16 de enero 2002 - 00:00

Pierde espiritualidad la concertación duhaldista

No parece fácil la convocatoria a una concertación lanzada por Eduardo Duhalde. Cosechó, claro, la adhesión de Raúl Alfonsín y del Comité Nacional de la UCR -aliada al PJ duhaldista por el negro pacto bonaerense-, al tiempo que desde el gobierno aclararon: una cosa es el diálogo y sus conclusiones, otra son las decisiones que adoptó el Presidente. No sea que se le restrinja la autoridad. Por lo que parece, entonces, el diálogo sólo sirve para la foto.

Por otra parte y desde Córdoba, llegó la opinión del cardenal Raúl Primatesta, afirmando que está en desacuerdo con que «una consultora internacional» -como es el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD)- participe del monitoreo de este diálogo. Todo complicado.

Desde el Chaco, el gobernador Angel Rozas aseguró que comparte la idea de la concertación social propuesta por Duhalde junto a la Iglesia. «Como presidente del Comité Nacional de la UCR, yo también he propuesto un llamado a la concertación social, cuando gobernaba Fernando de la Rúa», dijo Rozas rescatando la paternidad de la iniciativa nonata, y aseguró que «está muy bien que la Iglesia diera el puntapié inicial, porque es una organización moralmente jerarquizada». Admite, obvio, que la dirigencia política no está a esa altura.

• Carriles separados

Por otra parte, el secretario general de la Presidencia, Aníbal Fernández, aclaró que el diálogo social convocado por Duhalde y la toma de decisiones «corren por carriles separados» porque el gobierno -afirmó en singular lenguaje- «no está llamando a nadie para que le haga de patota y decidir en conjunto». No vaya a pensarse que el favor mutuo entre Iglesia y gobierno -no se sabe qué puso el gobierno- concluya en que se le limiten las facultades a Duhalde.

Quizá previendo estos equívocos, la Iglesia ha reiterado que sólo prestará un ámbito para el diálogo, sin tomar parte en las decisiones, aun cuando obispos como Jorge Cassaretto hagan declaraciones todos los días. Para evitar el riesgo de que un fracaso termine arrastrando esa jerarquía moral de la Iglesia a la que aludió Rozas.

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