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31 de julio 2006 - 00:00

¿Por qué se exagerará tanto en los comentarios políticos dominicales?

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Michelle Bachelet y Tabaré Vázquez
MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».


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Cuando este columnista escribe en «La Nación» el domingo que «son dos conflictos fáciles de resolver los de Uruguay y Chile» (papeleras contaminantes en Fray Bentos, y chilenos que caen en la utopía de querer que la Argentina no les traslade el aumento del gas que Bolivia le aplica para que se lo tercerice) se deja de leer con atención, porque a este hombre Joaquín Morales Solá ya se lo ubica en la ultracrítica, o sea en la parcialidad absoluta contra el gobierno. Una oposición así complica mal a la prensa no alineada al gobierno porque en un medio como «La Nación», el extremismo con la pluma, no puede recibir solidaridad desde el momento en que hace tan burda la oposición que favorece en definitiva al gobierno.

¿A qué presidente, el actual o cualquiera, le sería «fácil» seguir subsidiando el gas a una nación como Chile de muy buen desarrollo económico como lo hizo durante 12 años a un costo de u$s 12.000 millones y contribuyendo mucho sin obligación, ni siquiera solidaria con la pobreza, a ese «desarrollo»? ¿Qué presidente, así fuera Perón o Frondizi, puede mostrarse indiferente si un sector de entrerrianos verá afectada su salud en un año -y más dentro de dos- por la producción a 30 kilómetros de un solo núcleo de dos empresas con el propósito de producir pasta celulosa con dióxido de carbono, altamente contaminante, en cantidad de dos millones de toneladas anuales porque no la dejan hacer lo mismo en sus países? Según el columnista Chile y Uruguay «deberán esperar después de las elecciones». Como Morales Solá defiende tradicionalmente a Roberto Lavagna, cabe suponer que si este ex ministro fuera en definitiva candidato, ganara las elecciones y llegara a presidente dejará perder salud a los entrerrianos y Chile volverá a recibir un subsidio anual de 1.000 millones de dólares desde la Argentina para que después Fidel Castro diga -como lo dijo en Córdoba- que los argentinos «podemos bajar el índice de mortalidady acercarnos al de Cuba» si invirtiéramosmás en tan dramático problema. No es creíble que ése sea el pensamiento de Lavagna porque podría equivaler a un suicidio político.

No se puede leer mucho más en algo que no parece una «columna dominical» sino la obra de un «quintacolumnista» porque al exagerar aporta el aparente criticado. Una de las variantes de la dialéctica comunista para captar en las calles -en Europa y también se vio en la Argentina- era dos personas discutiendo generalmente en las aceras, aunque también se usó en radio y TV, a los llamados «corrillos» frente a las tradicionales pizarras con noticias de los diarios. Uno aparecería como extremadamente defensor del capitalismo y el otro un moderado simpatizante del marxismo. Las exageraciones hasta el ridículo del primero exasperaban a la gente que oía, la cual iba solidarizándose hasta convencerse con los conceptos calmos del marxista, aunque en la parodia ambos lo eran. Cuando lograban el efecto se iban por distinto lado y buscaban otra reunión o asamblea donde repetir la estrategia de captación de los llamados «idiotas útiles» que, a su vez, eran propaladores de la «derrota» del sistema democrático de producción llamado capitalismo y de las «bondades» del marxismo.

El columnista de «La Nación» incluye, además, conceptos muy poco creíbles como que «Bachelet (Michelle, presidenta de Chile, está descompuesta (?) de enojo porque Kirchner la ha dejado en manos de sus duros opositores internos», cuando es sabido que las «oposiciones» en Chile -también en Uruguay- nunca son salvajes, como en la Argentina, por su elevada cultura política y no la van a acorralar a esa mujer cuando saben que ese aumento del gas era inevitable y que sería mucho mejor para los chilenos hasta pagar el doble del incremento argentino si la alternativa es rechazar la tercerización e ir directamente a negociar gas y precio con los bolivianos y Evo Morales: sin duda Chile pagaría menos, mucho menos, pero acordando devolver a Bolivia las tierras que le tomaron a comienzos del siglo pasado tras la «guerra del Pacífico», que dejó a los bolivianos sin salida al mar. El drama de Bachelet es que si inicia sus tratativas por ese lado ahí sí la oposición se encarnizaría con ella cuando ya de por sí la mira sospechosamente de reojo por considerarla demasiado distante de la calidad de gobernante de su antecesor Ricardo Lagos.

El columnista no dedica ni un párrafo a males reales de Kirchner y muy criticables como no haber ido a la asunción de Alan García en Perú y ni menciona que no haya enviado ni siquiera a un funcionario menor a la apertura de la Exposición Rural, batiendo el segundo récord histórico de un gobierno contra la ganadería argentina (el primero fue imponer a privados un «no compren» y dejar 10.000 cabezas de ganado un fin de semana en el Mercado de Liniers).

Cae la columna en contradicciones como decir que Kirchner tiene buena relación con Lula da Silva -es cierto- y seguidamente afirmar que el venezolano Hugo Chávez «es la relación de Kirchner en la región». ¿Uno más uno no suman por lo menos dos? Hay que cuidarse un poco de analizar las críticas huecas de este columnista en «La Nación» porque podría terminar siendo este diario Ambito Financiero el «idiota-útil» que, en el método dialéctico descripto, termina propalando las bondades del kirchnerismo por las exageraciones evidentes de sus «críticos» aparentemente imparciales. Nadie en periodismo puede ignorar que el crítico pertinaz, que nunca reconoce nada bueno al criticado, termina, evidentemente, jugando a favor de éste, o sea Kirchner en este caso.

VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».


Felizmente este columnista, aunque tantas veces haya sido criticado en esta sección, volvió a su columna dominical principal el domingo en el monopolio «Clarín». Retornaron al sábado -día en que menos diarios se leen- al inefable Oscar Cardozo y sus fobias hasta por momentos cómicas contra los norteamericanos a los que poco faltó para adjudicarles culpas también en los tsunami que devastaron dos veces a países de Asia o contra los israelíes y que adora a Fidel Castro pese a los periodistas presos por expresar ideas.

Van der Kooy desarrolla bien, aunque un poco tarde, la lógica de varios aspectos sobre las papeleras contaminantes de Uruguay. Por ejemplo, reconoce que el vecino país siempre y el gobierno argentino al comienzo ignoraron a los asambleístas de Gualeguaychú que serán los afectados en su salud cuando las papeleras entren a funcionar. Luego incursiona bien algo que en Ambito Financiero se dijo desde el primer momento del fallo de La Haya: no suspendió la construcción de las papeleras con lo cual le dio un triunfo al presidente uruguayo Tabaré Vázquez (sobre todo contra los tradicionales partidos internos que siempre gobernaron en Uruguay hasta el año pasado) pero le endilgó una pesada carga que empalidece ese llamado «triunfo»: le adjudicó la total responsabilidad al gobierno uruguayo de ordenar que siga la construcción de las papeleras ENCE y Botnia, pero también la responsabilidad futura total -y no de las empresas- si la producción contamina, como sin duda lo hará por la proximidad de tantos núcleos poblacionales (pobladores de Fray Bentos a 12 kilómetros y de Gualeguaychú a 30). «No sólo podría determinar la contaminación la paralización y hasta el desmantelamiento de las pasteras (porque harán pasta de celulosa) sino porque sería el Estado uruguayo antes que las empresas el que debería responder en valores económicos y políticos por aquel perjuicio. Algo parecido a una debacle.»

Este aggiornamento (o el retorno al poder del monopolio de Héctor Magnetto tras 10 meses de tratamiento anticáncer en EE.UU.) sobre el problema del columnista de «Clarín» (en el pasado llegó a pedir hasta que la SIDE investigara a los asambleístas que protestaban en Gualeguaychú) contrasta con Morales Solá quien ayer -totalmente pro extranjeros- escribió en «La Nación» que « Tabaré Vázquez le abrió una puerta a Kirchner, en Córdoba (cumbre de presidentes) para que se fuera de la derrota en La Haya». La realidad es la inversa: el mandatario argentino no quiere un diaálogo el cual Uruguay podría invocar en el futuro (como Michelle Bachelet con sólo hablar de gas con el ministro Julio De Vido) que la

Argentina, aunque no quede nada escrito, convalidó verbalmente la construcción de las empresas contaminantes. Uruguay y Tabaré Vázquez quieren y necesitan ahora el diálogo que antes negaban por la pesada carga de responsabilidad futura que les impuso la Corte de La Haya tras el aparente triunfo de no parar las obras. Van der Kooy adelanta que el tribunal del Mercosur podría darle otro «triunfo» a Uruguay diciéndole que la Argentina -como es lógico- hizo mal en no estigmatizar -si no fuera actuar con la fuerza- frente a los cortes de ruta en Gualeguaychú hacia Uruguay. Pero no dejará de mencionarse posiblemente que eran, aunque hayan sido ilegales, para proteger su salud futura frente a la contaminación, o sea de nuevo «pan para hoy, responsabilidad para mañana» para el vecino país. Y en temas de salud poblacional no hay aquello de «en el futuro todo se olvidará y no pasará nada».

GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».


En su ensayo de ayer, Grondona se concentra en la defensa que hizo la Cancillería de los cortes de puentes internacionales que realizaron los ambientalistas de Entre Ríos para oponerse a la instalación de papeleras en el río Uruguay. El caso se discute en el seno del Mercosur, donde Uruguay hizo sentir su queja.

Grondona apela a los principales teóricos del liberalismo (Locke, Montesquieu, Stuart Mill) para desmontar la identificación, propuesta por los abogados del Palacio San Martín, entre libertad de expresión y acción directa. La libertad de expresión tiene que ver con la divulgación de las ideas, no con las acciones corporales, sostiene el columnista. Por lo tanto, incluir en el principio de la libertad de expresión, consagrado por la Constitución, los cortes de ruta, significaría convalidar toda la acción de los piqueteros en una garantía superior de la Carta Magna.

Grondona propuso ayer otra estrategia que podría haber adoptado la Cancillería. No avalar los cortes como la expresión de un derecho sino justificar que no se los reprimió en homenaje a la prudencia. Es decir, el gobierno debería haber defendido la idea de tolerancia, que no supone aprobación pero sí cautela en la prevención de males mayores.

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