, que hace más fácil la circulación del terror, las drogas, las armas y acelera la degradación del medio ambiente. En el balance general, no hay que dudar: para el autor, la integración mundial creciente no ha traído más que beneficios. Números: «Entre 1000 y 1800 la renta per cápita permaneció prácticamente estancada. Entre 1820 y 1900, la población se duplicó pero la renta per cápita creció 280%. Entre 1950 y 2000, la población se duplicó de nuevo y la renta per cápita creció 900%».

Entusiasta, el español agregó datos sobre aspectos que suelen tocar a la concurrencia de manera más personal. Por ejemplo, la expectativa de vida: «En 1900 era de 29 años promedio para la población de todo el planeta y de 40 años para los europeos; hoy es de 67 años promedio para toda la humanidad. Nunca se vio una evolución semejante». Matizó De la Dehesa, eso sí, con algunas sombras. El aumento de la desigualdad, por más que «los que más se quejan por la globalización son los pobres de los países ricos, que son los que forman los movimientos de impugnación; los pobres de los países pobres, con la caída del precio del valor de muchos productos de consumo básico, se benefician».



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