Renunció el gobernador Acevedo de Santa Cruz
Sergio Acevedo, el gobernador electo de Santa Cruz y en ejercicio desde hace dos años y medio, se parecía al bonaerense Felipe Solá durante la hegemonía del matrimonio Duhalde. Estaban en manos de Acevedo todos los atributos constitucionales pero sólo una parte del poder político que lo mantenían como propio los Kirchner, desde el presidente Néstor, su esposa Cristina, su hermana Alicia, más familiares y personeros de los fundadores de la dinastía entre los 200.000 santacruceños desde la intendencia de Río Gallegos, en 1987. El gobernador Felipe Solá podía aguardar la caída de los Duhalde y así aguantó 4 años hasta la elección de octubre pasado. Acevedo ni tenía tanta paciencia ni esperanzas en un régimen kirchnerista que aún no lleva 3 años y prenuncia larga estadía que si no es por popularidad sí lo es porque está sustentado en un formidable ingreso desde el sector externo, simplemente desde que los chinos se decidieron a comer mejor. Y es sabido que a un populismo -de derecha o de izquierda- con cajas estatales abundantes nadie, con seriedad, puede augurarle corta vida política. El policía muerto en la población santacruceña de Las Heras fue el golpe más duro y quizá decisivo para un Sergio Acevedo que luchaba por forjarse su propia vigencia política independiente. Le enviaron los gendarmes, la SIDE de Kirchner investigó, lo mencionaban siempre los kirchneristas a Acevedo como «ciclotímico». Cada jerarca santacruceño de la gestión de Acevedo por lo general «reconfirmaba» en el gobierno nacional la orden del mandatario provincial. Le desconfiaban en la Casa Rosada el manejo de los cuantiosos fondos de esa provincia que eran reingresados al país. Se dice que querían imponerle planes de obras públicas que el dimitente resistía. Cuando un gobernador es fuerte y pasa a un cargo nacional tan importante como presidente el mandatario que lo sustituye en su terruño en definitiva es casi su empleado. O termina renunciado si no acepta la tradición. A Carlos Menem todos los gobernadores riojanos lo respetaban fielmente. Hasta le cedían la residencia del gobernador, aunque ya no lo fuera, cuando viajaba a La Rioja (era la casa que en los años '50 se construyó para Eva Duarte de Perón cuando se suponía que su mal no era cancerígeno sino respiratorio). Acevedo no quería administrar su provincia «a lo Menem», desde un segundo plano. Ni «a lo Solá», refunfuñando y esperando su oportunidad. Entonces a Acevedo le fue mal. Renunció. Hoy lo sustituye el vicegobernador Carlos Sancho que es kirchnerista y, se descuenta, gobernará «a lo Kirchner». De ninguna manera es una crisis nacional, sólo local, de un gobernador y sus circunstancias. Con el caso del desplazado gobernador de Tierra del Fuego Jorge Colazo no tiene afinidad. Este quería hacer kirchnerismo y Acevedo lo contrario. Con el «caso Ibarra» la única semejanza es que un desplazamiento por juicio político y Acevedo renunciando por hastío son dos hechos que, pasado el torbellino, al gobierno nacional le vienen bien. El episodio de Santa Cruz ahora no es una señal de progreso para el país porque acentúa el camino hacia lo hegemónico.
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Sergio Acevedo
Acevedo definió su dimisión al cargo de gobernador el lunes por la noche, luego que estallara la interna feroz sin retorno que, desde los últimos meses, mantenía el mandatario con el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido. En rigor, la negociación era piloteada por José López, el segundo de De Vido, y por el titular de Vialidad provincial, Héctor Garro. La pelea se debía al manejo de los fondos para obra pública presupuestados y en ejecución que llegan a unos 2 mil millones de pesos. De Vido tenía un mandato expreso del presidente Néstor Kirchner: las obras se manejan desde Buenos Aires. Acevedo pretendía el control de los recursos.
• Petroleros
El mismo día, casi a la misma hora, pasadas las 19.30, Kirchner recibía en su despacho a la viuda del policía asesinado en Las Heras, la madrugada del 7 de febrero, durante una revuelta petrolera frente a la alcaidía local que exigía la liberación del activista Mario Navarro. Durante ese encuentro, Kirchner sorteó a Acevedo y mantuvo un diálogo telefónico directo con su hombre de confianza, el jefe de la Policía provincial, el comisario general (R) Wilfredo Alejandro Roque. Allí estaban la viuda; precisamente el ministro De Vido, y el titular de la cartera de Interior, Aníbal Fernández.
La reunión fue distendida y amenizada con algunas suspicacias. «En todos los años (12) que fui gobernador nunca vi una cosa así; siempre se buscaba el diálogo para resolver los problemas», le enrostró Kirchner a la viuda cargando la pesada mochila de un muerto político en su provincia sobre las espaldas de Acevedo. El comentario, obvio, fue acompañado por una mueca de consentimientode De Vido, feroz opositor a Acevedo de cara a los comicios 2007. Kirchner recién recibió a la viuda de Sayago 34 días después del asesinato y horas después que fuera detenido el último de los sospechosos del crimen. De hecho, anticipó del martes al lunes la audiencia. Con la causa bajo control, podía forzarse un cambio en el Ejecutivo provincial sin alterar una investigación cuyo curso sigue en forma personalísima. Para atemperar los cambios que se avecinaban, Kirchner anunció ayer la suba del mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias que reclamaban los revoltosos desde Las Heras.
Con una cuota de picardía, los kirchneristas se ufanan de que la dimisión de Acevedo la empezó a redactar el propio Kirchner a partir del 1 de este mes, cuando movió «piezas» en el tablero legislativo provincial para imponer a su candidato para la vicepresidencia 1ª del cuerpo. Los legisladores había votado a Carlos Marsicano, pero operadores políticos de Kirchner - Juan Carlos Zannini, secretario legal y técnico de la Presidencia, y Juan Antonio Bontempo, coordinador general de Asuntos Técnicos de la unidad presidencial-, torcieron voluntades: patearon el tablero e hicieron renunciar a Marsicano e impusieron a Forstmann (a prueba de traición en el entorno presidencial), que quedó ratificada el pasado jueves como segunda en la línea sucesoria, luego de Sancho, ante una «eventual» ausencia de Acevedo de la provincia.
Así, las «razones personales» a las que aludió Acevedo en su breve nota de renuncia incluyen: el manejo de los fondos públicos, el prometido incremento salarial que nunca llegó, el primer muerto político en la provincia y la digitación de la Legislatura provincial. Conviene no olvidar otro dato clave: el autoacuartelamiento de la Policía provincial, hacia octubre pasado, en reclamo de mejora salarial y equipamiento, que sólo fue desactivado por el propio Kirchner, que envió a la Gendarmería Nacional (decisión que reiteró luego de los trágicos hechos de Las Heras) para custodiar las urnas en los comicios del 23 de ese mes, que corrían serio riesgo, e impuso a un hombre de su confianza: Roque, uno de los pocos que seguiría ahora en el cargo, luego de la dimisión de Acevedo.
Asfixiado políticamente, el ahora ex gobernador viajaba anoche hacia Buenos Aires para refugiarse junto a su madre y a su hijo de 22 años del asecho kirchnerista que consiguió removerlo del cargo al que llegó hace poco más de dos años, por iniciativa del propio Presidente, cuando éste acompañó la fórmula Acevedo-Sancho. Antes de partir de su distrito, Acevedo dio el último manotazo político: convocó a partir de las 10 a todo su gabinete y los hizo pasar, de a uno, a su despacho para anunciarles su decisión. Había resuelto no enfrentar a la opinión pública para explicar por qué se iba.




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