Eduardo Duhalde se mostró como un gran anfitrión, lo cual depende siempre de la índole de los invitados: tratándose de los «gordos» no podía ser de otro modo, ya que interpretó como nadie la música que los apasiona. En la Casa Rosada, acompañado por su secretario privado y discreto operador, José Pampuro, y por el ministro de Trabajo, Alfredo Atanasof, Duhalde recibió a Rodolfo Daer, Carlos West Ocampo, Armando Cavalieri, Gerardo Martínez, José Luis Lingeri, Oscar Lescano, José Pedraza, Diógenes Salazar y Reinaldo Hermoso.
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Duhalde estaba de buen humor. Venía de reunirse con la UIA, traída de la mano de su ministro de la Producción, José Ignacio «Bocha» de Mendiguren y, además, se regodeó con la presencia de algunos ultramenemistas en la mesa: «Cayeron», le comentó después a un íntimo, refiriéndose a Lingeri y Salazar, aunque a este último -telefónico- está unido por un canal secreto que es la tertulia de sauna que comparte con Osvaldo Mércuri en el Colmegna.
El clima de la reunión estaba garantizado por complicidades previas. Entre ellas, la designación de Ginés González García, a quien los «gordos» ya promovían como ministro de Salud de un gobierno de unidad nacional encabezado por Fernando de la Rúa. Aunque lo que más agradecen del presidente designado es la exclusión de Patricia Bullrich. A punto de convertirse en funcionaria, los gremialistas la vetaron amenazando con una declaración de guerra si no eran oídos.
Duhalde no entró en esas intimidades. Apenas repitió sus ideas generales, que halagan a sindicalistas como los de la CGT y también a los de la UIA, tipo «Bocha» De Mendiguren: «No voy a descansar hasta que logre una alianza entre la producción y el trabajo que sustituya el modelo que vino dominando al país durante todos estos años». Después, comenzó a dar ejemplos sobre cómo avanzar en esa línea. Se entusiasmó con el del calzado: «Tenemos que exportar zapatos nosotros y no que siga sucediendo lo de ahora, que Brasil se los vende a China fabricados con nuestro cuero. Si llevamos adelante un plan de este tipo, podemos crear, sólo con esta industria, 10.000 puestos de trabajo».
Gerardo Martínez, «Mediacuchara», encontró que era el momento para introducir su demanda. Lo conoce a Duhalde desde hace años y sabe de esa pasión por la construcción por la que lo llamaban «Ramsés II» en la provincia de Buenos Aires (que lo digan si no los hermanos Gualtieri, que esperan como nunca el regreso de Papá Noel). Por eso Martínez comenzó a recordar el efecto multiplicador que tienen los planes de vivienda sobre la actividad económica, y Duhalde le puso, al poco tiempo, la segunda voz. Eran varios los que querían una novedad sobre el tema: saber, por distintas razones, quién sería el ministro de Infraestructura u Obras Públicas. Pero dueño de casa no largó prenda. Por lo visto, sigue la puja entre peronistas y radicales, ya que Raúl Alfonsín quiere ver en ese puesto a Jorge Lapeña, quien sería generoso con los del PJ en el reparto de secretarías (Energía, Obras Públicas, etcétera).
• Miradas
Poco a poco, la de los sindicalistas se fue convirtiendo en una mesa de lobbystas. West Ocampo pidió pista para su sector, siempre con el rodeo de la situación social, tan calamitosa. Por eso, no bien «Mediacuchara» hizo una pausa, él encaró con la crisis de la salud. Repartía las miradas hacia Duhalde y también hacia Pampuro, que, además de oncólogo, es un experto sanitarista con gravitación en el área. Duhalde explicó que el problema de la salud debe ser visto desde su perspectiva social, asociando enfermedad y pobreza. Enseguida ilustró la idea Atanasof, informando además que él está trabajando en la materia en la órbita de Chiche de Duhalde, lo que le otorga una especie de seguro político dentro del gabinete.
A Duhalde le agradó la mención de su esposa, informó sobre el trabajo que ella está haciendo en materia de acción social y comentó algo que lo impresionó vivamente: «Ahí tengo un informe de Cáritas, que dice que hay mucha gente que rechaza los bolsones de comida que les enviamos, porque quiere trabajo y, de lo contrario, se siente humillada. Son los nuevos pobres, que hasta hace poco pertenecían a la clase media».
Los «gordos» se mostraron sensibilizados con el dato, pero volvieron a su tema: la salud. Duhalde bendijo sus gestiones: «Ya sé que estuvieron con González García y que van a colaborar en todo. Es que el interior está totalmente desabastecido de medicamentos y las cosas mínimas que se necesitan en una emergencia». Dijo al pasar que «Ginés recibió ya 85 millones de pesos, pero son una gota de agua para un incendio».
Casi social, la reunión terminó con un mal regalo de los sindicalistas, quienes explicaron que quieren que se abra la mesa del salario mínimo no para pedir aumentos, sino para estar atentos al comportamiento de la inflación. A Duhalde le cayó mal: «No hay inflación, y si la hubiera, no hay manera de controlar los precios. Primero, porque yo no creo en ese tipo de controles y, segundo, porque carecemos de una estructura para realizarlos». De pronto, se había vuelto liberal.
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