"Si no votan esta ley (BONEX) que designen otro presidente." (Al Congreso que delibera.) "O abrimos los bancos y que sea lo que Dios quiera." (Si el Congreso no vota la ley.) Algunos lo interpretaron como que el presidente Eduardo Duhalde, a 3 meses y medio de asumir, comienza a comprender la gravedad del paso que dio al dejarse entusiasmar por intendentes bonaerenses del PJ, más Raúl Alfonsín, Leopoldo Moreau y Federico Storani para dar el golpe derrocador de Fernando de la Rúa (ya no hay dudas de que hubo uno de Estado bonaerense). También comprende que los radicales salieron ganando porque defendieron con el cambio su «tropa de empleados públicos designados» que son casi su único sostén político. A él le tocaron la banda, las alfombras rojas, los viajes al exterior y un futuro busto en la Casa Rosada. Pero también la peor parte. Por eso sus graves palabras de ayer. No es fácil para un político asumir el riesgo de «libanización» o disolución al estilo de la ex Unión Soviética. Existe el peligro de que provincias se separen con moneda, impuestos, recaudación y desde ya Ejecutivo, Legislativo y Justicia propia. San Luis está tentada. Santa Fe con 500 millones de dólares que le sacarán con retenciones, también. Eso en medio de políticos y legisladores ciegos.
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El presidente dedicó una larga charla en su despacho ante algunas cámaras de TV a glosar los temas del día en un tono de escepticismo poco útil para la tarea que tiene: lograr que el Congreso acepte el proyecto de los bonos y, más delicado, que el público admita que es una buena solución.
Lejos de insuflar ánimo a sus funcionarios o a los espectadores de su charla, llegó a decir que los bancos tiene que abrir Muy distinta esa aparición en vivo por TV a la que hizo por escrito el presidente designado también ayer en una nota editorial que le publicó el diario «The Washington Post», en la cual se presentó como un campeón del capitalismo y la moderación (ver nota aparte).
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