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2 de noviembre 2007 - 00:00

Policías asesinados: la novela de los perejiles

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La Policía Bonaerense realizó allanamientos, la Justicia detuvo y liberó sospechosos y aún no hay una hipótesis confirmada sobre el asesinato de los tres policías en La Plata.
La inquietud que estremeció a Néstor Kirchner la madrugada del viernes 19 de octubre cuando le notificaron, con gravedad, sobre el crimen, brutal y sanguinario, de tres policías en las afueras de La Plata, aún no se disipó pero, ahora, lleva una carga distinta.

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Aquella sensación, a apenas 10 días de las elecciones donde se jugaba la suerte de la primera dama, sacudió otros despachos el domingo 28, en plena votación, cuando el juez César Melazo liberó a los dos sospechosos que habían sido detenidos apenas 48 horas antes.

La novela serpentea demasiado entre las dos fechas, da tantos barquinazos que es difícil entender -sin caer en el absurdo-por qué la hipótesis que luego sonó más lógica ni fue considerada al principio y qué motivó a un juez a desautorizarla con tanta determinación.

Las versiones -interesadas claro-que circulan son tan diversas y antagónicas como diferentes y opuestos los deseos de los protagonistas de la historia. Aquí cinco puntas para enriquecer esa «leyenda urbana»:

1- El primer claroscuro es que la consolidación de la hipótesis de crimen pasional, así como refleja que los investigadores judiciales y policiales lograron encauzar con relativa rapidez la pesquisa, deja en falso la teoría del episodio político con objetivo desestabilizador. En esa pulseada muda ganan León Arslanian y, quizá, Felipe Solá -por encarrillar rápido un hecho que afectó a la «familia policial» por tratarse de tres efectivos-. Y pierde Néstor Kirchner, que unas pocas horas después del crimen usó el atril de la Casa Rosada para denunciar una conspiración. De permanecer firme la línea que apunta a Leandro Colucci y un grupo de barrabravas de Estudiantes de La Plata, el caso del triple crimen será una versión agravada del Caso Gerez, aquel albañilmilitante, que estuvo ausente unas horas, forzó una cadena nacional del Presidente y un rato después reapareció casi casi ante las cámaras de «Canal Siete». La causa Gerez parece condenada a boyar por cajones húmedos, ignorada, hasta vaporizarse.

2- Cuando 48 horas antes de la elección del domingo, la Policía detuvo a Colucci, ex novio de la joven que tendría un vínculo sentimental con Alejandro Vatalaro, el policía al que acuchillaron 33 veces, y al «pincharrata» Gustavo Matrovitto, la Casa Rosada ardió. Tres días antes, desde Bolívar, Kirchner le había reclamado a la Justicia que encuentre a los culpables verdaderos y no que detenga «perejiles». ¿Sabía, por entonces -ese martes, Ambito Financiero anticipó que asomaba la hipótesis pasional-Kirchner que la teoría del complot político para generar caos tenía poco sustento? ¿Había escuchado, para ese día, una versión diferente -y correctiva-de la que el viernes anterior, poco después del crimen, le confió un informante (de los profesionales que usan seudónimo) apresurado? Es probable, porque luego el patagónico no volvió a hablar de conspiraciones con el énfasis de un rato antes.

3- Para enriquecer la trama, además de la «identificación» de Colucci -a partir de un identikit, confeccionado a partir de los dichos de un taxista que vio al conductor de la LUV que había sido robada-, aparecieron, como supuestos ejecutores, barrabravas de Estudiantes de La Plata que en octubre de 2006, en San Vicente, se tirotearon con los seguidores de Hugo Moyano durante la accidentada mudanza de los restos de Juan Domingo Perón. Aquella vez, el gobierno habló de una conexión, nunca probada públicamente, entre los «barras» que animó Juan Pablo «Pata» Medina, jefe de la UOCRA platense, y Eduardo Duhalde. Todo, otra vez, respondía -según la percepción oficial-a una perversa operación de desestabilización.

4- El derecho a la defensa, garantizado por la Constitución, trajo a la mesa a un grupo de abogados que los investigadores vinculan al reconocido Fernando Burlando. Sólo Flavio Gliemo -defensor de Colucci-, aseguran quienes trabajan en la causa, no tiene relación directa con Burlando. La última reacción de los patrocinantes, advierten que a pedido de la familia, fue solicitar la internación de Colucci en un neuropsiquiátrico. Ese hecho, dicen los investigadores, podría complicar la investigación porque dificultaría el acceso al acusado. Ocurrió al mismo tiempo que los peritos determinaron que la sangre encontrada en el auto de Colucci era humana y no vacuna como había declarado, en un principio, el sospechoso.

5- El «quinto elemento» es Melazo, al que la gobernación acusa de haber demorado las órdenes de allanamiento a la casa de los sospechosos, y que tiene una larga secuencia de conflictos con Felipe Solá que hasta llegó a iniciarle un jury -por sus actuaciones cuando la provincia inició una avanzada sobre los desarmaderos- que terminó encajonado. Fue una de las últimas actuaciones del fallecido procurador Eduardo Matías De la Cruz.

En medio del frenesí electoral, Melazo desautorizó la hipótesis pasional al liberar a Colucci y Matrovitto. Por esas horas, como un coletazo de la interna sangrienta del PJ platense, Julio Alak y Pablo Bruera se imputaban mutuamente que los detenidos eran «punteros» del otro. Los medios platenses, ring de esa batalla, repetían minuto a minuto esas acusaciones cruzadas. Melazo arguyó que las pruebas no eran suficientes para mantener detenidos a los acusados. De ese modo desarmó la hipótesis del móvil pasional y por la negativa volvió a poner en juego la teoría política que abrazó Kirchner alentado por el informador madrugador, versión que destiñen los investigadores judiciales y policiales al sostener que las pruebas contra Colucci y los «barras» son «contundentes»: facas «compatibles» con las usadas en el crimen, armas de fuego con vainas con «manchas pardo rojizas» y varios elementos con manchas «símil sangre». El interrogante mayor es: ¿si las pruebas son tan sólidas por qué Melazo liberó a los detenidos? ¿No suponía que esa acción podría, en el futuro cercano, traerle consecuencias? En tribunales, en defensa del magistrado, hablan de «causa armada» y señalan a un uniformado con galones y alguien que transita los ámbitos judiciales unidos por algo más que la búsqueda de «la verdad».

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