Misión imposible de Cobos en el Senado
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Los senadores siempre guardan una relación conflictiva con el vicepresidente de la Nación. No lo consideran un par y, por lo tanto, no le reconocen poderes más allá de presidir la Cámara y mantener en orden las cuestiones administrativas.
El hecho de que la renuncia de Tieppo deba ser aceptada en el recinto es una prueba de esas prácticas, que no son exclusivas del peronismo. Se las impusieron, como a nadie, a Carlos Chacho Alvarez, a quien los aliancistas jamás toleraron. Y Daniel Scioli supo claramente lo que significó ser sapo de otro pozo en su propia casa.
Con Cobos, de todas formas y a pesar de ser una relación entre un radical y peronistas, el incendio no parece que estuviera cercano aún, a pesar de que el kirchnerismo no aprueba la forma en que manejó esta crisis.
Menos cuando consideran que no valoró lo suficiente la importancia del cargo que hoy está en juego. Por eso le tomarán examen en los próximos días al vicepresidente hasta ver cómo soluciona finalmente el entuerto.
El cargo al que renunció Tieppo no es un puesto burocrático más. Ese puesto, que tiene la llave del Senado en lo que hace a fondos, nombramientos, contratos o licitaciones -más importante entonces que cualquier otra figura por allí-, tiene su historia en el Senado. Siempre fue ocupado por segundas líneas de los partidos, pero sobre los que el vicepresidente de la Nación se recargaba con confianza ciega.
Un recuento reciente arranca en 1983 con el nombramiento de Justo Palomeque, que tuvo tanta estabilidad e importancia en su cargo como el propio Víctor Martínez: se fue cuando asumió Carlos Menem la presidencia al punto que la sesión de aceptación de esa dimisión se hizo ya con el nuevo gobierno peronista.
La prueba de la confianza que los vicepresidentes le tienen a su secretario administrativo la dio también Eduardo Duhalde: cuando ingresó como vicepresidente de Menem lo puso a Angel Abasto en el cargo, un especialista en manejar «cajas», que poco después marchó para ser diputado nacional. El problema fue que Abasto terminó complicadopor una denuncia incómodacon la venta de los pasajes aéreos del Senado, tema que también se maneja desde la Secretaría Administrativa.
Chacho Alvarez no tuvo mejor suerte: su hombre en ese puesto fue Ricardo Mitre, que terminó enfrentado casi hasta la sangre con el bloque peronista. Cuando Chacho lanzó su acusación sobre la existencia de «ñoquis» en el Senado, fue Mitre quien estuvo encargado de divulgar la lista de los nombres que llegó a todos los medios. Augusto Alasino se encargó entonces de la defensa del peronismo y eligió para eso un ataque directo a Mitre al que poco después nombraban en la bancada PJ con los sobrenombres de «comisario», «buchón» o «policía». Fue una guerra que, en realidad, no terminó hasta que Alvarez dejó la Cámara.
Con la renuncia del vicepresidente llegó a controlar el Senado el radical Mario Lozada. Ahí la situación era distinta: el cuerpo ya estaba presidido por un senador y no por un «invitado», como consideraban al vicepresidente. Con él, José Canata se hizo cargo de la Secretaría Administrativa. Le tocó la triste tarea -más allá de ocupar el cargo en tiempos en que seguía el escándalo por las coimas en la votación de la reforma laboral- de tener que revelar las declaraciones juradas de bienes e ingresos de todos los senadores por presión del fiscal Paul Starc.
Con la crisis, llegó a la Secretaría Administrativa Jorge Amarfil, en épocas en que pasaron por la presidencia provisional del Senado Juan Carlos Maqueda, José Luis Gioja y primero Ramón Puerta.
Lo sucedió Héctor Machiaroli, que llegó de la mano de Daniel Scioli. Tampoco fue pacífica su designación.
Machiaroli asumió sólo con el voto del bloque peronista, una rareza, ya que esos funcionarios, aunque sea por una cuestión de cortesía, suelen ser ratificados por todo el cuerpo.
Al principio, la razón no se explicaba hasta que al final se supo la verdad: se cuestionaba a Machiaroli por haber cobrado en 2000 $ 76 mil por un retiro voluntario como agente del Estado. Eso lo invalidaba para volver a cumplir funciones en el Senado. Finalmente, Scioli lo obligó a devolver $ 37 mil de ese retiro y las aguas se calmaron.




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