3 de octubre 2002 - 00:00

Los "equipos técnicos" políticos ¿ayudan o atentan contra candidatos?

Un país con tan expresivo y conciso preámbulo en su Constitución nacional, en su política real tiene pocas cosas más superfluas que las llamadas «plataformas» de los partidos políticos. No debe de llegar a 5% de los que van a una elección que las conozca. Y si lo hicieran, se encontrarían con tantas vaguedades o enunciados obvios que tendrían igual o más desconcierto que antes de encararlas, si con ello buscaban racionalizar su sufragio.

A los partidos de izquierda se los sigue por ideología o, al menos, por tendencia, y la desazón llega cuando hay que elegir quien los representa entre su pertinaz característica de subsistir permanentemente divididos y enfrentarse con ardor.

A los tradicionales, justicialismo y radicalismo, se los sigue por tradición, por sentimiento o por agradecimiento por favor recibido o a recibir. Los otros son los personalistas, por un lado, que surgen a partir de una figura con la cual se encumbran y decaen con ella hasta terminar en un «sello», y a los provinciales o zonales se los acompaña por un interés de proximidad inmediata comprensible.

En ninguno interesa la «plataforma» y sí la inclinación que se les conoce aunque termine dependiendo del candidato de turno consagrado en una votación.

En los grandes, UCR y PJ, hay «alas» que coinciden más con «alas» del rival que con las del propio partido. Ni hablar de la vergüenza histórica que han significado -catastrófico cuando llegaron a ser gobierno- las «alianzas» entre partidos que en sí mismos ya son incongruentes. Esto se vio desde la Concordancia, fines de los años '30; la Unión Democrática, de los '40; el peronismo-frondicismo de los '50 (exitoso gobierno pero cuando se escindió); el agrupamiento en el Colegio Electoral para Illia en los '60; Octavio Bordón-Chacho Alvarez, en el recientemente extinguido Frepaso; la «Alianza» que catapultó a Fernando de la Rúa a la presidencia en los '90, y la actual entente de crisol populista en un ala radical bonaerense y otra del mismo sentir del peronismo, el duhaldismo. Esta última «alianza» si está fracasando es porque buscó a destiempo el distribucionismo cuando no quedaba nada en el Estado para sustentarlo, pero fue más coherente, al menos.

El fracaso de las «alianzas» se fundamenta en que ya lo son dentro de cada partido entre tantos dispares «compañeros», «correligionarios» o «camaradas», pero se potencian hacia el fracaso cuando esas propias incongruencias de cada partido se adosan con las de otro. Es demasiado y estallan.

• Interrogante

Para remediar la inutilidad de las «plataformas» y la carencia de coherencias internas, los candidatos electorales que pueden suelen tratar de fortalecerse mostrando «equipos técnicos» de apoyo, principalmente «económicos», aunque hay que meditar si ayudan al lanzado a los comicios o atentan, en definitiva, contra él.

Suelen ser valiosos cuando se trata de centros de estudios de probado relieve y con antigüedad. Así fue valiosa la Fundación Mediterránea detrás para la proyección de Domingo Cavallo. Lo es FIEL para el candidato Ricardo López Murphy. Lo fue y es el CEMA para la segunda etapa de la década Menem.

También hay centros de análisis respetables y con probada experiencia en el pensamiento empresario o productivo, como puede ser el del reconocido Orlando Ferreres que comenzó a trabajar para el candidato José de la Sota o la Fundación Capital detrás de Martín Redrado. Igualmente tienen gran fuerza cuando el candidato se apoya en una figura de sólidos conocimientos y por tanto convocante y filtro de los «equipos técnicos» que lo acompañarán. Fue el caso de Alvaro Alsogaray y Roberto Alemann que en su persona ya representaban un «equipo técnico», con lo cual pudieron ser hábiles para designar los acompañantes menores.

Son peligrosos y no allanan el camino electoral al candidato los «equipos técnicos» cuando se dan algunas peligrosas circunstancias. Una es que no tenga el político que llega una figura excluyente -un Alsogaray, un Alemann o un Broda, por caso- en quien confiar directamente. Otra es creer que, aunque inspire «aire renovador» y modernoso, un «equipo joven» es la clave y allí se yuxtaponen la mayoría de las veces profesionales teóricos o quienes sólo quieren llegar a cargos públicos para contactarse con empresarios y cumplir en el futuro el ambicionado sueño de tener el «estudio propio de asesoramiento», con suculentos abonos mensuales. No es menos peligroso y expuesto a sorpresas que lo desconcierten el candidato que suma y suma a todo el que se le ofrece, sumándolo a «sus equipos» sin control ni selectividad.

Otro peligro es cuando se integran los «equipos» con demasiados -aunque algunos son siempre necesarios por su práctica- profesionales que hicieron la burocrática carrera desde escaños bajos de la administración pública. Esto suele caracterizar a los «equipos» del radicalismo. Se engordan mucho tales «equipos» con burócratas que «nunca tuvieron que pagar una quincena», como se los grafica bien.

Finalmente, el mal endémico más importante de los «equipos técnicos» en la Argentina es que la política se ensució y lastimó tantos currículums que las mejores inteligencias generalmente no los integran en la medida en que puedan desenvolverse con posibilidades de éxito en la actividad privada. Eduardo Elsztain de IRSA, Ezequiel Carballo de Macro, Adrián y Gerardo Werthein, Oscar Vicente, por mencionar sólo a algunos, nunca han pasado, siendo jóvenes, por «equipos técnicos» y cuando maduraron ya están demasiado consolidados como para servir desde la función pública al país. Hay excepciones. Emilio Cárdenas y Martín Redrado, que tampoco pasaron por «equipos», sí se brindan de maduros al país. Pero son pocos.

El «Otelo», estereotipo o símbolo extremo de la discusión sobre «equipos técnicos» es el empresario Francisco de Narváez, que formó y mantiene uno de casi «90 jóvenes» agrupados con alto costo antes y hoy en búsqueda de un candidato. Abandonó a Mauricio Macri cuando éste desistió de candidatearse riesgosamente a la presidencia de la Nación y optó por la, lógica y más conveniente a su carrera, candidatura a dirigir la Ciudad de Buenos Aires. Pero sucede que Narváez gasta tanto en un equipo para «planes nacionales» que se sintió ofendido de destinarlo a «planes municipales» como encaminar el endemoniado tránsito de Buenos Aires o la plantación de árboles en una metrópolis. Rompió por eso con Mauricio Macri y llegó a la paradoja extrema de «tener equipo» y faltarle candidato con proyección nacional.

Ricardo López Murphy no necesita «equipo» porque lo tiene (FIEL) y sus ideas son tan precisas que tampoco le costaría convocar los que necesite. Adolfo Rodríguez Saá, otro candidato presidencial, está en la inversa. Salvo Benalcazar no se ubica con certeza otra figura del área económica que pueda orientar sobre su accionar si llegara a la primera magistratura. Esto le reclama el establishment. Elisa Carrió tiene una figura, Rubén Lo Vuolo, que no se sabe si le hizo bien o mal a la candidata sacarlo a luz porque desde allí se acentuó su caída en intención de voto. Luis Zamora no tiene necesidad de equipos ni difundir nombres. Sus ideas de izquierda son conocidas y usar un «equipo» o enunciar una figura sólo terminaría espantándole los votos moderados que pueda haber atraído.

El caso complejo es Carlos Menem. «Sólo son seguros, si llega a presidente, Pedro Pou de nuevo en el Banco Central y Carlos Melkonián en Economía», sostiene Eduardo Bauzá, quien siempre ha usufructuado los tejemanejes de los «equipos técnicos» como una forma de nivelar con ese mundo de intrigas la practicidad y «la calle» que le ofrece al candidato el «tractor» de esfuerzos para actos políticos y dar la cara en medios que representa el otro ladero fuerte de Menem, como es Alberto Kohan.

Es curioso que, siendo el que menos necesita mostrar hombres y «equipos técnicos», porque todos saben qué presidencia haría, es el que más los tiene si se piensa en los equipos renombrados del CEMA (Roque Fernández, Carlos Rodríguez) además de Pablo Rojo y otros.

En «equipos», el menemismo se excede en difundir planes, inclusive por su cuenta algunos allegados. Un día llegó a
Ambito Financiero «una de las propuestas», tan insólita que se consultó directamente con Menem sobre si la avalaba. «Es un viejo trabajo sobre regionalización del país (agrupa provincias afines) que me había entregado hace años Emilio Perina. Pero no lo releí», confesó.

El fallecido Perina fue un formidable historiador y operador político pero planeó su «regionalización» antes de que los gobernadores tuvieran el enorme auge y peso político que hoy han ganado como para aceptar imposiciones porteñas. Por caso en ese trabajo se proponía crear la región cisplatina que abarcaba Misiones, Corrientes, Entre Ríos, entraba por el Delta, cruzaba la actual Capital Federal a la altura del barrio de Caballito y concluía en Berazategui, en el sur del conurbano. A su vez la Capital del país la circunscribía desde Caballito al Río de la Plata. Que un ciudadano de Berazategui se sintiera comprovinciano de un misionero resultaba poco creíble.

José de la Sota muestra un muy buen referente económico para su eventual presidencia, Orlando Ferreres. Bueno porque si algo caracteriza al cordobés es su imaginación para administrar, aunque suele darse de cabeza contra los números reales.

Así proliferan asesores y «equipos técnicos» que nunca tienen asegurado el futuro pero apuestan a él.

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