11 de noviembre 2005 - 00:00

Magia oficial: en 15 días se rifó el éxito electoral

Néstor Kirchner, ayer junto a Julio De Vido antes de partir a Santa Cruz para un fin de semana en el cual se espera alguna definición sobre el nuevo gabinete que tiene que asumir el 10 de diciembre.
Néstor Kirchner, ayer junto a Julio De Vido antes de partir a Santa Cruz para un fin de semana en el cual se espera alguna definición sobre el nuevo gabinete que tiene que asumir el 10 de diciembre.
Más que reflexionar en su retiro sureño sobre los casilleros a ocupar en su nueva plantilla ministerial, quizás el Presidente debiera meditar sobre su último y no deseado récord: la formidable licuación en menos de 15 días de un éxito electoral que le costó churchileanos meses, esfuerzos y dinero construir. Cuando parece que no hay calamidad posible que altere la estabilidad económica y financiera, cuando ningún adversario orgánico le compite hoy con seriedad para 2007 (no lo son aún Mauricio Macri, Jorge Sobisch ni Hermes Binner), con la pista libre y sin límites para decidir lo que se le ocurre, Néstor Kirchner se embarra políticamente por una sucesión de imprevistos e incompetencias. Tanta que hasta inundó en el olvido su último triunfo en las urnas y deberá promover una campaña publicitaria para recordarle a la propia gente que lo votó que, hace apenas una quincena, desalojó con su esposa al duhaldismo de la provincia de Buenos Aires y logró adhesiones para su oficialismo en casi todas las provincias.

No es menor la lista de episodios malhadados y hasta provocados por sí mismo para explicar ese declive:

• Los acontecimientos violentos de la estación ferroviaria de Haedo.

• La poco feliz conducción de la cumbre marplatense y las lamentables manifestaciones.

• La incapacidad legislativa que, a pesar del dominio proclamado y la docilidad de sus oponentes, le impidió sacar leyes que consideraba clave.

• La penosa transacción para incorporar a sus filas, sin elementales condiciones éticas, a un legislador porteño como Borocotó.

Todavía no se encontró una razonable justificación para entender la desidia del Estado en la contención de los incendios y asaltos en ese barrio del Oeste. Por más que fue una «argentinada», la absurda demora en contener esos desmanes (unas 6 horas) motivó que el propio mandatario reprendiera por inoperancia a su ministro Aníbal Fernández y al bonaerense León Arslanian. ¿Fueron ellos los únicos culpables en reponer un orden en el que pusieron presos hasta dos jugadores de Deportivo Español que iban a entrenar? Algo falla en el sistema de seguridad, aunque se arguya neutralidad para no provocar muertos.

Lo mismo sucedió en Mar del Plata, donde más de una sospecha indica que hasta el propio gobierno -por más que trate de mercenarios a los manifestantes- alimentó el carácter de la protesta basada en consignas anti-Bush. Fue un intendente insospechable como Daniel Katz quien comprometió a la administración al señalar que «hubo zona liberada» -o sea, permiso oficial- para posibilitar que los vándalos arrasaran con viviendas y negocios. Aún no se ha escuchado una respuesta seria, razonable, a esa denuncia. Y ambas situaciones de violencia no fueron el único costado que limaron la imagen del poder supremo de Kirchner.

En el Congreso, por ejemplo, donde el kirchnerismo jura carecer de sitio para encajonar a tantos trasvasados nuevos, esa hegemonía política no le alcanzó: ni para sacar la prórroga de impuestos a su medida, ni para resolver varios artículos objetados del Presupuesto. Por no mencionar las complicaciones que le niegan la habilitación de nuevos poderes a Roberto Lavagna, mientras en el Senado la primera legisladora y su equipo debieron transigir en la ley de las ejecuciones hipotecarias por la apretada de los deudores escandalizados. Toda una semana legislativa con malos vientos cuando, se supone, a los gobernadores dueños de los legisladores el gobierno los maneja con la caja y la instrucción telefónica. Inexplicablemente, allí el poder del 23 de octubre se filtró como el aire por alguna rendija.

Lo mismo ocurrió en materia de política internacional, donde por primera vez el Presidente se dispuso a actuar como máximo Canciller -postergando a un desgastado Rafael Bielsa- frente a 34 países del continente, ubicándose en minoría no sólo frente a los Estados Unidos, sino frente a otra mayoría que piensa diferente. ¿Y fue sólo por presumir adrede de que se pronunciaba contra Washington? En rigor, todo resultó tan confuso y casi personal que la Argentina hoy defiende la misma posición menemista de los noventa (Carlos Escudé, en documentos de la Cancillería, escribió entonces, cuando era asesor de Guido Di Tella, que vamos al ALCA siempre y cuando se reduzcan y eliminen los subsidios), pero enemistándose con EE.UU., México, Colombia, Centroamérica, Chile y Uruguay (entre otros), sometida con instrucciones a la guía espiritual de Brasil (seguramente se apoyará a Lula para el Consejo de Seguridad cuando siempre se opinó lo contrario) que, al día siguiente de la cumbre, como corresponde a la astucia de Itamaraty, se burló de lo que había empeñado con el Mercosur y se congració educadamente con George Bush como su mejor amigo.

• Epílogo raro

Kirchner podrá decir que, al revés de anteriores ocasiones (Monterrey), él le dijo en privado a su colega norteamericano lo que revelaba en público, pero debió aceptar que éste -con un desdén impropio, además- en esta ocasión le reclamara al gobierno reglas claras, seguridad jurídica y, sobre todo, que observara una conducta más atenta a la corrupción. Detalle grave que nunca mencionan los políticos locales ni siquiera en las campañas electorales y que no se imaginaba en una administración fanatizada por mostrar transparencia como un culto. Lástima que no hubo conferencia de prensa de Bush para que precisara detalles. Epílogo raro para las relaciones de los dos países, más cuando el norteamericano parece disponer de los mismos argumentos de Kirchner contra el FMI y los bancos. Extraño también porque algunos vaticinan más distanciamiento, al menos en la próxima reunión de Túnez, donde la Argentina marcaría aún más las diferencias entre las dos naciones, como si hasta le doliera haberse separado de No Alineados-(hecho en el que participó Taiana como funcionario).

Desprolijidades varias, además, en esa reunión multitudinaria donde apenas, como muestra de unidad, sólo se pudo tomar una fotografía de todos los mandatarios juntos. Ni un sacrificio por otro gesto de solidaridad o amistad entre ellos, casi todos airados y desairados frente al show oficial a favor de Hugo Chávez. Por no hablar de la destemplanza contra Vicente Fox. Anfitriones debutantes, poco experimentados y gratos los argentinos, aunque Cristina de Kirchner evitó hablar y, también por primera vez, se anotó como concesión en un programa con otras primeras damas. Claro que desnaturalizó esa urbanidad cuando la responsabilizaron por un espectáculo olvidable en la gran cena -por lo menos, el secretario de Cultura José Nun dijo que él nada tenía que ver «con eso»-, de costo impreciso y sin licitación, que hizo Pepe Cibrián en el que se azotaba a Bush con gesticulaciones (justo a él, que es hijo de quien pedía «léanme los labios»). Por no hablar del entredicho, no sólo oral y llegando a lo físico, de Bielsa con su segundo, Jorge Taiana, o a las faltas protocolares de aceptar al embajador Lino Gutiérrez en la reunión con Bush mientras Kirchner prescindía del suyo (José Octavio Bordón).

Si el domingo Kirchner vivía como un triunfo progresista el enfrentamiento con Bush y predicaba un Mercosur que al día siguiente se desvanecía en Brasil con el romance Brasilia-Washington, las jornadas sucesivas retrataron otra impresión sobre el resultado de la cumbre. Quizá no se advirtió ese proceso en la Casa Rosada, donde reinaba tanto exitismo que hasta se permitieron organizar la fotografía del Presidente con el desertor Eduardo Lorenzo Borocotó, consagrar su incorporación al oficialismo como una vulgar compra de carne humana y, simultáneamente, alardear de ese hecho como una genialidad de la nueva política (la misma que pareció desintegrarse en pocas horas, con escándalo familiar inclusive, al admitir el diputado su ruina personal por malos consejos y peores contratistas). Ni aún salvándose Aníbal Ibarra se podían aceptar tantos desaciertos. Y en tan poco tiempo.

Quizás, entonces, hoy en ese alejado Río Gallegos, el Presidente se ocupe más de los tropiezos que le dilapidaron el éxito electoral como si fuera una rifa de kermesse, que de la tarea de nombrar gente a la cual, más tarde, simplemente va a ordenarle militarmente cada palabra que diga, cada paso que estire, cada acto que realice. Demasiado trabajo para un solo hombre, demasiado control.

Dejá tu comentario

Te puede interesar