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Nuestros políticos siguen operando así, como antes, como si no hubiera crisis nacional. El presidente del bloque de diputados radicales declaró que «hay grupos (ubicó principalmente los económicos) trabajando para hacer tambalear la democracia. Tienden a eliminar y desprestigiar los Parlamentos». A un legislador se le puede exigir más o menos cultura; abnegación, eficiencia o al menos dedicación. Lo que ya es inadmisible es que sea sordo social o que lo disimule en defensa de sus privilegios. Es penoso decirlo pero cualquier encuesta -aun las tan malas que le hacen cada cinco días a Eduardo Duhalde- mostraría que frente a sus dramas actuales, sin excepciones en todo el estrato social, los argentinos sacrificarían, sin remordimiento tampoco, la democracia -ni hablar de los políticos y «las legislaturas»- por superar sus angustias económicas, su temor a descender en bienestar y, sobre todo, verlo peligrar para sus hijos. Una encuesta de Graciela Rommer, con lo contrario, es incorrecta por formular preguntas con respuesta ineludible.
Porque, en la realidad, los únicos que no han perdido nada, antes y después del default y el «corralito» -salvo la valuación de sus propiedades y la productividad de algunos de sus numerosos negocios- son los políticos, ya esclarecidamente identificados como los máximos causantes de ambas dramáticas derivaciones. Si hay algo que comenzó a aprender la gente es que el desnivel de los balances del Estado -donde los adalides del gasto son los políticos- es la causa principal de este actual estallido.
Podría decirse de los políticos que sólo perdieron en no poder ir a comer a sus restoranes exquisitos como «José Luis», «Piegari», «Oviedo», «La raya» y otros en la Capital -son de buen comer- por temor a la reacción de la gente. Inclusive han surgido restoranes nuevos -como «Puro humo», de Daniel Lalín- que tratan de armar su clientela con políticos atemorizados en base a asegurarles que sacan del local en el acto a quienes intenten escracharlos mientras degluten.
Hoy conectarse con un político significa teléfono, verlo en su despacho del Congreso, si es legislador -donde los protegen policías y un alto y largo vallado- o cenar en lugares exóticos como los restoranes de los grandes hoteles cinco estrellas donde predominan los extranjeros que no los conocen y entre quienes se siente seguro, al menos por dos o tres horas de agradable comida. Igual se quejan porque les resulta más caro que sus restoranes tradicionales y dicen -entre en serio y en broma- que «la labor de ser político en la Argentina se ha transformado en muy peligrosa y tiene que ser mejor remunerada».
En otra época los políticos pugnaban porque el periodismo les hiciera reportajes, los convocara a programas televisivos, les publicara su foto. Hoy prefieren pasar lo más inadvertidos posible.
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