Se azoraban anoche en la Casa de Gobierno los funcionarios de Kirchner al conocer el cohetazo que tiró Tabaré Vázquez. En la larga reunión que mantuvo el matrimonio presidencial en el despacho de Alberto Fernández hubo epítetos irreproducibles para el mandatario uruguayo.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La bronca oficial era no sólo porque este viaje no traerá soluciones al principal problema externo que ha generado esta administración. También porque enrarece el debut extranjero de la presidente electa. Lo que era un escenario de privilegio, con todos los mandatarios iberoamericanos y el rey de España, se convirtió en un maratón de preocupaciones.
Según el análisis que se hizo en ese despacho, Vázquez es víctima de las presiones domésticas,pero tiene dentro de su país apoyos que benefician su estrategia de proyectar responsabilidades sobre el grandote de la pelea que es la Argentina. Eso le permite enjuagar la responsabilidad germinal del Uruguay en el problema, que ese país autorizó la instalación de un foco potencial de contaminación.
Se lamentó también Cristina de Kirchner de haberse franqueado con un periodista del monopolio «Clarín», a quien le dijo que «Botnia está ahí, es un hecho, ahora hay que saber si contamina o no». Esos dichos los usó el gobierno de Montevideo para decir que eran una contribución al clima de diálogo que podía terminar en un acuerdo que se firmaría entre hoy y mañana en Santiago de Chile.
No todo lo que escuchó allí fue tan articulado; se lo consideró a Tabaré Vázquez por debajo de sus responsabilidades y con una variabilidad anímica que merecería alguna atención profesional (todo dicho, claro, en el castellano duro que usan los políticos de puertas adentro).
De esa reunión salió la primera instrucción a Jorge Taiana, que llegó a Chile en los primeros minutos de hoy: abrazarse a España, victimizar a la Argentina como consecuencia de las tropelías uruguayas que van desde eludir controles ambientales hasta inventar que la Argentina (a través de Rafael Bielsa) habría admitido que estaba al tanto de la construcción de las papeleras sobre el río Uruguay.
Pero también mostrarse solidario con el rey de España explicando que el desaire de ayer del presidente del Uruguay no es sólo con la Argentina, sino con la investidura del monarca.
Mañana, suspendida la reunión de hoy con Tabaré -con quien limitarán los contactos a las reuniones protocolares-, los Kirchner tienen prevista una cita con el rey Juan Carlos en la que se hablará de todos los temas pendientes con España. Pero será dominante la sobreactuación del desaire del Uruguay, que da por tierra una facilitación que nunca aportó mucho, pero a la que se había comprometido a contribuir en la última reunión de los Fernández (Alberto y Gonzalo, jefes de Gabinete) con Juan Antonio Yáñez Barnuevo en Washington, en setiembre pasado.
Con este final, la administración de Néstor Kirchner termina sin haber contribuido a solucionar esta crisis. Más bien ayudó a que escalase, un absurdo y un error político incomprensible en quien alardea de conocerlo todo en política, porque a la Argentina le asisten todos los argumentos a su favor.
El que contamina es el Uruguay y con la ventaja que saca en el debate aprovecha las debilidades políticas de la administración Kirchner. Logró usar la vieja estrategia de victimizarse como país pequeño agredido por el grandote. Apalancó su posición de ventaja usando en su favor la lenidad del gobierno argentino -otra muestra de debilidad kirchnerista- ante los cortes de los puentes.
El tratamiento que le dio la Argentina al asunto ha sido tan desacertado como audaz y capciosa la posición uruguaya. Se dejó el gobierno local de Entre Ríos enredar en una querella local sobre quién había estado más distraído en su provincia ante el crecimiento de la «pipa» de Botnia, cuando nadie hablaba del tema. Fue antes de las elecciones de 2005, en cuyo calor de campaña surgió la polémica.
Kirchner esperó a que el tiempo enterrase la polémica, pero el agua le llegó al despacho; se dejó distraer por al astuto Busti, que se adueñó de la Secretaría de Medio Ambiente para poner a una abogada de su posición que tampoco aportó soluciones. La Cancillería puso abogado, viáticos y consignas nacionalistas absolutamente defendibles, pero que tampoco sacaron al país del problema. Botnia, que se asegura comenzará a funcionar (y eventualmente a contaminar el próximo lunes), siguió creciendo al ritmo de los escritos de los abogados que decían cómo no debió a crecer.
¿Puede creerse que este conflicto ambiental -hoy uno de los más graves del mundo- no ha sido sometido por ninguna de las partes a un proceso de mediación o facilitación técnicamente solvente? En los conflictos ambientales, los protagonistas discuten la vida o la muerte, transitan al borde de la violencia y generan liderazgos que compiten entre sí quién es más intransigente y supera la tibieza del antecesor. Son conflictos que no se resuelven en los tribunales porque no se trata de repartir cargas. Se trata de poner las cuestiones en un plano superior en el cual las partes imaginan el peor escenario, y también el mejor y el posible. Es cuando salen las soluciones. Nunca a Gualeguaychú ni a Fray Bentos fue un mediador solvente que sentase a las partes a escucharlos y comprometerlos en una solución. Sí fue más de un aventurero a sacar el beneficio del día sin pensar en el tiro del final.
Dejá tu comentario