Dorado por el sol de Punta del Este, enfundado en un elegante traje gris azulado, que resaltaba su corbata con un detalle rojo, llegó a las 10 en punto. No fue reconocido: la lupa sobre él se posaría una horas más tarde, cuando Luigi Pallaro daría su voto clave a Romano Prodi.
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Antes de hacerlo, el lunes pasado, se citó duranteuna hora y 40 minutos en secreto con Aníbal Fernández. Previamente, quizá por precaución, visitó al médico y más tarde, tras la charla con el ministro, partió a Ezeiza. Unas horas después, en Roma, allanaba la continuidad de Prodi.
Con sutil diplomacia de conurbano, Fernández consiguió que a Pallaro se les esfumen las dudas que tenía sobre Prodi. La semana anterior huyó de Roma y se escondió en las playas esteñas hasta donde lo rastreó la Casa Rosada para llamarlo «a conversar».
El resultado se conoce: el senador por los inmigrantes italianos en América afincado desde hace 50 años en la Argentina movió su llave de oro a pedido de Kirchner que logra sus propios réditos: con Prodi, la discusión por los bonistas italianos no se reabrirá hasta después de la presidencial de octubre.
Con la certeza de que un paraguas impide abordar ese asunto espinoso, Daniel Scioli viajará en unos días a Italia y será recibido por toda la primera plana del gobierno, entre ellos el presidente Giorgio Napolitano y empresarios como Luca Di Montezemolo, CEO de Ferrari.
De más está decir que para Kirchner es mejor Prodi que Berlusconi aunque, claro, habrá que ver si la intervención no le acarrea, en el futuro, algún costo al gobierno argentino.
Atento y previsiblemente, Pallaro negó cualquier presión de la Casa Rosada, aunque reconoció que se vio con un funcionario del gobierno argentino.
Pero por simple error o para confundir, falló en el nombre de pila: frente a la prensa afirmó que se había citado con Alberto Fernández, «il capo de governo» a decir del ex presidente italiano Francesco Cossiga, cuando en rigor estuvo con el otro Fernández. Si fue una equivocación es llamativo. Aníbal F. no es un desconocido para el senador ítalo-argentino que funcionó como llave para que Prodi perdure en la cima del gobierno italiano: el año pasado ya había sido recibido por el ministro en la Casa Rosada.
Es más: en su momento, con extremo sigilo, el gobierno se activó un operativo político para apoyar a Pallaro en la elección de los italianos residentes en el país. Lo mismo con Mirella Giai, una socialista rosarina que quedó afuera por un puñado de votos, traicionada por la familiaridad: en la lista, con el sistema de preferencias, los votantes escribían su nombre, Mirella, sin hacer mención a su apellido. Muchos votos no fueron válidos y por eso, en su lugar, ingresó el brasileño Edoardo Pollastri.
Sobre Pallaro, la historia se remonta muchos años y aparece ligado con la intervención, siempre oculta, del gobierno argentino para incidir en las elecciones de los extranjeros radicados en la Argentina como cuando facilitó a 104 mil bolivianos ir a votar a Evo y a 35 mil chilenos para que sufraguen a favor de Michelle Bachelet. Lo que se dice, punterismo extrafronterizo:
En los 80, el presidente de la Cámara de Comercio italiana en la Argentina tuvo vínculos con el peronismo. Como protagonista importante de esa numerosa colectividad, se convirtió en un personaje atractivo. Al punto que se hablaba de los «ítalo-peronistas», y Pallaro, junto a Antonio «Tonino» Macri, era uno de los actores más relevantes. De hecho, el fallecido Tonino -hermano de Franco, tío de Mauricio y padre de Jorge, el diputado provincial-era quien se perfilaba como el potencial senador por Sudamérica. Respecto de los vínculos con el peronismo, hay versiones cruzadas, pero la más sólida lo relaciona con Antonio Cafiero, a partir de la cercanía de ambos a la Democracia Cristiana, a pesar de que Pallaro nunca militó en la DC local. No faltó, al margen, alguien que enlace al senador con el omnipresente Carlos Grosso.
En la votación del año pasado, industrial y con nexos con el negocio del correo privado, Pallaro despertó la queja de sus competidores italianos en la Argentina porque se lo enlazó comercialmente con la empresa Andreani, encargada de repartir en la Argentina, casa por casa, los formularios para la elección. Nadie lo dijo en público, pero el reproche se escuchó entre los candidatos perdedores luego de que, con lista independiente, Pallaro lograse su banca en el Senado.
Quizá fue un aprendizaje de sus amistades en el peronismo: a pesar de simpatizar con Silvio Berlusconi, Pallaro entrevió que era una hora crítica para el zar de los medios, y decidió jugar sin boleta autónoma, por lo que compitió por la Associazione Italiani in Sudamerica, de tendencia de «derecha «civilizada y peronista» -dijo, ocurrente, alguien que frecuentó a il senatorepero sin «pegarse» directamente con Berlusconi. La jugada le dio resultado.
Además de esa maniobra astuta, Pallaro contócon la secretísima asistencia oficial que operó a través del viceministro del Interior, Rafael Follonier, y se extendió a Venezuela y Brasil para la votación de italianos en el exterior. Viejas deudas que il senatore tuvo que pagar cuando Aníbal Fernández lo tuvo entre las cuerdas durante casi dos horas el lunes pasado hasta «convencerlo» de que lo mejor era contribuir a la continuidad de Prodi como premier italiano.
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