Reapareció Eduardo Duhalde. Y se presentó en un plenario del Partido Justicialista bonaerense, reunión -como corresponde- en la Capital Federal (en la sede nacional del PJ, en la calle Matheu). Extrañeza en algunos asistentes: no es común participar con Konrad Adenauer en un encuentro de punteros de la provincia. Así, por lo menos, ha comenzado a observarse al ex vicepresidente, ex gobernador y ex presidente de la Argentina en el mundillo de su ex aparato.
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Ocurre que si bien Duhalde se mostró para anunciar que él cumplirá con los mandatos del PJ provincial (en cuanto a candidatos y listas, seguramente apoyando a Daniel Scioli aunque se manifieste en contra Hilda Chiche Duhalde), respetando instrucciones de Néstor Kirchner, su nuevo rol de fabricación casera es el de exhibirse como un experto de la política internacional, de un hombre sólo dedicado a las cuestiones que le interesan al mundo y que, por supuesto, no interesan en la Argentina. Sus compañeros de ruta de hace dos días, en verdad, no entienden mucho lo que él dice y, menos, lo que escribe en sus libros (acaba de publicar uno y piensa editar otros dos, fruto de sus meditaciones en los spa). Gente, claro, que se dedica a menesteres inferiores.
Más bien, prefieren descifrar su actitud política: saben que piensa lo peor de Kirchner y no comprenden la obediencia a sus órdenes. Más cuando su alter ego, también alter ego del Presidente, José María Díaz Bancalari, jura que Duhalde le ha dicho que no propicia ni apoya la candidatura de Roberto Lavagna. ¿Es un capítulo superado o un capítulo que jamás empezó?, aunque nadie ignora que el bonaerense le había prometido combustible al ex ministro casi con la misma intensidad que Raúl Alfonsín. Salvo que el radical no tiene otra pista para aterrizar, mientras Duhalde -con la infinita sabiduría del peronismo dispone de otras alternativas para refugiarse.
Si les resulta críptico Duhalde para Buenos Aires y la Argentina, más se incomodan cuando lo escuchan hablando como Adenauer, explicando la crisis del 30 en los Estados Unidos, la conformación de la Unión Europea, el NAFTA, el ALCA o cuanta entidad cercana al propósito de la integración exista o haya existido. ¿No es acaso -se preguntan-el mismo personaje que hace apenas unos años, luego de viajar por España, regresó y dijo: «No sabía que el mundo está tan globalizado»?. Desde entonces, claro, con salario estatal, ha realizado un curso acelerado y se convirtió -como lo demostró en el último programa de Mariano Grondona-en un comentarista de los grandes temas internacionales.
Como lo demostró, con esa visión de estadista que lo ha caracterizado, al explicar que el conflicto entre la Argentina y el Uruguay no tiene ninguna importancia. Al menos, desde el punto de vista histórico. Para él es una nimiedad, como los pleitos entre Francia y Alemania antes de la formación de la Comunidad Económica Europea. Para él, más grave es la discusión por la salida al mar entre Chile y Bolivia o la diferencia fronteriza entre Ecuador y Colombia. Ni Adenauer se atrevía a esas afirmaciones.
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