Estrella de contracumbres, Hugo Chávez se paseó por la tierra del más importante aliado de George Bush en Europa: la Londres de Tony Blair. Claro, no lo había invitado el primer ministro ni el partido laborista, sino el jefe de gobierno de la ciudad, Ken Livingstone, quien hasta hace poco había estado suspendido en sus funciones y al que le imputan extravagancias varias, un izquierdismo pueril, cierta debilidad antisemita y escaso talento para la administración de fondos. No es el único alcalde exótico del Viejo Mundo, ya que al de París también le atribuyen condiciones particulares y, como su colega Livingstone, por su propia cuenta llevó a su distrito al boliviano Evo Morales. Cierto tufillo autóctono, latinoamericanista y presuntamente revolucionario siempre ha tentado la curiosidad de algunos europeos.
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El venezolano Chávez, en Londres, habló en dos reuniones: una, casi propia, donde los seguidores aplaudían casi sin escucharlo, tarea casi insalubre porque duró por lo menos tres horas; la otra, con un público más heterogéneo y de nivel más conspicuo, fue organizada por la Canning House (centro intelectual y de negocios para Iberoamérica), juntó unas 300 personas -no menos de 60 eran de la delegación de Chávez-, con una veintena de embajadores de habla hispana (nadie dejó de advertir la ausencia brasileña) y, quienes entraron, pagaron 100 libras el ingreso.
Llegó el mandatario caribeño con 45 minutos de retraso -demostrando que no es el único de la región latinoamericana que gusta de llegar tarde- y, luego de saludar durante 20 minutos a numerosas muchachas asistentes (bien dotadas en general, por otra parte) inició su alocución. Si su mensaje hubiera durado 15 minutos, posiblemente hubiera dejado Londres con una razonable impresión. El drama es que excedió cualquier norma discursiva y tal vez no haya testimonio sobre todo lo que dijo porque buena parte de los asistentes se marcharon antes de que concluyera su larga perorata.
Por supuesto, no dijo en el principio nada atrapante ni novedoso, pero hay una moda en el mundo que empieza a aceptar la insistencia obvia de que las políticas económicas tienen implicancias sociales que no se pueden ni se deben ignorar. Con lo cual, señala, si hay que esperar 20 años para un ordenamiento económico efectivo sin producir acciones benignas para los pobres, esa política no sirve para la sociedad ni para los políticos. Para sostener la importancia del gasto social y que no desconfiaran de su mensaje ni de sus estadísticas, añadió a su perogrullada -aunque no incongruenteinformes de Naciones Unidas y otras agencias al respecto, puntualizando inequidades. Hasta allí, la atención era mesurada del público.
Divagues
Luego empezó con ciertos divagues, sacó a relucir datos propios de Venezuela y, como si fuera poco, mezcló personajes con sus números. Por ejemplo, halagó un par de veces a Néstor Kirchner y, para horror del mandatario sureño, también lo niveló con Eduardo Duhalde, ya que sostuvo que él había luchado contra «el FMI y la oligarquía privatizante que habían fundido a la Argentina». Al insistir con sus estadísticas propias de Venezuela, del proyecto bolivariano y de lo bien que le iba a su modelo económico, empezó a provocar sospechas en la audiencia. Las que se volvieron certezas -motivando el retiro de numerosos asistentes- cuando aludió a que su éxito no se produce por el hecho de poseer petróleo en cantidad y, mucho menos, de que se paguen fortunas por ese fluido.
Quienes se quedaron un rato más asistieron a un tono más virulento de su exposición cuando atacó a Hugo Toledo, su colega peruano, y extendió sus insultos al propio país. Simultáneamente, mencionaba a cada rato a Fidel Castro (no menos de 20 veces) y jamás mencionó al Brasil. Tampoco se refirió a Blair o a los ingleses (ya los había sacudido hace un mes y medio desde Venezuela), con Bush sólo tuvo una expresión de «irracional» como si ya no le interesara. Eso sí, le dedicó unos minutos a su colega Evo Morales, pidió apoyo para el boliviano, y advirtió que no había que tener ningún tipo de temor con ese Presidente. «Es igual a mí», sostuvo sin que nadie entendiera si eso constituía un elogio, una mimetización o la confesión simple y sencilla, casi peronista, de que son un complemento gattopardista del capitalismo.
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