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6 de marzo 2002 - 00:00

Pacto Alfonsín-Duhalde no se dobla, se rompe

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Se manifestaron los mensajes a través de dos vías. Una, pública; la otra, privada. Desde el púlpito del Senado, dos legisladores afines al mandatario, Jorge Yoma y Luis Barrionuevo, la emprendieron duramente contra Alfonsín. No fue un ataque menor (ver nota aparte) y, si bien, sería atrevido decir que lo estimuló Duhalde, seguro es que podía haberlo evitado. No dijo nada cuando se lo anticiparon los protagonistas, hace 72 horas, dos fighters especializados en estas lides. Más bien, se diría que consintió la ofensiva.

El otro manifiesto contrario -el más doloroso para Alfonsín y su compañía con Leopoldo Moreau y Federico Storani-no pasó por la exposición pública en el Senado sino por un cónclave secreto: Duhalde instruyó a más de un ministro para que se dediquen a la racionalización del PAMI y de la ANSeS. La razón: no se les puede imponer restricciones al agro (retenciones) y al resto del sector privado, y no hacer nada dentro del Estado (en rigor, dijo «hacer poco»). Absorbió entonces un influyente consejo de Jorge Remes Lenicov y de otros economistas que consultó en las dos últimas semanas.

Las críticas en el Senado y una acción sobre PAMI (descentralización al principio y desmontaje posterior de la estructura nacional) y ANSeS constituyen un misil a la línea de flotación de Alfonsín. Es que él aguardaba solidaridad en la Cámara alta para enfrentar, desde la política, a la mayoría silenciosa que lo desdeña y a los expresivos «caceroleros» que lo fastidian en la puerta de su casa (a estos últimos los amenazó casi delirando con enjuiciarlos por sedición) y, en cambio, se tropezó con colegas que adhieren al coro de revoltosos. Y, por otro lado, al ex mandatario lo afecta -casi igual que a Moreau y a Storani-cualquier proceso de ajuste o limpieza en PAMI o ANSeS, institutos oficiales que les remuneran nóminas enteras a los adherentes de su partido, organismos que se han convertido al decir de ciertos estudios en verdaderas guaridas políticas.



La ruptura con Alfonsín, disimulada por el momento, puede obedecer a un orden especulativo del mandatario: con el pacto se hizo designar en la Rosada, luego consiguió la nueva ley de coparticipación y, anoche, la del Presupuesto. Por lo tanto, ya puede soltarse del abrazo alfonsinista, cuya gente y él mismo hasta ahora jamás levantaron el teléfono para sugerir un consejo sino para pedir cargos. Lo que ha irritado, aunque no se crea, hasta la piel de elefante de los peronistas, curtida como pocas por la demanda de «ñoquis».

Semejante estatura estratégica concedida a Duhalde en materia política, a veces, parece demasiado excesiva, casi propia de los editoriales de los principales matutinos de los domingos. Evitemos el traspié de interpretar o traducir el lenguaje del Presidente. Quizás, más módico, él ha consultado encuestas -otra vez, claro-que concluyen en la nefasta conveniencia de asociarse con Alfonsín & Cía., sondeos que revelan desprecio colectivo por el jefe radical. Esa puede ser la razón del insinuado alejamiento. O, tal vez, el tropiezo con actitudes o declaraciones de Alfonsín que resultan desdichadas.

Había que ver el rostro de Duhalde cuando Alfonsín, en la discusión sobre los fondos a las provincias, con seriedad y templanza, le aconsejó a Remes como si hubiera aprobado Contabilidad 1: «Miren, muchachos, las provincias necesitan plata. De modo que ustedes tienen que emitir. Por favor, emitan, emitan sin miedo, los vamos a apoyar». Frase inolvidable, para los anales de la historia política argentina -ya no hablemos de economía-y que, al escucharla, Duhalde se agarró la cabeza. Como es una tarea ímproba, titánica por la extensión macrocefálica, en ese ejercicio físico tuvo tiempo de pensar y se reconoció a sí mismo: «Alfonsín es más una complicación que una ayuda».

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