17 de marzo 2008 - 00:00

Misión imposible de Cobos en el Senado

Julio Cobos tendrá una semana de tiempo para encontrar reemplazante para Jorge Tieppo, el secretario administrativo del Senado que renunció el jueves pasado al estar investigado por la Justicia mendocina por el otorgamiento cuestionado de un crédito mientras ocupó la jefatura del Fondo de la Transformación y el Crecimiento. Gracias al receso de hecho de Semana Santa no habría definiciones hasta el próximos lunes sobre el sucesor, aunque el problema que tiene hoy Cobos no es de tiempos, sino encontrar alguien que reemplace a Tieppo en el manejo de los fondos del Senado. Tieppo fue en realidad el segundo nombre en el que pensó Cobos para el cargo. El primero fue Sergio Marinelli, ex ministro de Gobierno mendocino, que no aceptó el cargo. Ahora Cobos podría pasar por un proceso similar hasta conseguir al reemplazante de Tieppo, aunque durante el fin de semana se mencionó a Pedro Marabini, ex ministro de Turismo y Cultura de Mendoza, de quien Cobos dice que «todo lo que hace lo hace bien».

El ex gobernador ya le aceptó la renuncia a su funcionario de máxima confianza, pero el Senado debe aún aceptarla formalmente en el recinto, ya que ese cargo es nombrado por el recinto y no por el vicepresidente. Y será el momento -quizás el 26 de marzo- en que Cobos deberá tener listo al reemplazante de Tieppo.

Esa formalidad que imponen los vericuetos del reglamento del Senado esconde, en este caso, otros problemas de fondo. La relación entre los radicales K y los kirchneristas se mueve bien sólo en la cúpula. Es decir, con mayor o menor simpatía, tanto Néstor como Cristina de Kirchner manejan a ese satélite del oficialismo sin mayores inconvenientes.

  • Desacuerdo

  • Los choques aparecen abajo. Se supo el fin de semana que Miguel Pichetto no estuvo de acuerdo ni en el momento ni en la forma de desplazar a Tieppo de su cargo: no es así como el oficialismo entrega la cabeza de un funcionario requerido por la Justicia, menos cuando la causa contra Tieppo está aún en sus comienzos y se basa en una interpretación de un dictamen del Tribunal de Cuentas de Mendoza que algunos cuestionan.

    Por lo tanto, el kirchnerismo cree que Tieppo y Cobos pueden haberse apresurado en presentar y aceptar la renuncia respectivamente. De hecho, no da la sensación, a pesar de algunos roces que se vieron en la sesión del Senado de la última semana, que Pichetto y el bloque peronista estén haciendo leña del árbol caído en este caso. Todo lo contrario.

    Los senadores siempre guardan una relación conflictiva con el vicepresidente de la Nación. No lo consideran un par y, por lo tanto, no le reconocen poderes más allá de presidir la Cámara y mantener en orden las cuestiones administrativas.

    El hecho de que la renuncia de Tieppo deba ser aceptada en el recinto es una prueba de esas prácticas, que no son exclusivas del peronismo. Se las impusieron, como a nadie, a Carlos Chacho Alvarez, a quien los aliancistas jamás toleraron. Y Daniel Scioli supo claramente lo que significó ser sapo de otro pozo en su propia casa.

    Con Cobos, de todas formas y a pesar de ser una relación entre un radical y peronistas, el incendio no parece que estuviera cercano aún, a pesar de que el kirchnerismo no aprueba la forma en que manejó esta crisis.

    Menos cuando consideran que no valoró lo suficiente la importancia del cargo que hoy está en juego. Por eso le tomarán examen en los próximos días al vicepresidente hasta ver cómo soluciona finalmente el entuerto.

    El cargo al que renunció Tieppo no es un puesto burocrático más. Ese puesto, que tiene la llave del Senado en lo que hace a fondos, nombramientos, contratos o licitaciones -más importante entonces que cualquier otra figura por allí-, tiene su historia en el Senado. Siempre fue ocupado por segundas líneas de los partidos, pero sobre los que el vicepresidente de la Nación se recargaba con confianza ciega.

    Un recuento reciente arranca en 1983 con el nombramiento de Justo Palomeque, que tuvo tanta estabilidad e importancia en su cargo como el propio Víctor Martínez: se fue cuando asumió Carlos Menem la presidencia al punto que la sesión de aceptación de esa dimisión se hizo ya con el nuevo gobierno peronista.

  • Pasajes

    La prueba de la confianza que los vicepresidentes le tienen a su secretario administrativo la dio también Eduardo Duhalde: cuando ingresó como vicepresidente de Menem lo puso a Angel Abasto en el cargo, un especialista en manejar «cajas», que poco después marchó para ser diputado nacional. El problema fue que Abasto terminó complicadopor una denuncia incómodacon la venta de los pasajes aéreos del Senado, tema que también se maneja desde la Secretaría Administrativa.

    Chacho Alvarez no tuvo mejor suerte: su hombre en ese puesto fue Ricardo Mitre, que terminó enfrentado casi hasta la sangre con el bloque peronista. Cuando Chacho lanzó su acusación sobre la existencia de «ñoquis» en el Senado, fue Mitre quien estuvo encargado de divulgar la lista de los nombres que llegó a todos los medios. Augusto Alasino se encargó entonces de la defensa del peronismo y eligió para eso un ataque directo a Mitre al que poco después nombraban en la bancada PJ con los sobrenombres de «comisario», «buchón» o «policía». Fue una guerra que, en realidad, no terminó hasta que Alvarez dejó la Cámara.

    Con la renuncia del vicepresidente llegó a controlar el Senado el radical Mario Lozada. Ahí la situación era distinta: el cuerpo ya estaba presidido por un senador y no por un «invitado», como consideraban al vicepresidente. Con él, José Canata se hizo cargo de la Secretaría Administrativa. Le tocó la triste tarea -más allá de ocupar el cargo en tiempos en que seguía el escándalo por las coimas en la votación de la reforma laboral- de tener que revelar las declaraciones juradas de bienes e ingresos de todos los senadores por presión del fiscal Paul Starc.

    Con la crisis, llegó a la Secretaría Administrativa Jorge Amarfil, en épocas en que pasaron por la presidencia provisional del Senado Juan Carlos Maqueda, José Luis Gioja y primero Ramón Puerta.

    Lo sucedió Héctor Machiaroli, que llegó de la mano de Daniel Scioli. Tampoco fue pacífica su designación.

    Machiaroli asumió sólo con el voto del bloque peronista, una rareza, ya que esos funcionarios, aunque sea por una cuestión de cortesía, suelen ser ratificados por todo el cuerpo.

    Al principio, la razón no se explicaba hasta que al final se supo la verdad: se cuestionaba a Machiaroli por haber cobrado en 2000 $ 76 mil por un retiro voluntario como agente del Estado. Eso lo invalidaba para volver a cumplir funciones en el Senado. Finalmente, Scioli lo obligó a devolver $ 37 mil de ese retiro y las aguas se calmaron.
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