Siguió Kirchner con el micrófono, amigo de usar los brazos como aspas -una forma tal vez de darse energía- y repitió las monsergas de los actos barriales: sólo que en esta ocasión salía por TV abierta, naturalmente por «Canal 7» (obra maníaca de propaganda de Carlos Ben) y la audiencia desprevenida se alarmaba por un discurso de barricada que ni siquiera evitaba olvidar a los muertos. Nada significativo el mensaje, sólo el tono gritón, casi amenazante, impropio para que lo soporte una familia común que escuchaba en la casa y se sorprendía ante un postulante que reclamaba groserías como «Vamos a poner lo que hay que poner». Aunque eso, en verdad, no puede sorprender en la televisión basura. Finalmente, entre el gasto de Quindimil, la afrenta que soportó Solá y la intimidación gestual y oral de Kirchner, cualquiera entendía lo que es el duhaldismo salvaje. No se debe desesperar: todavía falta ver lo mejor aunque el país haya soportado lo peor.
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